
Cuando desperté, estaba todavía en la cama de Sight pero el único rastro que había de ella era una tenue fragancia a violetas en la almohada. Tenía la sensación de haberme recuperado por entero, de haber reposado como no recordaba haberlo hecho en mucho tiempo. Deslicé la sábana e incorporándome de golpe alcancé el albornoz extendido en un extremo. Al levantarme, me asaltó un ligero mareo que se disipó enseguida. Descorrí una cortina y la luz del mediodía que penetró corrosiva en la habitación me hizo entornar los ojos. Ataviado lo mejor posible con la única prenda que tenía, me dirigí a mi cuarto.
No se escuchaba el menor ruido. Pero no era necesario para adivinar que Sight no se encontraba en la casa: de algún modo, estaba aprendiendo a percibir su vacío.
En el dormitorio que apenas había ocupado, mi ropa estaba doblada sobre la cama y, junto a ella, un sobre cerrado de color azul oscuro con el membrete de la compañía Sargón y una cuartilla escrita a mano.
Tomé la nota. Las letras eran angulosas e inclinadas como tallos vencidos por una débil brisa.
“He tenido que marcharme porque ha saltado una alarma en los ordenadores que tenemos en el piso superior del Dukh. No parece nada grave pero tengo que comunicar con nuestra central de Florencia. Por suerte, no te ha despertado el teléfono. ¡Estabas durmiendo como un bebé!
Dentro del sobre azul hallarás el resto del relato que comencé a contarte anoche. Cuando entraste en mi habitación lo estaba escribiendo para ti. He resumido las partes esenciales para que te hagas una idea del significado de la piedra del infinito y de los fines de nuestra sociedad. Por cierto, Sargón es el título comercial de nuestra sociedad, su auténtico nombre proviene del antiguo persa y, traducido, significaría La Mariposa Negra. Los archivos que se conservan con la historia de la sociedad son llamados Crónicas de la Mariposa Negra, por tanto, lo que te he dejado es una sinopsis de las crónicas. También te explico algunos detalles de mi vida, confiando en que te ayuden a conocerme y a comprender los sucesos por los que has pasado hace poco. Como ya te dije, no quiero tener ningún secreto para ti.
Creo que regresaré tarde, así que no me esperes. Puedes llevarte el sobre y leer el contenido en tu casa si lo prefieres. Lo único que te ruego es que después lo destruyas.
Si te levantases con hambre, sírvete lo que quieras de la nevera.
Ya te llamaré yo la semana que viene al número que me diste.”
“¿Durmiendo como un bebé? –me pregunté–. ¿Eso es todo lo que hice acostado en la misma cama con Sight?”.
Bajo las últimas palabras de la carta sólo aparecía un espacio en blanco.
“Una despedida un poco seria –pensé-, un poco fría, después de todo.”
Di la vuelta a la cuartilla y me encontré una posdata.
“¡Cómo le gusta el suspense a esta chica!” –suspiré.
Apenas había tres líneas: “No me he olvidado de lo que me dijiste antes de dormirte. Espero que tú tampoco te hayas olvidado de mis palabras. Besos. Sight.”
Alguien, en algún lugar del cielo, arrancó alegres acordes de un violín. O, al menos, eso era lo que me pareció en ese momento. La sensación de felicidad que me inundó compensaba de sobra todos los hechos desagradables e insólitos que habían acontecido.
De pronto, me sentí hambriento. Me vestí distraídamente, tomé los papeles y me fui a buscar algo de comer a la cocina.
La cocina, contigua al monumental salón del recibimiento, era también de proporciones exageradas. Y glacial. Emanaba una frialdad metálica, a pesar de que tanto el alicatado como los muebles reflejaban impolutos el sol que irrumpía a través de las ventanas adyacentes al jardín. Se diría que no se hubiera estrenado nunca, o que Sight no la utilizaba para preparar los alimentos. Junto al interruptor de la luz había un botón con el dibujo de una nota musical. Presioné el botón y de inmediato el sonido de una melodía flotó en el espacio, sin que con ello lograra disipar la sensación de desamparo. Me encogí de hombros y avancé hasta el frigorífico, tan grande como un armario ropero, temiendo no encontrar nada dentro más allá de algunos zumos y refrescos. Sin embargo, al abrir el electrodoméstico, descubrí con sorpresa que se hallaba bien surtido, con subsistencias como para abastecer a un regimiento.
Actuaba como un autómata, intentando recomponer en un marco lógico las imágenes cercanas de la noche anterior, los sentimientos despuntados y una sensación de opresiva oscuridad que no conseguía eludir. Sentado al fin junto a una mesa donde me había servido un vaso de leche y unas sonrosadas lonchas de roast beef, comencé a darme cuenta de que ya no tenía casi hambre. El sobre que me había dejado Sight permanecía cerrado también sobre la mesa, como una caja de Pandora cuyo sello me resistía a quebrantar.
“River black” –decía la letra de la canción que estaba sonando.
“Los ríos negros vuelven a fluir otra vez sobre mí”
Algo iba a ir mal. Tal vez no hoy, ni mañana. Pero algo funesto y violento iba a ocurrir.
Dirigí la mirada hacia los trozos de carne, que ahora rezumaban sangre en el plato, y decidí abandonar la casa de Sight. Había perdido el apetito.
Al cerrar la puerta de salida, se escucharon cuatro o cinco pitidos de alarma, bajos pero estridentes, seguidos de varios clics: la puerta había quedado anclada de modo automático.
Emprendí el camino que conducía a la calle a través del jardín con el sobre que contenía el resumen de Las Crónicas de la Mariposa Negra en el bolsillo. Estaba a punto de pedir un taxi con el teléfono móvil cuando, de pronto, me encontré delante a un hombre que aferraba unas tijeras de grandes dimensiones.
- ¡Buenas tardes! Ya me ha avisado Doña Sight de que tenía un invitado en casa. Yo me encargo de cuidar el jardín.
El hombre podría tener unos ochenta años, pero se le veía en buena forma, delgado y vigoroso. Un gorra con visera alargada le protegía del sol y sonreía con afabilidad mostrando una dentadura intacta.
- Buenas tardes. Desde luego, tiene usted buena mano. Todo esto, las flores, el resto del jardín, están de maravilla.
- Usted lo ha dicho: pa esto hay que tener buena mano.
- Mire, no sé si ha quedado bien cerrada la puerta. Yo creo que sí porque…
- No se preocupe –atajó el hombre, mientras se quitaba la gorra y se enjugaba algunas gotas de sudor en la frente–. Doña Sight tiene en la casa un artefacto que detecta –hizo énfasis en la palabra– la calor del cuerpo y si no hay nadie dentro la puerta se bloquea sola.
- Qué sofisticado –exclamé.
- Es muy modelno.
Iba a despedirme ya cuando los ojos del anciano giraron hacia un lado y luego hacia arriba, apuntando al cielo.
“Una crisis oculógira –reflexioné–. Probablemente, consecuencia de alguna enfermedad neurológica crónica o efecto de alguna medicación”.
- “Lee el contenido del sobre –murmuró de improviso el anciano con voz clara, juvenil y carente de cualquier acento local–. Sight te llamará pronto”.
Sus ojos retornaron a su posición normal y recobró su mirada tranquila y bonachona.
- Si no quiere usted nada, voy a seguir con mi trabajo –concluyó el hombre, ajeno a la crisis que había sufrido y extrañado por mi inmovilidad y silencio.
- Nada, nada –exclamé al fin–. Siga usted, yo me marcho ya –añadí, reemprendiendo el camino.
- Vaya usted con Dios.
Por un instante, por un solo instante, hubiera jurado que la mirada del jardinero había provenido de unos ojos que no eran los suyos, que había sentido la mirada dulce y salvaje de los azules ojos de Sight.
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