sábado, 30 de enero de 2010

BOCA QUE NUNCA INVADIO

 

Boca que nunca invadió
un sueño,
sostenida en el ruido de la astucia
del cielo o del infierno,
que introdujo su asedio y se detuvo
en la sangre de mis comisuras antes secas,
reveladas como huellas de una búsqueda
en las fronteras de cuerpos perdedores.

Las citas tras el beso mutan 

de la conciencia sin suelo en forma
de refugios
como un río sin respuestas
que no olvido.
Sé que aquí
cualquier momento
con las escenas al borde del pulido estaño
esconde rotos reflejos
de las apariciones que nos recorrieron
hombros, salinas, pelo,
como nubes flacas,
y contra ellas los vientos de lugares
que estaban locos.
 
No vuelvas,
tu sonido hambriento
sigue pasando entre nosotros
saltando lo informe,
la persuasión innecesaria
de nuestros espíritus sin brazos,
sin astros donde alojar los umbrales culpables.
Tu enigma es frágil cargo,
llamadas desde límites arbolados donde
nunca existes o existes inhalando la espesura
como antes lanzabas tu mar de burbujas afiladas
cuando te amaba adherido a tu arena profunda. 
 

No vuelvas.
Los gestos encerrados permanecen para siempre
sobre nuestro calor que ahora pertenece a las cuerdas
de la roca,
cayendo,
cayendo como raíces infinitas en la carne
de su propia penumbra.




sábado, 23 de enero de 2010

LA RUTA LITHIUM


Miraba a la araña-muerte preparada para su gran salto.
Buscando refugio sobre los abismos de arena en el desierto fuimos a parar a las fauces del barranco de los locos. El miedo se pegaba con el polvo a nuestra piel y el viento olía a la sangre que aún no había brotado.
Hablábamos para romper los grumos de silencio, de plomo y de terror, en la garganta: tiempos de otra vida, calles que recorríamos en nuestros sueños inquietos, bocas que sólo habían dejado su calor en el cristal de las botellas.
Y también de ella. De aquella mujer cuya sombra ardía en la penumbra.
Nadie podría olvidarla.
Recordaba en secreto los versos que había escrito para ella, donde casi todas las palabras soportaban ruinas o la incertidumbre de oscuras estancias, puertas como ganchos para labios mucho más duros que los míos.
Y, mientras tanto, miraba a la araña-muerte preparada para su gran salto
Sí, hablaban de ella, sin saber que en otro tiempo compartí sus susurros (aquellas palabras nunca deben ser tocadas). Yo les escuchaba, entre corrientes de polvo y de cinabrio, y aguardaba, inmóvil, el misterio de la escisión interna, de la fuga dividida en infinitos fragmentos.
Sólo escuchaba.
La araña, como una flor de escoria gigantesca, estaba ya en el aire.
Y fuimos tierra para que las voces se calcinen.
Qala-e-Naw

miércoles, 20 de enero de 2010

EL SEPTIMO CIELO





Las notas de una música minimal sombría, apocalíptica, que ha sonado durante horas cesa de forma abrupta. El silencio comienza a desprenderse del techo de la sala como si de pronto llovieran espesas gotas de sangre.

Cierra la puerta cuando te marches me pide Electra.

Ahora sólo el hueco gris oscuro de la puerta nos une, nos sujeta, como un pedazo de légamo al que continuamos atados.
Oh, la piel sedienta. La piel sedienta aunque la memoria vomite. Aunque recuerde el verdadero tacto del amor.
Debajo de este cielo no existe dulzura que brote a través de olas de caricias, ni miradas suaves que escondan una visión flotante, ni sueños que respiren unos junto a otros.
Esto es placer erguido desde suburbios de sollozos. El placer que tiene su propio lenguaje, el que canta y sonríe en las tinieblas de la garganta, en la agonía de los túneles.
Tiemblan los cuerpos que la oscuridad penetra. El sudor empapa el cuero, el látigo de raso vuela como una mariposa negra sobre los campos húmedos de la carne.
Los mismos circuitos activan el hambre, el sexo, la electricidad del dolor trasmutado en una sensación opuesta. Todos inundan el cerebro de excitación, de fulgor en las pupilas, de ebriedad en la pelvis.

Perdóname, amor mío, la boca que en otro tiempo besó tus labios ahora lame las piedras de las tumbas.

Un día u otro ella, la que ahora está conmigo, también pasará. Como las otras que vinieron después de perderte a ti. Las lomas de su cuello, los copos de su pecho, las cuerdas de su oscuridad, el hielo libertador de sus manos pasarán.
Y volveré a la blanca droga de tu memoria.

Cierra la puerta repite Electra mientras sus dientes brillan con un destello rojizo que se filtra por una rendija No soporto la luz.
¿Quieres que me quede contigo?
Tampoco te soporto a ti.
Pues hace un rato no me lo parecía.
Todavía hay lucha en ti. Todavía la quieres. Pero ella no puede corresponderte porque está muerta. Yo sí puedo quererte, cuando sienta que la noche te domina por completo. Entonces te llevaré al séptimo cielo.
¿Sabes una cosa? Estás equivocada: tú eres la que no está viva.
No digas sandeces, JM. Sólo se está vivo cuando puedes palpar, saborear, arañar la piel, gemir de placer.
No pensamos lo mismo. En el fondo me das pena, nunca sabrás lo que de verdad es sentir amor. Será mejor que no vuelva.
Mañana volverás. Cierra la puerta cuando te marches.




COSAS QUE HAN QUEDADO FLOTANDO




Hemos buscado investidas hechicerías de ánimo y marginalidad de lo que sentimos en un ejercicio de fragmentación. Desde la propia esclavitud o mito de transformaciones lastradas, vinculadas, a islas de la oscuridad donde las historias una vez en la tarima de la razón cambiaban.
Nuevamente, lo que dejamos de ser vuelve en los párpados de otros sueños. Y una entrada por encima de los pecados y la frialdad aparece entre la muchedumbre, entre los ajustes de esquinas que la mezquindad nos otorga.
Inclinada y polvorienta puerta, que no es distancia como pensábamos o belleza limitada a los sentidos neutros entre cuerpos. Cuerpos que sólo existen como evocaciones arrugadas de estados sólidos, como sexo pasado y sometido ya a la dureza de pasos por distracción.
Los que nos siguen son sombras, espejos que no encuentran reflejo, memorias de curvas que aún buscan dentro de nosotros los mármoles del movimiento, si algún otro destierro concuerda.
Pero un espejo no es un fondo de la noche al que las miradas inmutables conceden la intensidad del mar. Quedan los signos que ha ido dejando la posesión de espacios orillados dentro de un abrazo insoportable. El tacto que aún quema tras el roce de energías duales como luces más abiertas o ráfagas de simetría en la inconsciencia.
O meros desgarros de la conformidad tangente.
Un poco de ese cielo es posible todavía. Si quieres.

lunes, 18 de enero de 2010

SUSPIROS DE ESPAÑA



Disculpen mi intromisión. Hoy he encontrado en mi casa un CD donde mi sobrino me grabó un video musical y he creído que debía ocupar un espacio en esta página junto a sus papeles arrugados.
Es un video con el tema de un famoso pasodoble, "Suspiros de España", en una versión cantada por "El Cigala". JM lo encontró por azar en internet y luego lo buscó de nuevo para grabármelo. Por extraño que parezca, conociendo el tipo de música a la que es aficionado, aquella canción le había llegado muy dentro.
Pero, permítanme que me remonte al día en que me entregó el CD.
Durante su infancia, la imaginación de mi sobrino era ya desbordante. Por desgracia las circunstancias le hicieron crecer en un hogar donde su corazón permaneció más seco de afecto que una yesca . Su madre, mi hermana, era una mujer fría, oscura, y dotada de ese tipo de perturbadora belleza que llamamos clásica. Decían nuestros familiares con más edad que su rostro tenía una extraordinaria semejanza con el de la Greta Garbo.
Un día, algo se derrumbó en su mente y abandonó el hogar para marcharse al sur. Buscaba aventuras más excitantes que las de compartir mesa y cama con su marido ─a la sazón empleado de la corporación local─ y criar a un hijo.
A pesar de que el niño presentaba unos rasgos faciales que no podían negar su herencia materna, mi hermana sentía cada vez menos a su hijo como a un ser de su propia carne. Estoy seguro de que ya manifestaba síntomas de psicosis esquizoide. La enfermedad se diagnosticó después, pero al cabo de poco tiempo tuvo que ser ingresada en un centro de salud mental. Allí terminaría su vida, a golpe, casi diario, de electroshock.
No sé por qué cuento esto ahora. ¡Ah, sí! Por lo de la imaginación excitable de JM. Los gustos musicales de mi sobrino eran en los últimos tiempos un tanto especiales. Lo raro de lo raro. Sobre todo en lo que él llamaba "música minimal" , "soul house" o cosas igual de incomprensibles para mí.
Por eso, un día que me había acercado a visitarle a su casa, me sorprendió mucho oírle canturrear la letra de un pasodoble mientras me preparaba una taza de té.

"Quiso Dios, con su poder
fundir cuatro rayitos de sol
y hacer con ellos una mujer."

Le pregunté si sabía cómo se llamaba lo que estaba tatareando y me dijo que sí, que su título era Suspiros de España y que lo había escuchado en internet; "haciendo zapping ─repito literalmente─ en youtube".

─ ¿Qué es youtube?- le pregunté.
─ ¿Me tomas el pelo, tío? -respondió asombrado-. Ya veo que no. Que lo que te ocurre es que estás hecho un fósil.
─ Vaya, gracias, sobrino. no creo que sea para tanto. Tampoco te llevo tantos años pero no me gusta meterme en internet, en eso sí que admito que pertenezco a otra generación.
─ Ya, a la de Greta Garbo.
─ No exageres. Pero, ya que lo mencionas, esa actriz no tenía nada que envidiar a la más guapa de estos tiempos. Una belleza enigmática. Tu madre tenía un gran parecido físico con ella. Por cierto, perdona que te lo diga, pero es curioso.
─ ¿Qué es curioso?
─ Que tu novia, o como se llame ahora, tu novia... ¿Rachel, verdad? ¿No será Raquel? 
─ Se llama así porque es canadiense. ¿Qué pasa con ella?
─ Nada. Que ella, bueno, hablo de la única ocasión en que la he visto, también se da un aire a la "dama misteriosa", así llamaban a la Greta Garbo. A veces ocurre que...
─ No me gusta el camino que llevas, tío. Todo son imaginaciones tuyas. A lo mejor tengo yo la culpa por haber mencionado a esa actriz. Habrá sido una "fuga de pensamientos". Pero, por favor, prefiero no hablar de mi madre.
─ Bien, bien, olvidémoslo. Lo que iba a decirte es que no soy de una generación tan antigua ─proseguí intentando desviar la conversación del tema de su madre─ como para haber nacido antes de que existiera el cine en color. Pero todavía me he criado una época en que aprendíamos a bailar pasodobles. Y Suspiros de España era uno de los más populares.
─ Hay algo en la sencillez de la música y de la letra que tienen, no sé, garra, emoción.
─ Y nostalgia y amor y exilio. Eran otros tiempos, otra manera de expresarse. Creo que conozco una historia de cómo se compuso el pasodoble, ¿quieres oírla?
─ Claro. ¿Te apetece más té?
─ No gracias, que luego no duermo.
─ Entonces cuéntame esa historia. ¿Dónde la has leído?
─ No la he leído. Fue en el transcurso de una conversación con unos amigos de Cartagena las pasadas Navidades. ¿Recuerdas que estuve en Cartagena antes de Nochebuena?
─ No.¡ Ah, sí! Sí, es verdad, que estuve a punto de ir yo también. Me gustaría comprarme algún apartamento en las playas de por allí...Pero, perdona, continúa.
─ Como te decía, me reuní en el Casino con unos viejos amigos, buena gente que conozco desde que hice la "mili" de marinero en esa ciudad. Nos pusimos a charlar mientras nos tomábamos unos "asiáticos"...
─ ¿Qué son" asiáticos"?
─ Oh, un "asiático" es como una especie de carajillo local, pero mucho más rico. Lleva, café, leche condensada, brandy, licor 43 y canela, creo.
─ Humm, habrá que probarlo.
─ El caso, es que, por ser típico, las fiestas, en la mesa estaba depositada una bandejita con la "pascua", es decir, con un surtido de polvorones, mantecados, delicias...
─ Tío, no divagues, céntrate en el tema.
─ Pues a eso iba. Una de las clases de dulces era de los llamados "suspiros". En Cartagena es típico hacerlos batiendo una espuma de almendra, huevo y azúcar y luego horneándola.
─ Estás hecho un experto.
─ Qué va, qué va. Un modesto aficionado, ya sabes que siempre me han encantado los postres ─dije echando un resignado vistazo a mi abdomen─. No me cuido tanto como tú. En fin, el caso es que en esos momentos mientras departíamos y hacíamos aprecio de la repostería, se escuchó en la sala el sonido del famoso pasodoble Suspiros de España. Y ahí se inició la discusión.
─ ¿Qué discusión?
─ Algunos de mis amigos cartageneros defendían que el maestro Álvarez Alonso, autor del pasodoble, puso el nombre a su creación inspirándose en el nombre de los dulces. Según ellos, el maestro ─estamos hablando de principios del siglo pasado─ había acudido a una tertulia que se celebraba en una cafetería o pastelería llamada España, famosa en particular por la excelencia de los "suspiros". Alguien le retó a crear una composición allí mismo y el maestro ganó el desafío escribiendo el pasodoble en un pispás.
─ Lo que se dice una "fast song".
─ ¿Eh? Como quieras llamarlo. Ahí está el quid de la discusión entre mis amigos. Están los que afirmaron que el maestro se puso a pensar en el nombre que daría a su pieza musical y se le ocurrió lo de Suspiros de España por los dulces de la cafetería.
─ Suena lógico. De todos modos, tampoco es que tenga mayor importancia.
─ No creas, hubo quien dijo que aquello era un despropósito, una infamia. Que el maestro era hombre de gran patriotismo y que no se inspiró en unos confites para buscar título al pasodoble . Si le puso aquel nombre fue por los motivos más nobles que puede albergar un corazón.
─ No veo que los "suspiros", los dulces de almendra, tengan nada de innoble. Habrá que probarlos también.
─ Querido sobrino,¿ hay forma de que te tomes algo en serio?
─ No te enfades. Mira, para compensarte vamos a ver si encuentro otra vez el pasodoble en" youtube", la versión que canta El Cigala; de verdad que es una pasada. Si damos con ello, lo grabo en un CD y te lo llevas para verlo en tu ordenador. Porque..ordenador sí tienes, ¿no?
─ Hombre, naturalmente, ¿por quién me tomas? Aunque lo uso poco.
─ Ya. Bueno. Dime una cosa. El maestro...
─ Álvarez Alonso
─ Si el maestro Álvarez Alonso, el creador de ese pasodoble, se haría rico con esa composición...
─ Ni mucho menos, eran otros tiempos. Había fundado una compañía de zarzuela que terminó por quebrar precisamente allí, en Cartagena. Vivió, con grandes penurias, dando clases particulares de música. Sus ingresos apenas le llegaban para pagarse un mísero alojamiento e ir malcomiendo. Quizás para tomarse un "suspiro" de tarde en tarde.
─ ¿Y no intentó probar suerte en Madrid, Barcelona u otra gran ciudad?
─ Su mujer también le abandonó y su salud y ánimo fueron empeorando. Una madrugada se despertó con un fuerte dolor en el pecho y murió poco después. Por aquel entonces, certificaron que había muerto de un "angor pectoris", lo que ahora diríamos un infarto. Falleció siendo todavía muy joven y sin recursos. No había dinero ni para darle sepultura. Entre varios amigos recaudaron dos pesetas para que pudiera ser enterrado en una fosa común.
─ Qué triste y qué injusto. Al menos, hoy día es famoso.
─ No tanto él como su pasodoble. En Cartagena hay un busto suyo en una plaza, pero, ya digo, a casi nadie le suena el nombre a no ser por el pasodoble.
─ Ya tengo descargado el video. Metemos un CD en la grabadora y... en un par de minutos puedes llevártelo. Dentro de poco tengo que irme, si quieres te acerco a tu casa.
─ No, gracias, déjalo, no me vendrá mal estirar las piernas; total, estamos al lado. ¿Te va bien con Tania?
─ Muy bien. Por eso voy a salir ahora: he quedado con ella. Es muy , muy especial, creo que es la horma de mi zapato.
─ ¿Estás pensando en sentar la cabeza?
─ Sí, esta vez sí. Estoy loco por ella. Voy a aprovechar un viaje que queremos hacer este fin de semana para hablar de nuestro futuro.
─ ¿Os vais muy lejos?
─ No, no. A un parador que está a unos doscientos kilómetros. Vamos en mi coche.
─ Ten cuidado con la carretera, se forma mucho hielo por la noche.
─ Vale, vale , no te preocupes. Tengo que marcharme ya, pero quédate si quieres en casa mirando el video. Hay pasajes de la película Soldados de Salamina y me encanta la voz de ese cantaor, Diego El Cigala.
─ Sí que estás cambiado, ya lo creo.
─ De lujo, tío, de lujo.
─ Oye, JM, no sé si debo decirte una cosa. No sé si hago bien ─dije con tono de preocupación.
─ Vamos, dispara, no pongas esa cara.
─ A tu madre le gustaba mucho ese pasodoble. A menudo se ponía a cantar algunos versos. Claro que tú madre se marchó cuando tú eras muy pequeño; tendrías unos cinco años, y no te acordarás de eso.
─ No.
─ Claro.
─ Digo, tío, que no has hecho bien en contármelo.





SUSPIROS DE ESPAÑA (BSO Soldados de Salamina)

sábado, 16 de enero de 2010

LA MUJER QUE TEJÍA ARCOIRIS EN LAS SOMBRAS

Cuentan que existió una tribu árabe que enseñaba a sus hijos a danzar sobre la arena de forma que sus huellas dibujaban símbolos arcanos. A menudo recordaba esa leyenda cuando paseaba con ella –la mujer sin nombre, la mujer de ninguna parte– por la orilla de la playa. Le gustaba brincar a mi alrededor como una chiquilla traviesa, sus pisadas eran pequeñas y se agrupaban a trechos, revueltas y carentes de significado. Sin embargo, sabía tejer arcoíris en las sombras de mi dormitorio y trazar contornos de remotas nebulosas sobre mi piel.
Nunca supe de dónde vino
Una vez me contó que había nacido en una tierra de cielos sombríos, pero nunca le gustaba hablar de ella misma. A veces, cuando dormíamos juntos, su voz llegaba hasta mis sueños. Una voz que parecía prestada por el aliento de un espíritu que moraba en otro universo. Su mirada abrasaba en la penumbra, pero a plena luz se diría que se eclipsaba hasta emanar la vacuidad de unos ojos muertos.
Yo estaba acostumbrado a transitar por mundos intermedios, allí donde el entorno se disuelve y deja paso a percepciones que permanecen secretas detrás de los objetos cotidianos. Ella, en contraste con su misteriosa naturaleza, amaba las cosas sencillas en apariencia. Era ligera como una hoja seca en el viento, grave cuando en la noche se convertía en un espejo de la luna.
Compartíamos las esferas de encuentros situados en la ribera de un destierro, lechos de niebla sobres franjas entre sueños. Podría decirse que nos ataba una pasión desprovista de justificaciones o, más bien, un ansia por profanar nuestros sentidos.

- ¿Por qué estás conmigo? – me atreví a preguntar un día, mientras en la oscuridad del cuarto contemplaba su sombra perfecta todavía ardiendo después de haber hecho el amor.
- Porque eres guapo –respondió ella, indiferente.
Entonces, yo puse los ojos bizcos, me doblé las orejas con los dedos y asomé la lengua.
- Bueno, pues porque eres muy feo –rectificó, con una de sus sonrisas, tan escasas e incapaces de enmascarar la turbiedad de una tristeza infiltrada.
- En serio, ¿por qué? –insistí, a sabiendas de que no obtendría respuesta.
- ¡Qué manía tienes de preguntarlo todo! Porque sí, yo qué sé. No me hagas pensar.
- No quiero que pienses, quiero que sientas.
- Mira, vamos a vivir lo que tenemos –sentenció, tajante–. Deja las metáforas para tus poemas.

Ella no entendía mis poemas, en realidad, no entendía nada de lo que yo escribía y casi ninguna de las reflexiones que acostumbraba a lanzar cuando el crepúsculo nos sorprendía sentados en la arena. Pero se dejaba mimar, feliz, casi mansa, por los ropajes de las atmósferas que yo creaba en mi refugio de la costa con las luces de las velas, los acordes hipnóticos de la música fractal y alguna bebida seca y fría. De repente, despertaba como si volviera de un remoto cautiverio y me arrastraba hasta la oscuridad de los abismos donde crece el placer.
No dejaba lugar para la dulzura en aquellos derribos sexuales e incluso las caricias más banales tenían el aspecto de ser una demostración de dominio. A veces, deslizaba sus dientes puntiagudos por todo mi cuerpo en lo que, más allá de jugueteos eróticos, parecían los gestos de una araña envolviendo a su presa con hilos de seda. Después, mientras su cabello recogía los reflejos de las velas, mojaba sus dedos en saliva para trazar curvas y símbolos interminables sobre mi piel. Todo ello era apenas el paso por el ojo del huracán. Muy pronto, volvía a aprisionar mi pelvis profundamente entre sus muslos y nuestras existencias, tan distintas, se agrietaban enfrentadas y fundían sus lavas de memorias, de secretos, de sed, en un único torrente convulso.
Más tarde, nuestras mareas se replegaban hacia sus propios y desconocidos orígenes y nuestras siluetas permanecían inmóviles, como fósiles desnudos entre densidades de materias extrañas que de nuevo se iban desvaneciendo poco a poco. Fermentada con las gotas de la pasión, sus facciones se tornaban difusas, sin edad, como las de un ángel o un fantasma.

Ella sabía llevarme al cielo y al infierno, a la abrasión del deseo o al destierro de una frialdad no humana. Sin embargo, de todas las sensaciones que viví con aquella mujer, mis recuerdos permanecen encadenados a un cuadro inmutable.
Un anochecer estábamos sentados sobre las rocas frente a un mar de olas tranquilas. Como de costumbre, apenas dejábamos escapar alguna que otra palabra, pero flotaba entre nosotros una paz inusual. La paz –entonces no lo sabía– que era un preludio de nuestra despedida. Y, durante ese soplo de serena intimidad, deslizó su mano por mi espalda y fue ascendiendo con lentitud, como si realizase una fatigosa travesía, hasta detenerse en mi hombro. Giré mi cabeza hacia ella y su boca se posó en la mía para besarme como nunca lo había hecho antes: sin urgencia, sin ansia, rozándome con la tersura de unos pétalos que se adhiriesen a la humedad de mis labios. Por unos instantes, su mirada retuvo el brillo de un mar transparente, murmuró con tono suave palabras en un lenguaje que no comprendí y, finalmente, se dejó vencer sobre mi costado.
Son los únicos gestos de ternura que guardo de ella en mi memoria.
Nunca supe el nombre del lugar de dónde había venido. Ni si regresó a esas tierras de cielos sombríos. Pero aquellos últimos instantes que vivimos juntos, la fugacidad de los gestos de ternura, permanecen ahora día a día en mis pensamientos como si ellos fueran, por si solos, la razón para una vida.

REINA DE LA NOCHE PASADA




Eres el ritmo impuro
del hierro ausente,
las infames caderas
de la tiniebla en danza.

En un lado de mi cama,
el sueño,
donde no hay reglas.
En el otro, el olor
y el orden del café.
Y las preguntas.
Y los átomos de litio.
Y las brujas lascivas
que sustentan nuestra búsqueda.

¿Dónde está ahora tu cielo esparcido
por tantas bocas secretas?
Todos los días,
mis manos esperan en la puerta
una llamada de seda,
una voz que vuelve
con alas negras.

Con el viento regresa
la niebla de tu espalda.
Hasta mañana, amor mío,
reina de la pasada noche.
Yo soy el pecho elegido
donde vacías tu veneno.

FANTASMAS



Emily Dickinson escribió:
" A salvo en sus Cámaras de Alabastro -
Insensibles al amanecer
Y al mediodía -
Duermen los mansos miembros de la Resurrección..." 

Creo que ayer te vi en la discoteca Mármara.
Llevo unos días en Madrid por cuestiones de mi nuevo trabajo. Anoche no pude evitar darme una vuelta por esa disco de Madrid que en otro tiempo frecuentamos tanto.
De repente, el DJ rompió la cadencia repetitiva del minimal-house que estaba pinchando para poner un tema de la banda noruega de black metal Dimmu Borgir: Kings of the Carnival Creation.

Entonces, mi amor, te descubrí en un extremo de la pista.


Me acerqué a ti atravesando un muro de cuerpos que enlentecía mi paso, como si adivinara que no debía intentar alcanzarte. 

Conforme me aproximaba, te fuiste disolviendo en la penumbra del local sin llegar a moverte en ningún momento.

En realidad no podía esperar otra cosa: estás muerta. 

Hace ya varios años te mataste en un accidente de coche. El coche que yo conducía.
No estoy loco. Pero nunca dejaré de verte en los lugares donde estuvimos juntos.
Nunca dejaré que mueras hasta que yo muera.