viernes, 28 de septiembre de 2012

EL COLOR DE SUS OJOS


Odio las bodas. Pero no me quedaba otra que acudir de invitado a aquella: la hija de quien había sido mi superior y viejo compañero de armas en muchas misiones desde  Kósovo se casaba esa tarde.
Después de la ceremonia vino el banquete y detrás del banquete la música insufrible con que suelen terminar esas celebraciones.  En esos momentos, sonaba un estampido de fusilería que se llama "Tengo una camisa negra" y una señora , posiblemente contemporánea de mi tatarabuela, se empeñaba en que dejase mi asiento y me uniese a unos cuantos locos y locas que brincaban por la pista.
- Lo siento señora, no me gusta esta canción. Además tengo reuma ─mentí─ y  este baile es para gente con articulaciones más sanas y jóvenes que las mías.
- Qué pena. A sus años y ya con reuma.
- Pa que usted vea.
Decidí  hacer el intento de conseguir una copa. Había barra libre y una multitud sedienta reclamaba la atención de los camareros. Por fin alcancé un hueco en la barra y fue en ese instante cuando alguien me susurró al oído:
- Creo que aquí no va a poderse tomar su Stolichnaya.
Me di la vuelta y alcancé a ver la espalda de una mujer con un vestido azul que se dirigía a la pista de baile.
- ¿Qué le pongo? -me preguntó el camarero.
- Stolichnaya con hielo.
- No tenemos. Hay vodka El Cosaco.
- Entonces un whisky con hielo.
- ¿JB, Ballantines?
- Sí, sí, da igual.
Con la copa en la mano me dirigí a la pista y allí, en una esquina, estaba la mujer del vestido azul. No había demasiado luz en la pista, pero saltaba a la vista que era bastante joven. Quizás un poco delgada,  melena rubia, los rasgos de la cara que podía distinguir eran  suaves y los labios carnosos. Apenas podía distinguir sus ojos, pero lo que sí podía ver con claridad es que tenía unas piernas muy seductoras. A mí me pareció preciosa. Y, por añadidura, tenía la sensación de haberla conocido antes.
- Hola. Qué tal. Me llamo JM. ¿Cómo has adivinado cuál es mi bebida?
- Porque soy la cajera del super donde hace la compra el fin de semana.
- ¿En La Manga?
- Claro. Y de vez en cuando se lleva una botellita de Stolichanaya ─añadió la chica con una sonrisa picarona.
- Ahora caigo. Claro que me acuerdo. Tú eres Carmen, ¿no?
- No. Soy Carla, pero no se  preocupe, es normal que no se fijase en mí.
-Pero sí me he fijado, me he fijado. Lo que pasa es que siempre voy con prisa.
- Eso es verdad, llega cuando estamos a punto de cerrar.
- Carla, claro, llevas el pelo recogido con una coleta.
- Sí
- ¿Ves como me acuerdo?
- ¿De qué color tengo los ojos?
Me había pillado. Con la luz de la pista no acertaba a ver el color de sus ojos y desde luego que no me acordaba de ese detalle. Tanía pinta de ser rubia natural y la mayoría de ellas tienen los ojos azules. Como el color de los ojos de Raquel, la mujer que había sido mi verdadero amor.
- Azules -me arriesgué.

- Castaños.
- Es verdad, es verdad, ahora que lo dices, castaño más bien claro, sí.
- Sí, ha acertado.
- Por favor, no me llames de usted, ¿de acuerdo?
- De acuerdo.
- Lo cierto es que cambia uno mucho vestido así... de boda, con el traje de chaqueta y todo eso, aunque a vosotras os sienta muy bien los vestidos de noche, bueno, a ti te sienta de maravilla.
- Gracias.
-  El próximo día que nos encontremos en el super a mí volverás a verme con mis pantalones vaqueros como de costumbre.
- No voy a verte ya en el super, esta temporada por lo menos.
- Y eso por qué.
- Porque solo trabajo los fines de semana para pagarme los estudios, pero ya empiezo con los exámenes y necesito todos los días para estudiar.
- Ya comprendo. ¿Y qué estás estudiando?
- Ingeniería Industrial.
- Toma ya. Cualquiera lo hubiera dicho viéndote de cajera en el super. ¿Y te queda mucho para acabar?
- No, este es el último año, aunque me ha costado bastante tiempo ir pasando los cursos, tenía que trabajar al mismo tiempo, en fin ya queda poco. Por cierto, que por eso estoy en la boda, porque soy compañera de estudios de la novia. ¿Y tú?
- ¿Yo?
- Que si eres amigo o familia de la novia o del novio.
- Ah, no, soy amigo del padre de la novia.
- ¿Cómo me has dicho que te llamas?
- Mis amigos me llaman JM.
- Entonces, ¿yo te puedo llamar así?
- Claro, al fin y al cabo éramos ya conocidos ─dije intentando bromear.
- Sí, pero no te habías fijado en mí.
- No digas eso, eres una chica muy atractiva pero casi una niña para mí. Seguramente hasta estoy  dándote el rollo y a ti te apetecerá estar con tus amigos.
- Yo estoy bien contigo, sino te lo diría, no te preocupes. Y no soy ninguna niña.
- Perdona, sólo quería decir que soy mayor para ti, ya sé que no eres una niña.
- No pasa nada.
Por un momento nos quedamos mirándonos sin nada que decir. Había un flujo intangible de emociones que flotaba entre los dos como si en nuestro interior existiese la certeza de que nuestras almas no eran extrañas, de que nuestros cuerpos tampoco serían extraños. Su cercanía avivaba en mí el retorno de una clase de pasión que había olvidado. Brotaba un deseo que se retorcía en mis entrañas, que abrasaba mi piel y, a la vez, me hacía sentir una inmensa ternura.
- ¿Qué te tal si nos vamos de aquí y damos un paseo por el puerto?─me aventuré a proponer─. Hace una noche estupenda y encima hay luna llena. Una noche para que sucedan cosas mágicas.
- Mmmm, suena bien. Y esto está agobiante. Vámonos.
Salimos del local de la celebración cada uno por su lado y con la mayor discreción que supimos aparentar para evitar alguna fastidiosa pregunta,  para la que, en realidad, no hubiera tenido respuesta.
Sin pronunciar palabra, nos reunimos en el exterior, nos cogimos de la mano y nos alejamos caminando. Desde el interior del local nos alcanzaban todavía las notas de la música de regaetton que no habían cesado de atormentarnos.
"Tú me dejaste caer
pero ella me levantó"


A través de los cristales del balcón en mi apartamento de la playa, la luz de la luna hacía tiempo que había dejado de filtrarse y ahora en el cielo pegado al horizonte se adivinaban los riachuelos rojizos del alba. En la penumbra de la habitación el cuerpo de Carla brillaba con un tenue resplandor que parecía provenir de su propio interior.  Era como si el fantasma de alguien a quien había amado hasta perder la razón se hubiera encarnado en su cuerpo flexible y delgado. Carla dormía desnuda sobre el lecho, sus pechos ascendían y descendían  rítmicamente, todavía brillantes y húmedos por el calor de nuestros cuerpos después de habernos amado. La noche la sentaba bien, su silueta lucía como la escultura  de una diosa.
Permanecí de pie frente al balcón, mirando el lento despertar del día, y entonces sentí que ella se movía en la cama y se despertaba de repente, como surgiendo de un sueño que la hubiera llevado a mundos muy distantes.
 Pronunció mi nombre.
- Dime, cielo -contesté.
- ¿De qué color tengo los ojos?
- Castaños.
- Muy bien, veo que no te has olvidado. Ven aquí que te de un beso de premio.
Mientras me  giraba para dirigirme a la cama, Carla sonrió con dulzura. Si hubiera podido ver con claridad sus ojos, habría observado que por un segundo destellaban con un fulgor de intenso color azul oscuro ─como un mar de invierno, como el cielo instantes antes del amanecer─, para, de inmediato, recobrar sus tonos castaños.


Todo regresa, con una u otra forma. En esta vida o en otras vidas posibles que a veces vislumbramos como sueños.


jueves, 20 de septiembre de 2012

SUEÑA CONMIGO


Su fin de soledades
estaba pasando
pero las sombras de las palabras
aplastaron la yerba de sus sentimientos.

No volverán a crecer
sobre el misterio de una mirada
elevándose hasta los cielos de bronce.
Y  las negras terrazas de la derrota
se llenarán otra vez de rostros desplegados
hasta el extremo de un viaje olvidado.

Ninguna sombra evita
la ebriedad de una mentira apasionada
si la voz rodea al deseo
que en alguna parte vive
como lecho de luna, como empuje
de empañadas danzas
en las que alguna vez creímos.

Con su silencio recorrió
un murmullo aún tendido en los labios,
el tacto y el aire sin ruido
de un sueño perfecto.
Sus ojos vieron pétalos
de otros cielos, la penumbra que envolvía
nidos contraídos de aquellos sentimientos.

Y el aire de unos pasos fue apagándose
sobre la lápida que habían hecho de su piel.




lunes, 10 de septiembre de 2012

ELLA HABLA




Ella habla
─no recuerdo su nombre─
y yo callo mientras cruza
la noche
quemada por la luz de la luna.
Una vida al azar
forma parte de mis sueños
como un secreto
en el rumor de la respiración
que prolonga el aire de las sombras.



lunes, 6 de agosto de 2012

LA CHICA DEL FONDO


Fuera del local cae con rabia una interminable tormenta de otoño. El olor a moho y a lluvia negra llega desde la entrada del "Boney Bar”. Chocante nombre para un antro de copas en una perdida playa levantina. Pero tiene su por qué: el propietario del local, conocido por aquí como “Paco el Macho”, antiguo pescador y mecánico, fue en su tiempo un gran admirador de la banda de los 70 Boney M. Junto a un grupo de colegas, formaron un grupo musical que llegó a tener gran éxito en los pueblos de la zona recreando aquella famosa canción de Boney M, “Rivers of Babylon”.
Esta noche, Paco el Macho tiene un aspecto extrañamente demacrado, y pule las botellas con un trapo raído por enésima vez.
Me encuentro aquí como podría estar en cualquier punto de ninguna parte; o,  para ser precisos, en el punto más oscuro de ninguna parte.
El siniestro bar se halla al lado del apartamento que compré pensando en escapar de la ciudad y venir a vivir aquí con Rachel. Ahora ya da igual.  Ella está muerta y lo que hace que un ser humano vuelva a amar también está muerto en mí.
No sé por qué he venido. Al apartamento, me refiero, a lo que iba a ser nuestro refugio.  Cuatro horas de viaje para asquearme de mí mismo sin que nadie me moleste. Sin las cercanías de alguna compañía femenina pasajera que no haría otra cosa que ahondar mi vacío, lejos también de los bienintencionados e inútiles consejos de mi entrometido tío. Cuatro horas conduciendo para terminar en este paraje por completo desierto. Podría acercarme al dueño del garito y rogarle  "Oye, Paco, ¿me harías el favor de escupirme en la cara?"
Para colmo, entre el cansancio, el viaje y la lluvia, me está haciendo polvo una vieja lesión en la espalda. Me apoyo en una pared, con la copa en la mano. No deseo pensar en nada.
Debo de tener un aspecto extravagante, pero el dueño del bar habrá visto, sin duda, cosas mucho más raras. Por lo demás... no, ningún otro cliente.
Miento. Hay una chica en el fondo.
Joder, hace un segundo no estaba ahí, y no ha entrado nadie por la puerta. Pues sí que estoy yo bien.
Paco el Macho pincha en su arcaico equipo de música un buen tema, para mi sorpresa suena “I will be here” del maestro DJ Tiesto.

“Y cuando todo parece que se cae a pedazos
Y necesitas un lugar para empezar
Yo estaré aquí”

"Tranquilo, JM −me digo−, que no estás soñando despierto con ella."

Las mujer del fondo tiene una melena corta de color carbón, un rostro de cutis pálido y rasgos que parecen casi orientales, o una mezcla de ellos. Asiáticos, afirmaría, aunque no puros.  Lleva un escote discreto que deja adivinar el tatuaje de unas alas negras, una mariposa, tal vez. Un lánguido destello de un foco ambarino ilumina su cara. De otra forma no vería apenas dentro de la penumbra gris que se infiltra en la atmósfera del local. Alguien desde fuera imaginaría que nuestros ojos brillan flotando en un charco de mercurio.
Es guapa y su cuerpo se mece despacio y con sensualidad al ritmo de “I will be here”.
Noto que me envuelve un mundo distinto, ajeno en su totalidad a este recinto, a este momento. Lo sé. No preguntadme cómo. Ahora la vida no es un laberinto de respiraciones; fluye un hilo de dulzura.
Sus ojos me acarician. Los míos se cierran y al abrirlos de nuevo, como si aguardara una sentencia, ella está frente a mí.
No dice nada, nada en absoluto. Pero su mano se posa en mi pecho. Y el dolor cesa. El dolor en mi alma que llega extraviado desde el reino de una muerta y el dolor de mi vieja lesión de espalda. A continuación, sus dedos sedosos suben y recorren mis mejillas con la levedad de un suspiro. Se diría que está enjuagando unas lágrimas, unas lágrimas antiguas que hubiesen permanecido como piedras encalladas, invisibles.
Siento ese calor que llora y penetra como el cristal, el viento transformador que sólo nos toca en sueños.
Sé que enloquecería de placer con su lengua, besando su cuello flexible, fundiéndome en su vientre húmedo. Pero no me importa nada de eso. No deseo nada de eso. Quiero atrapar este segundo de paz para siempre.
La chica aparta los dedos de mi piel como un  pájaro que reemprende su camino. Se da la vuelta, desdibujando el fondo, eclipsando la propia negrura.
Camino ya de la puerta pasa por delante de un espejo. Su perfil se refleja en el cristal.
"Los fantasmas no se reflejan en los espejos" −pienso recordando temores infantiles.
Pero su salida y su reflejo desprenden una neblina violeta que no viene de la calle, que no surge de la noche.
Se ha ido.
 "Idiota −me maldigo−. ¿Por qué no le has preguntado su nombre, dónde vive, algo?"
Aunque quizás el dueño...
Me acerco a la barra.
    - ¿Quieres otra? −me suelta el tipo.
    - No. Bueno, sí, ponme otra. Pero lo que quería es preguntarte si ha visto antes por aquí a la chica que acaba de salir.
    - ¿Qué chica?
    - Pues la única que había. La chica del fondo.
    Paco el Macho me clava una mirada borrosa, calibrando si le estoy intentando tomar el pelo o es que he perdido la chaveta.
- Mira, no sé si ponerte esa otra copa. Aquí no ha entrado nadie más desde que llegaste. Con la noche que hace, no salen ni los demonios. Lo que tenía que haber hecho –concluye con un sonoro resoplido−, es echar el cierre hace rato.
 

viernes, 20 de julio de 2012

LA NOTTE È BELLA



La puerta está abierta y los espectros se regocijan de encontrar la boca de un sumidero donde el olor del deseo, de la apariencia y del vacío conviven juntos con intensidad. Ciegos, sin tacto que se encienda con otro tacto, los fantasmas se agolpan en la entrada. Algunos permanecen indecisos por un instante y, finalmente, se dan la vuelta para perderse en la humedad oscura. Se dice, en secreto, que los fantasmas odian las puertas: hay umbrales que al ser traspasados hacen arder  los escombros de la memoria y toda la miseria del pasado se ilumina de golpe.
Pero estas no son puertas que cruzan una frontera  entre dimensiones, tan solo es la habitual entrada del Brutus Bar.
Hace un año que no vuelvo por aquí. El portero, un gigantesco negro, cuyo pelo comienza a clarear y a exhibir  rizos plateados, me sonríe como si hubiera sido ayer el último día que me saludó.
Ni fue ayer,  ni tampoco hace un año: ha sido toda una vida; una vida que quizás ya no es la mía sino la vida de otro. El tipo que ahora entra ya no tiene nada que ver con el que fue en otro tiempo.
 ¿Nada?
¿Entonces cual es la razón para regresar?
Hay un espacio libre al comienzo de la barra: a todos les gusta adentrarse en el local, cerca de la pistado de baile, donde también actúan de vez en cuando bandas musicales –como la popular "Marchamala".
 - ¿Qué te pongo?
No conozco a la camarera. Muy alta, con vestido negro bien ajustado y corto. Su rostro no es de facciones finas  y el maquillaje gótico no contribuye a mejorarlo, pero tiene unas piernas de infarto.
- Stolichnaya con hielo.
- ¿En vaso ancho o largo?
- Ancho.
A dos metros, una mujer de melena espesa de color carbón con destellos azulados me observa con descaro, se diría que entre sorprendida y divertida; como  quien de pronto se topara con un alien de películas B.
“Olé tus huesos, morena –pienso, un poco molesto– tienes buenas curvas y te gusta lucir palmito. A ver si calientas las babas de unos cuantos soplapollas que soñarán con tu carne esta noche. Yo solo quiero tomarme esta copa tranquilo, no tengo el menor interés en averiguar de qué vas.”.
Es la hora en que las almas pesan de forma extraordinaria y descienden al ras del suelo y se enmascaran con el polvo de una realidad sin significado.
Todo regresa con distintas formas. Mezclado entre lo desconocido, detrás de miradas donde se mecen los restos de un amor evaporado.

- Scusi –oigo pronunciar a una voz femenina detrás de mí–. Tienes cara de estar perdido –continúa diciendo mientras me rodea para plantarse frente a mí– . ¿Eres de aquí?
Es la morena del pelo eléctrico. Habla en correcto español pero con apreciable acento italiano. Su rostro es redondo y sus labios gruesos y sensuales. Se aproxima todavía más  y ladea la cabeza, de forma que su pelo resbala como una tormenta de relámpagos azul oscuro. Por un momento, pienso que está bebida y pretende directamente morrearse conmigo allí en medio.
- ¿Te comió la lengua el gato? –insiste ella, sin cortarse.
- Soy de Madrid –respondo al fin, algo desconcertado–, pero hace tiempo que vivo aquí.
- Yo soy italiana, de Nápoles, aunque desde hace años vengo todos los veranos a España, me encantan estas playas.
- Hablas muy bien el español.
- Grazie.  Yo me llamo Isabella, ¿y tú?
- JM –respondo después de una pausa–, mis amigos me llaman JM.
- Tengo la impresión de que me mientes.
- En absoluto. ¿Por qué crees eso?
- Porque daba la sensación de que estabas dudando.
- Qué va, no es por eso. Es que estaba pensando en otros tiempos, cuando venía por aquí.
Joder, no sé ni de dónde saco ganas para dar una respuesta educada. Hago un esfuerzo por salir del ensimismamiento en que había caído al entrar  en el Brutus. Isabella lleva un vestido de tejido ligero como el tul y  negro brillante, con un escote benefactor que resalta su espléndido pecho. Sin duda, este detalle facilita que vuelva a centrarme en la realidad más inmediata.
- ¿Conoces a gente aquí, en este sitio? –pregunta la italiana, elevando la voz sobre el volumen de la música.
- Seguro. Si me doy una vuelta puedes apostar a que encuentro algún conocido.
- Pero estabas sólo.
- Depende de cómo lo mires.
- Qué gracia –dice ella con sorna– ¿Cómo lo voy a mirar? Desde que te he visto por ahí, con el vaso  en la mano, y con aire de estar más en una iglesia que en un bar de copas, no estabas acompañado. A no ser que tu acompañante sea un fantasma.
- Es hora de irme, estoy cansado –digo con convicción.
- Eh, no te pongas así. Estaba bromeando. Eres misterioso, ya se nota desde lejos, pero me gustan las personas como tú. Soy escritora.
- Fantástico. Yo de escribir, lo justo, pero me alegro de que te guste la gente como yo.
- Es que tengo un sexto sentido.
-Me lo estaba imaginando.
- ¿A qué te dedicas?
- Trabajo para el Estado.
- ¿Policía?
- No, no.
- Militar.
- Puede ser.
- Sí, se te ve cachas. Aunque no pareces militar.
- Como quieras. Tú sí que tienes un buen tipo.
“Y unas tetas que no te las mereces, madre mía, qué espectáculo” –pienso con la boca cerrada.
- Grazie Mille.
- Además eres muy simpática. Y encantadora.
- Entre otras cosas, ja, ja –replica ella, desenfadada.
- Pero, de verdad que lo siento, tengo que irme.
- No, no, de eso nada –se opone Isabella con los brazos en jarras–. No antes de que bailes conmigo. Ahora no puedes dejarme... come dite voi?... plantada. Mira, hombre misterioso, mira lo que te rodea: esto es la vida, lo que puedes gozar antes de que te des cuenta de que il diavolo te lleva con él. No desprecies una risa, una locura, una carezza...
Andiamo, la note è bella.
Suspiro hondo y sin protestar me dejo conducir hasta la pista de baile. A toda potencia, los altavoces vomitan "Loco de amor" de Boxer-Morena:
"Tú podrías hacer que me enamorara de ti,
que te amara con locura.
Encuentra una manera."
Hace calor. Un brillo tenue de transpiración se extiende sobre la parte al descubierto de los magníficos senos de Isabella  mientras bailamos y enlazamos nuestras cinturas.
Ahí fuera, los fantasmas se refugian en los fríos huecos de la oscuridad. Benditos sean.
En el Brutus Bar, la notte è bella.




miércoles, 4 de julio de 2012

LA ROJA Y LA PARTÍCULA DE DIOS



Después de varias idas y venidas, de Alicante a Vladivostok y de Vladivostok a Paris, con paradas en pueblos intermedios, por fin volvía a casa, de hecho, ya estaba en mi "otra casa": estaba en Madrid, en el Kraken y la noche en que la Roja jugaba la final contra Italia.
El Kraken había sido uno de los bares de copas más famosos de la zona norte de Madrid, un templo de la música house, un impulsor del drum and bass en Madrid, pero, como todo, evolucionaba y hoy en sus pantallas gigantes no había videos de Ibiza-Amnesia sino la final de la Eurocopa. El ambiente era bullicioso, gente de todas las edades  bebía  alegremente, muchos vestidos con la camiseta  de la selección. Cristina servía copas como una máquina, de vez en cuando se estiraba con un gesto inútil su exigua minifalda y me lanzaba una sonrisa pícara de viejos conocidos. El mundo volvía a estar en orden.
Cuando en el minuto 84 Fernando Torres, "el Niño", marcó el tercer gol sentí primero euforia, luego relax y por último un escalofrío en el cuello. En realidad, el escalofrío no tenía relación biológica con el golazo sino que era consecuencia de que alguien me había echado un líquido frío por el cogote. O algo parecido. Me di la vuelta pensando en un grupo de alborotadoras que tenía a mis espaldas con las caras y los escotes pintados de rojo y amarillo y con enormes jarras de cerveza. "Estas niñatas -pensé-, con los saltos que pegan, me han tirado la cerveza encima."
Pero a quien me encontré al darme la vuelta fue a Paloma.
- ¡Hola, JM, te veo muy acalorado! -me soltó-.¿ No te importará que te haya refrescado un poco con un trocito de hielo?
-  Joder, Palo, tenías que ser tú. Podías haberme dado una palmadita en la espalda. Sigues igual de bestia.
- Gracias por el piropo. Yo también me alegro de verte. ¿Cuánto tiempo hace?
- Más de cinco años. Y perdona, pero es que a veces te pones un poquitín burra.
- Menos que tú cuando me dejaste plantada en este mismo sitio la última vez que nos vimos. Adiós, Palo, gracias por el polvo y si te he visto no me acuerdo. ¿Me equivoco?
- Tuve que irme con urgencia. Pensaba en llamarte pero me marché fuera y después me daba que no me ibas a recibir bien.
- Bla, bla, bla. Siempre igual, tus silencios sin razón, tus despedidas a la francesa. Bien, ¿y ahora qué cuentas?
- ¡Gol!
-¿Qué?
- ¡Gol de Mata! ¡Cuatro a cero!
- Me gusta cuando me dices cosas bonitas.
Me fijé con más calma en Paloma. Rubita, de facciones agudas, germánicas (aunque era de Salamanca), ya en sus cuarenta pero con una blusa generosamente desabrochada y una falda estrecha que la hacían tan deseable o más que con  veinte años menos.
- Palo, vámonos de aquí antes de que termine el partido y nos pille toda la peña con la fiesta.
Había conocido a Palo en el Kraken, mientras miraba aburrido al mundo a través de una copa de Stolichnaya un año después de perder a Rachel en Afganistán. Ella se había divorciado recientemente y lo que tenía ganas era de pasárselo bien. No sé, supongo que alguien además de jugar a los dados maneja el destino para que dos personas se encuentren en un determinado momento y calmen el dolor que no confiesan, la sed que disimulan, el temor con el que sueñan.
De aquello, hacía ya unos años y la noche en que España ganó la Eurocopa yo no me preguntaba nada de eso. Mi apartamento de Madrid estaba un poco descuidado, pero entraba un fresco agradable desde la terraza, junto al inevitable ruido de los bocinazos por la victoria y los ecos de "¡soy español, español...!"
Las mejillas de Palo estaban encendidas y en su frente brillaba un tenue reflejo de transpiración mientras, tumbado en la cama con los ojos cerrados, sentía  su lengua recorriendo mi pecho y dirigiéndose hacia abajo. Tenía hambre de ella, hambre de su fuego, de su tormenta de sexo. Abrí los ojos, me incorporé y abrazando a Palo la di la vuelta y me tumbé encima de ella. Al entrar dentro de ella, sentí su humedad como una puerta por la que se colaban todos mis sentidos, donde no cabía la negrura de ningún recuerdo. La besé, y luego mordisqueé los lóbulos de sus orejas mientras mi pelvis se convertía en una ola.
- Cielo, cielo.
- Háblame, JM, por favor, no te calles, estoy contigo, vida, oh, vida.

Esta mañana, cuando conducía desde Madrid por la A-30 camino de La Manga, escuchaba las noticias sobre el experimento realizado por científicos del  CERN que parecía confirmar la existencia del bosón de Higgs, conocido como la partícula de Dios. Dicen que el bosón de Higss es la última partícula de la materia, lo que hace que un átomo pese, lo que permite que existan los planetas, las estrellas, los seres humanos. Quizás los sueños, los recuerdos, la memoria de lo que amamos, estén hechos también de la "partícula de Dios". Y nada desaparece para siempre. Todo, de una u otra forma, acaba regresando.



miércoles, 20 de junio de 2012