sábado, 12 de junio de 2010

LA BAILAORA



Algunas veces el azar sale de caza. Y deja abandonados sus guantes de espinas para rozarte con un dedo níveo. Entonces, comprendes que aquella otra persona no ha aparecido porque sí. Y sientes fiebre. Y deseo. Y ya no quieres que sucedan más cosas sin estar juntos.
Pero ten cuidado cuando te muevas.
Hazlo despacio, muy despacio.
El azar es viejo y sabio y con mucha mala leche.
Le gusta poner espejismos. Ahí, frente a tu calle. Espejismos que saca de tus recuerdos y pinta en otros cuerpos.
Sólo para ver la cara de idiota que pones.




Madrid, antes de la desaparición.
JM estaba a punto de salir del portal cuando casi se dio de bruces con su tío.
-     ¿Dónde vas tan arrebatado, sobrino?
-     Me voy, que he quedado.
-     Pues yo venía a hacerte una visita antes de ir a echar una partida con Pepe El Viagra.
-    ¿Una pardita de Warcraft?
-    Nada de esos endemoniados juegos de internet, una partida de mus, como se ha hecho toda la vida. ¿Y tú a quién vas a ver?
-     A una chica preciosa que he conocido hace poco.
-    Ah. ¿Y tiene nombre esa chica preciosa?
-    Qué más te da. Mira qué te gusta cotillear. Bueno, se llama Piluca. Piluca "La retorsía". Es bailaora.
-    ¿Bailarina o bailaora?
-    Bailaora, bailaora.
-    Pero si a ti no te gusta el flamenco.
-    El flamenco no, pero la bailaora sí. Tiene un cuerpo espectacular.
-    Entiendo.
-    Y además, estoy empezando a cogerle gusto al flamenco.
-    Me hago cargo.
-    Mira, ahí está. Viene ella a recogerme. Es la de ese coche.
Un Mini One  redujo con brusquedad de marcha; el motor rugió con estrépito hasta que el vehículo frenó del todo y quedó estacionado en doble fila. Se abrió la puerta y asomaron unas botas de cuero blancas, luego unas piernas bien esculpidas, unos muslos firmes y  una falda vaquera. La conductora pareció recoger algo del salpicadero y , por fin,  salió afuera. Su rostro era ovalado y de cutis claro; lucía una ondulada melena rubia y sus ojos castaños brillaban con picardía. Hizo una seña con la mano, como invitando a apresurarse.
-    Sí que tiene buen cuerpo, sí –exclamó mi tío, que no había perdido detalle de los movimientos de la chica–. Será por el ejercicio, claro. Y qué ojazos. Aunque un poco delgada;  para cuerpos, los de las mujeres de mis buenos tiempos.
-    Tío, estos son tus tiempos también. ¿O es que no estás vivo? Además, estás hecho un chaval.
-    No exageres, no exageres. Aunque te agradezco el cumplido. La guapura de la familia se la llevaba tu madre, que era clavadita a la Garbo, aunque uno…
-    Deja a mi madre, haz el favor. Vete a echar la partida con Pepe El Viagra, que te estará esperando. Ya te llamo yo y quedamos para comer este fin de semana.
-    Espera un momento, siempre con prisas, que te va a dar algo, hijo. ¿Por qué no me presentas a la moza?
-    Qué pesado eres, venga sí, vamos. Te presento, pero hola y adiós, que luego te enrollas y en cuanto me descuido empiezas a contar tus aventuras en Guinea, ¿o era en alguna batalla de la primera guerra mundial?
-    No te pases de listo. Quiero echar un vistazo de cerca a esa muchacha, la vista me falla con la distancia. Y luego, si no me equivoco, te daré un consejo. Que no seguirás, claro. Pero te lo voy a dar. Te guste o no.
-    Creo que ya la estás liando. Estás haciendo un mundo sólo porque salgo a divertirme un poco. Ves fantasmas donde no los hay.
-    No, sobrino, el que ve fantasmas donde no los hay eres tú.

JM y Piluca se habían conocido en El Kraken. Que ella se entregase con pasión al arte del flamenco, no era obstáculo para que entre sus otras aficiones figurasen el reggae y la música house. Aquella velada se proyectaban en las pantallas gigantes del local videoclips del top ten. La chica rasgaba el contraluz de una pantalla con su perfil sinuoso, como una sombra ondulante bajo un cielo desnudo.
JM no necesitó más. Algo en su instinto profundo le impulsó a abordar a la chica. Y pocos minutos después ambos se guiñaban el uno al otro con sonrisas de terciopelo.

La estampa de Piluca no podía alejarse más del estereotipo de la bailaora flamenca.  Sin embargo, lo que había de inmediato llamado la atención del tío de JM no tenía nada que ver con eso: era la similitud que los rasgos de la chica guardaban con los de Raquel.
Por desgracia, ahí terminaban todas las semejanzas.
Piluca era de forma evidente más joven de lo que hubiera sido Raquel de estar viva.
En contraste con el carácter cálido, compasivo y noble que tantas veces había oído comentar a JM de Raquel, Piluca se mostraba como la otra cara de la moneda: era engreída, superficial e instalada en la firme creencia de que el mundo, y en particular los hombres, estaban hechos para acompañar el ritmo de sus caderas.

La relación entre Piluca y JM estallaría como el choque entre el pedernal y la pólvora en cuestión de poco tiempo. Mientras tanto, la bailaora se sentía seducida por  la compañía de un hombre mayor que ella pero bien parecido, con un físico atlético y tocado por cierto aire de misterio. Además, lo mismo podía llevarla al último local de moda de música techno como a la ópera. Aún recordaba lo que había disfrutado cuando asistieron a la representación de Carmen en el Teatro Real.
Por su parte, JM se hallaba tan encaprichado de ella como un niño de una videoconsola nueva. Su  verdadero corazón estaba lejos, muy lejos, y cada día se distanciaba más hacia las corrientes oscuras donde no hay retorno.

-    Piluca, te presento a mi tío…
-    ¡Qué tal, abuelo!
-    Encantado, señorita, ¿cómo está usted? Yo no tengo nietos, ni hijos. JM es toda mi familia y más que un sobrino es como un  hijo.
-    Ya. Vale, vale. Sí, ya me ha contado “éste”. Cariño –dijo Piluca volviéndose hacia mí y dando de golpe la espalda a mi tío–, ¿nos vamos ya o qué? ¿No me ibas a llevar a ese sitio nuevo?
-    Sí, tienes razón. Te lo prometí. Es un sitio curioso –expliqué, girándome a mi vez para aproximarme a mi tío y así intentar que pasara por alto la grosería de la chica–. A ratos ponen música clásica, sobre todo ópera, y a ratos melodías de heavy metal o, mejor dicho, de metal sinfónico.  El local se llama Wagner.
-    ¡Anda! –terció Piluca interponiéndose entre mi tío y yo–. Ese es el de “El Señor de los Anillos” ….”Mi tesoro” –dijo Piluca imitando al gollum– Jo, qué fuerte.
-    Permítame que le saque de su error, señorita –intervino ahora mi tío, desplazándose para mirar de frente a la bailaora. Aquello comenzaba a parecer una danza de salón–. Wagner es un músico germánico que compuso un ciclo de óperas llamadas “El anillo del nibelungo” , cosa que sin duda usted confunde con "El Señor de los anillos" de la novela de Tolkien, o con la película basada en la novela.
-    Oiga, abuelo, deje ya de rayarme o ¿es que me está llamando tonta? –le espetó Piluca, que no era lista pero si intuitiva.
-    Nada más lejos de mi intención, señorita. Sólo intentaba ilustrar sobre lo que, me temo, es  una carencia cultural relevante.
-    Pues ilustre usted a su señora y si no tiene, a su gato –replicó Piluca, encendida.
-    Mira, tío, si viene por ahí tu amigo Pepe El Viagra –dije, señalando hacia la calle de enfrente en un esfuerzo desesperado para cortar de raíz la bronca.
Piluca siguió mi gesto con la mirada y se fijó en el amigo de mi tío que caminaba despacio pero resuelto hacia nosotros. Se puso los brazos en jarra. Y abrió la boca:
-    ¿Pero qué pasa? ¿Es que esperamos un jodido autobús del INSERSO? ¡Pepe El Viagra! Lo que faltaba: un viejo follador.
-    ¡Cierra la boca, Piluca! –exclamé indignado–. Esa persona es un buen hombre y amigo de mi familia.
-    Señorita, es usted una deslenguada y una insensata –aprovechó para añadir mi tío.
-    Y usted, usted –pugnaba Piluca, roja como un tomate,  por encontrar el insulto más mortífero.
-    Que te calles, nena. Métete en el coche y vámonos. O vete tú sola si quieres.
Piluca se introdujo en el coche y cerró la puerta sin decir palabra. Por fin, sacó la cabeza por la ventanilla y dijo:
-    ¿Vienes o qué, JM?
-    Te llamo mañana, tío. Y no le des importancia a esto. Ya sabes cómo es la gente joven ahora. No es mala intención, es ignorancia.
-    No te preocupes más, sobrino. Ya te daré ese consejo que te he dicho otro día. Ahora, vete ya y pásalo bien.
-    ¿Estás bien? ¿Seguro?
-    Que sí. Márchate. Adiós.
-    Hasta luego, tío. Hasta luego, Pepe.
Pepe El Viagra devolvió el saludo a JM en el  momento en que llegaba a la altura de su tío. Piluca metió la primera marcha y pisó a fondo el acelerador. Los neumáticos chirriaron sobre el asfalto y flotó un olor a goma quemada.

-    ¿Con quién va tu sobrino? –preguntó Pepe.
-    Con el diablo sobre ruedas. No pongas esa cara, Pepe, es una broma. La nueva acompañante de mi sobrino es bailaora.
-    Es muy guapa. Me recuerda a alguien…
-    A Raquel.
-    ¿La Raquel de…?
-    Sí. La Raquel de mi sobrino. ¿Recuerdas que JM te enseñó unas fotos en el ordenador un día que te pasaste por su casa?
-    Sí, ahora que lo dices me acuerdo bien. Yo no quise decir nada por educación, pero se le notaba obsesionado.
-    Mi sobrino es prisionero de sus propias sombras. Las mujeres a las que busca desde que falleció Raquel tienen todas algún parecido con ella. Al menos las que yo conozco o de las que me ha hablado. No se da cuenta de que es una manera de destruirse. Busca el amor y el perdón de un espejismo. ¿Sabes la manía que le ha entrado ahora?
-    No sé; por lo que dices, cualquier cosa.
-    Pone lo primero que se le ocurre en un papel, luego hace con él una pelota y lo guarda en un cajón. Mira lo último que ha escrito –dijo el tío de JM, sacando un papel arrugado de su bolsillo y desplegándolo con cuidado–: "Ella era una figura sola y oscura. Sólo los animales de la noche la vieron llegar."
-    Y eso qué significa.
-    No lo sé, Pepe, no lo sé. Quería preguntárselo, pero, ya ves que iba con prisa. Últimamente lo encuentro todavía más raro que de costumbre. Recibe mensajes de una enigmática mujer que siempre firma con un extraño dibujo. Mi sobrino dice que es una mariposa negra.
-    ¿Una mariposa negra? Oye, perdona que te lo diga, pero como hay confianza... Para mí que tu sobrino está jamao.
-    ¿Jamao?
-    Sí, hombre. Que no anda bien de la azotea, ya sabes.
-    Quita, quita. De loco no tiene nada. Lo que...
-    No si yo quería decir...
-    Mira, Pepe, lo que necesita el pobre es enderezar su vida con una buena chica, con alguien que no tenga nada que ver con Raquel ni con la otra.
-    Ah, sí, la otra, claro. Tienes razón. No me acordaba. La verdad es que tu sobrino nunca ha tenido suerte con las mujeres. Eso y que las mujeres ya no son como las de antes.
-    Yo también suelo decir lo mismo, pero soy consciente de que estoy faltando a la verdad. Y mucho. De hecho, no sé si te he contado algo de las mujeres que mantienen correspondencia con mi sobrino por mediación de la página que tiene en internet. La página se llama "La danza eludible". Un día de estos me tienes que enseñar cómo se pone una página de esas, aunque odie esas máquinas de los cojones.
-    Ya aprenderás a manejar los ordenadores y a construir un blog. Te enseño cuando quieras. Pero ahora háblame de esas damas con las que habla tu sobrino.
-    Oh, he curioseado un poco, sólo un poco. Pero, Pepe, esas damas son algo serio, créeme, de campeonato. Y saben más que los ratones coloraos. Inteligentes donde las haya. Hay una que...
-    Cuenta, cuenta.
 

El tío de JM y Pepe El Viagra tiraron en dirección Gran Vía abajo. La conversación derivó inevitablemente sobre sus años de juventud y de lo que hubieran sido capaces de hacer ahora.
La luz del atardecer bañaba de velos rojizos las calles que desembocaban en  la Plaza de España.
A quinientos quilómetros, una figura alta, delgada, vestida de oscuro, contemplaba el crepúsculo sobre el horizonte del mar. Llevaba puesto un colgante antiguo que reflejaba con tonos sobrenaturales los últimos rayos de sol: una mariposa negra.



Escrito en La Manga un domingo de Junio por el Intimista Secreto.
Escuchando Stereo Love
http://www.youtube.com/watch?v=3d6_5n6u2e4&feature=related

Imagen:
Image Title: The dancer
Artist Name: Jinwoo Lee
Web: http://jjcoolio.cgsociety.org/gallery/

viernes, 4 de junio de 2010

INNOMINATA

      “No mires a los espejos
        que ya no me reflejan.
        Recorre la calle sin nombre
        y susurra a sus oídos de piedra.
        Ella volvió a penetrar en la oscuridad
       para buscarme.”


No era la primera vez que tenía aquel pedazo de papel arrugado con esos versos en mi mano. A primera vista, no tenían el más mínimo sentido y había devuelto el papel al cajón. Hasta aquel instante.
Ahora me invadía el fuerte presentimiento de que mi sobrino JM dejó, a su manera, alguna especie de mensaje.
El intento inicial de seguir pistas que condujesen a su paradero o explicaran su brusca desaparición resultó del todo infructuoso.
 Y no exento de peligro. 

Un día recibí la llamada de un individuo que se identificó como policía. Me invitó a reunirme con él en un domicilio donde, según afirmaba, podían existir indicios de que hubiera pasado por allí mi sobrino. Cuando acudí a la vivienda indicada, el policía me estaba esperando junto a dos compañeros. Sólo el que me había llamado abrió la boca, y fue para preguntarme si  en algún momento JM había hecho mención a un antiguo libro, un  texto escrito en latín que era conocido como “El Libro de los Sollozos”. Ante mi negativa, se mostró entonces interesado en averiguar si yo tenía noticia de que mi sobrino se relacionase con persona o  grupo que se hiciese llamar “La Mariposa Negra”. De nuevo, expresé mi desconocimiento y a ello sumé mi irritación por lo que consideraba un inoportuno interrogatorio. Ya había dado toda clase de explicaciones cuando la policía registró el domicilio de mi sobrino. Y no tenía nada que añadir.
Por lo demás, aquella forzada visita me estaba resultando sospechosa. Nadie me había mostrado algún posible rastro en conexión con JM. Lo único que despertaba mi curiosidad en aquel piso era un gran espejo veneciano que colgaba del salón. Y el motivo no era por su indudable valor, sino por la huella grisácea de una mano en el centro del espejo. De improviso, vino a mi mente un relato terrorífico que había leído en "Más Allá del Laberinto",  el blog de Doña Morgana, uno de los que seguía con pasión JM. Las circunstancias eran muy parecidas a las que yo estaba viviendo en aquel instante pero, según recordaba, en aquel domicilio había sucedido algo terrible.

“No mires a los espejos
que ya no me reflejan.”

Un temor sin aparente fundamento se había ido apoderando de mis frágiles huesos. Aquellos agentes del orden se conducían de una manera inusual y siniestra. Hubiera apostado a que pertenecían a una agencia encubierta o a una peligrosa secta. El caso es que cuando dieron por finalizadas las preguntas y señalaron que podía marcharme, respiré como si hubiese escapado de una terrible amenaza. No recuperé por completo el aliento y la tranquilidad hasta encontrarme rodeado de gente en mitad de la calle.

El encuentro con aquellos extraños policías contribuyó a enfriar mis ansias de seguir las huellas de JM. Pero, de manera definitiva, su inesperada presentación en estas páginas de internet disipó mis últimas intenciones de continuar la búsqueda. No albergo la más mínima duda de que el "Intimista secreto" es JM, mi sobrino. Conozco su forma de expresarse, sus esfuerzos en ocultar la oscuridad que le habita con vanas ironías, su dificultad para expresar sus sentimientos en la vida real, su fascinación por las mujeres que parecen bañadas por la luz de algún misterio.
No sabía dónde se encontraba oculto. Si estaba lejos, en el extranjero, o, tal vez, en ese lugar de la costa que compartió con la mujer que amaba. En cualquier caso, lo importante para mí era que daba signos de encontrarse bien de salud, no más descentrado en lo emocional que de costumbre e incluso más eufórico y menos oscuro.

Pero, a pesar de mis propósitos de dejar transcurrir los asuntos de mi sobrino ─cualesquiera que fuesen─, al releer hoy las enigmáticas frases del pequeño papel, mi curiosidad recobró vigor. Decidí dar otra vuelta por su apartamento después de comer.

Acomodado en una butaca y con un ejemplar de Cumbres Borrascosas de su biblioteca, me quedé adormecido en esa hora de la siesta. JM se sentía seducido por ciertos personajes  femeninos de la literatura y del cine clásico. Además de la novela de Emily Bronte, sabía también que tenía un DVD con la película filmada en 1939 con Merle Oberon de protagonista. Durante mi breve sueño, pasaron imágenes en blanco y negro de la película; tal vez en segundos, se desarrolló la complicada trama que emergía como una matrioska con una tenebrosa revelación tras otra. Al despertar, me sentí dominado por un irresistible impulso que me llevó a entrar de nuevo en el ordenador de mi sobrino y buscar cualquier información que hubiera pasado por alto.



“Recorre la calle sin nombre
 y susurra a sus oídos de piedra.”

Encendí el ordenador y comencé a recorrer una vez más la lista de carpetas, prestando especial atención a aquellas que aún no había revisado.  No tardé mucho en hallar una que captó mi atención:  "Innominata". Sin nombre. "Carpeta sin nombre"...

"Recorre la calle sin nombre"

Abrí la carpeta y de inmediato me solicitó una contraseña, con el siguiente aviso: "Pronuncie las palabras que forman la clave de voz. Tras tres intentos fallidos, se bloqueará el sistema. Si necesita más ayuda, por favor, consulte con el administrador del sistema."

"Si pudiera consultar con el administrador del sistema, no estaría aquí metiéndome en camisa de once varas ─pensé con desesperación─. Ya me gustaría a mí poder hablar con mi sobrino y averiguar a qué se debe tanto misterio."

Por desgracia, las únicas noticias que obtenía de JM radicaban en las respuestas a los comentarios de sus textos; eso que por lo visto llaman post.  Y, para mayor ironía, era yo el encargado de ir colocándolos, con el mejor criterio que Dios me daba a entender. Si al menos sirviese para que JM hiciera caso de las sensatas advertencias que le hacían algunos lectores en sus respuestas. En especial, algunas damas de pluma delicada y sabio discernimiento, a las que, por cierto, me gustaría que la diosa Fortuna me deparase ocasión de saludar con la debida cortesía y merecimiento.

Pero no eran momentos de pensamientos placenteros, sino de acción o, como decía JM, de "desplegar una táctica". Bien, me encontraba ante un reto informático, pero no por ello iba a amilanarme, pues contaba con dos formidables bazas a mi favor: una, que conocía muy bien los gustos de mi sobrino; y la otra, nada menos que la inestimable colaboración de Pepe "El Viagra". Mi amigo había trabajo durante muchos en años en una empresa de ignífugos y revestimientos, lo que era causa de la enfermedad pulmonar que daba un tono azulado a su piel y de lo que, a su vez, derivaba el apodo de "El  Viagra". Tras su prematuro retiro, pasaba largas horas en el ordenador, enganchado ─según él mismo reconocía─ a ciertos videojuegos de culto como Warcraft, donde había llegado a ostentar el rango de brujo de nivel setenta.   Sus conocimientos informáticos hacían que de vez en cuando se comportara de forma un tanto prepotente, pero también era cierto que sin su ayuda no hubiera podido preparar esta página de internet dedicada a mi sobrino y a la que había puesto el nombre de El Intimista Secreto.






-  Esto es como la Cueva de Alí Babá pero en versión digital ─me había comentado Pepe "El Viagra" delante del ordenador de mi sobrino,  una vez puesto en antecedentes─ No es nada del otro mundo, hay mejores formas de proteger datos ─añadió con aires de suficiencia─. ¿Tienes idea de cómo funciona?
- No ─respondí─. Si lo supiera no te habría llamado. Ni si quiera sé de lo que estás hablando.
- Lo primero que tienes que hacer loguearte.
- Para el carro, Pepe, a ver si después de tantos años nos vamos a perder el respeto ─no estaba dispuesto a que continuase con aquellas ínfulas de sabiondo.
- Que no, hombre. Quiero decir que tienes que introducir la contraseña, pero en este caso es una clave de voz. A eso me refería con lo del cuento de Alí Babá; ya sabes: "Abrete  Sésamo"
- Ahora caigo. Pero ¿cuáles son las palabras que tengo que pronunciar? Seguro que no son "Abrete Sésamo".
- La contraseña tienes que conocerla tú. Sólo tienes tres oportunidades para probar antes de que se autobloquee el sistema. Alguna frase favorita de tu sobrino, un trozo de una canción, un refrán, no sé, tuvo que comentarte algo.
- No estoy seguro. En una de nuestras últimas conversaciones me estuvo hablando de un video de esos del "yo tuve"
- Se dice "youtube"
- Pues yo lo digo así, ¿vale, Pepe?
- No te enfades por eso, hombre. Vamos al grano.
- Total, que era de un cantante, Diego "El Cigala", creo recordar, que ponía voz a la letra del pasodoble "Suspiros de España". Mi sobrino recordaba que mi hermana, su madre, solía tatarear esa canción cuando él era muy pequeño.
- ¿Te acuerdas de la canción?
- Naturalmente. Yo no entenderé de ordenadores pero de buena música...
- Empieza a hablar cuando yo te lo diga ─me advirtió Pepe "El Viagra" manipulando las teclas del aparato─. Acércate a ese punto negro debajo del marco de la pantalla: es el micrófono. Y no hace falta que te pongas a cantar, por Dios, que te conozco; basta con que pronuncies despacio la letra de la canción. ¿Listo? Ya.
 - Allá voy:
"Quiso Dios, con su poder
fundir cuatro rayitos de sol
y hacer con ellos una mujer."
- "Contraseña incorrecta. Quedan dos intentos antes del bloqueo del sistema." ─replicó la máquina con un sonido entre una voz de persona con fuerte resfriado de nariz y el balido de una cabra.
- Tiene que ser otra cosa ─reflexioné en voz alta─. Algo muy personal. Ya sé: los primeros versos que escribió para Raquel cuando se conocieron. Me dolía la cabeza de tanto oírselos. Vamos a probar.
- ¿Seguro?
- Seguro, Pepe.
- Ya. Ya puedes hablar.
-  "A ti, quienquiera que seas
    que me quieres,
           cualquiera que sea el viento
           que desapacigua tus silencios,
           te..."
- "Contraseña incorrecta. Queda un intento antes del bloqueo del sistema." ─se regodeó la máquina de los cojones. Empezaba a ponerme nervioso y me sudaban las palmas de las manos.
- Ya sólo nos queda un intento. ¿Tanto merece la pena lo que hay en esa carpeta?
- Y yo qué coño sé -contesté malhumorado.
- Si me aceptas el consejo, yo de ti lo dejaría. Estás comenzando a decir tacos. Eso no es raro en tu sobrino, pero tú nunca dices palabrotas a no ser que estés a punto de explotar.
- Otra cosa; tengo que pensar en otra cosa. Algo que sea evidente; que tenga delante de mis narices.
- Pues en esta mesa no veo nada aparte del ordenador y de unos cuantos DVD.
- ¿DVD? Déjame ver: "Cumbres Borrascosas". Umm, podría ser, pero, no,no, es este otro: "Rebecca". ¡Claro! ¿Cómo no se me había ocurrido antes?
- ¿Qué es lo que no se te había ocurrido?
- La obsesión de mi sobrino por Raquel es comparable al culto por Rebecca en la novela gótica que Hitchcock llevó al cine. JM la habrá visto decenas de veces. Y siempre dice que el papel que interpretaba Joan Fontaine debería haberlo hecho Vivien Leigh. Es un autentico fan de esa actriz. Pero volvamos a esta pista. ¿Recuerdas cómo comenzaba la película?
- Creo que con algo de la mansión, con la protagonista hablando de aquella mansión maldita donde había habitado Rebbeca.
- Exacto. Prepara la máquina.
- Lo que tú digas. Es la última oportunidad. Cuando quieras...
- " Anoche soñé que había vuelto a Manderley."

"Pi, pi, pi. Contraseña correcta".
- La madre que...─exclamo Pepe "El Viagra", atónito.
- Lo sabía.
- Vamos a cotillear lo que hay dentro ─se apresuró a decir mi amigo.
- Eh, espera. Son cosas personales de mi sobrino.
- Para mí es como si fuese también de mi familia.
- Está bien, Pepe. Además no termino de entender estos cacharos.
- Ordenadores.
- Máquinas de los cojones.
- Tranquilízate. Mira: se ha abierto la carpeta y dentro hay una serie de subcarpetas con nombres curiosos.
- ¿Curiosos? Espera que me ponga las gafas.
- Ya te lo leo yo: "El Libro de los Sollozos" "Crónicas de la Mariposa Negra" "The World of Ancient Persia" "Los jacarazzis: el mito de las bestias semihumanas"
- Abre una carpeta. "El Libro de los Sollozos", por ejemplo. Creo que hay algunas personas interesadas en ese viejo volumen.
-Lo que tú mandes  ─dijo Pepe "El Viagra" seleccionado el archivo y pulsando la tecla enter.
De repente, se escuchó el ruido de un chisporroteo y todo se quedó a oscuras. Una intensa fragancia a violetas invadió la estancia.
- Se ha ido la luz ─acerté a balbucir.
- Y me parece que no estamos solos, viejo amigo.
Poseído de nuevo por un temor irracional, golpearon dentro de mi cabeza los dos últimos  versos que JM había escrito en aquel pequeño pedazo de papel arrugado:
"Ella volvió a penetrar en la oscuridad
para buscarme.”




domingo, 30 de mayo de 2010

LA HORA PALIDA


Es temible ser el territorio
del vacío para encontrarte
entre las cuerdas que llamean
su sonido frío
donde yacen nuestras palabras
como esmaltes de estrellas
apagadas.


En la hora pálida reluce
la puerta que me convierte
en hielo de pequeños venenos,
en espejo que recluta el resto
de lo invisible, manos
ante extraños secretos
en los huesos pintados de oscuro.

Voz que amo con sigilo
de ventanas impávidas,
de arena desempeñando
el color de la nada.

¿Me quieres?
Supongo que es así
aunque me aísles de esa culpa,
aunque nunca digas nada
cuando me acuesto a tu lado
sin desprenderte demasiado aprisa
de la ropa de otros mundos.
Algunas cosas no
tienen símbolos,
ni gestos, ni sueños, ni sinapsis.

No temerás esta hora.
Vuelvo, lo ves,
vuelvo sobre el cráter
de los versos que te ofrecí
y nadie ha entendido,
sobre tus dedos que hojeo
con pasión de sombra,
sobre el polen de tu pelo que propaga
escalofríos en mi máscara.
Sobre ti.

lunes, 24 de mayo de 2010

LA POETA

Escribía en sus auroras más extrañas
a las olas ennegrecidas que no rompían,
a lo que había en mí de inacabado.
Pensando en todos los nombres apagados,
en todas las estirpes conscientes de mentiras.

Nada me ha vuelto a decir.
En la oscuridad ambigua había la esperanza
de la persecución que determina el deseo,
del hielo desvaído que fluía por sus dedos.

Siempre, al término del día
se movía su soledad entre cercanías insonoras
que nunca dejaba entrar arriba, en la torre
reservada para las derrotas,
en las celdas de tiempos inexistentes
que todavía se abrían e incendiaban.

Nada rodea ya el hechizo subterráneo
que adoptaban los espectros de nuestras siluetas.
Los murmullos viven como cuerpos en el espejo
que no buscas
.

lunes, 17 de mayo de 2010

MORPHING


“Chew it, chew it”. Sí, sí, mastícalo. No sé qué narices me había dado el maldito guía afgano pero, de entrada, tenía la lengua adormecida y una vaga sensación arenosa inundaba mi boca.
Teníamos que permanecer casi inmóviles durante horas, bajo el sol de las llanuras desérticas, detectando movimientos de fuerzas hostiles en una zona crítica de la ruta Lithium.
 “Take it easy, my friend –continuó el guía–. Esto te ayudará a aguantar. Los talibanes están vigilando como nosotros”. Con esto se refería a una mierda de raíces o yerbajos secos. Cualquier cosa, vaya usted a saber en una tierra donde crece el opio como margaritas silvestres.
Los dos solos en el borde de uno de los innumerables barrancos que agrietan Afganistan: un militar afgano haciendo el trabajo de guía y un servidor. Para ser precisos, en ese momento no estábamos lo que se dice solos: a unos doscientos metros se paseaba un nutrido grupo de talibanes armados hasta los dientes y, lo que era peor, estaban torciendo para dirigirse a nuestra posición.
Ahora además de la boca, comenzaba a perder sensibilidad en todo el cuerpo. El guía afgano permanecía agachado como yo en la entrada de dos pequeñas cuevas naturales medio ocultas por los arbustos. El guía tenía un nombre largo y de difícil pronunciación incluso en parsi, por lo que todos en la base le llamábamos Jaime. A él no parecía importarle. Asunto resuelto.
Jaime me hacía ahora señas para que metiese más el cuerpo en la cueva. Y sonreía.
Que el guía sonriese, en principio, era bueno; quería decir algo bueno. Pero esa sonrisa distaba mucho de tranquilizarme. La cabeza me daba vueltas y mi visión se oscurecía por momentos.
La maldita yerba… ¿Quién me decía que Jaime no era un talibán infiltrado? ¿Qué no terminaría en mitad de esta tierra en ninguna parte con la garganta rebanada?
Empecé a deslizarme hacia abajo por el agujero estrecho de la cueva. La tierra cedía bajo mi peso y cada vez me hundía más en ella. Y tragando arena rojiza de paso.
Me estaba asfixiando.
“¿Seré gilipollas?” –pensé una fracción de segundo antes de perder el conocimiento.

Es curioso como la falta de oxigeno cerebral dispara la evocación de recuerdos; todos los recuerdos: los buenos y los que aún siguen clavándote puñales. Y hasta los recuerdos de los sueños. El organismo lucha por mantener indemne hasta el último momento la memoria como si fuera la parte más importante de un ser humano que hay que preservar.
En un instante todo lo vivido, todo lo imaginado y todo lo deseado, se presenta en escenas aceleradas hasta la velocidad de la luz; estallando en explosiones de colores desconocidos. Mezclando tiempos y experiencias. Mezclando rostros y nombres. Libros, películas, pinturas...


Rilke había escrito en Capri estos versos:
“Ahora cierra los ojos: para que podamos
guardar todo esto
en nuestra oscuridad, en nuestro descanso”
Pero yo no estaba en Capri.
¿O sí?
Yo estaba en calzoncillos, tumbado boca abajo en la cama. Sara, tampoco llevaba encima más prenda que unas bragas boxer. Se puso a horcajadas sobre mi cintura y se inclinó para besarme la nuca; sus pezones me hacían cosquillas en los omóplatos.
-    “Tienes un nudo en los músculos de aquí –dijo Sara apretando con el dedo en un punto  situado en la mitad de la espalda–. Una buena pelota. No te cuidas las lesiones”
-    “Bah –repliqué–, es por la tensión que llevo estos días. Nada que tus deditos mágicos no puedan aliviar”.
-    “Anda, mira qué bien. El niño quiere un masajito. ¿Y tú qué me vas a dar a cambio?”
-    “El cielo. Voy a bajar el cielo y derramarlo a besos sobre tu piel.”
-    “¿Cuántas veces habrás dicho esas palabras?”
-    “Nunca, es la primera vez. Sólo para tus oídos –dije girando más la cabeza y sonriendo.”
-    “No te creo, mentiroso.”
-    “No soy mentiroso. Soy complicado, pero no mentiroso.”
-    “Entonces dime una cosa, JM.”
-    “¿Qué, cielo?”
-    “¿Me quieres?”

-    “No. Negativo. ¿Cómo quieres que te lo diga?”
-    “Pero, JM, llevas encerrado en ese refugio de la playa dos semanas en pleno invierno.
-    “Estoy de permiso, Elena.”
-    “Vale. Entonces déjame que vaya a hacerte compañía unos días.”
-    “He dicho que no. No quiero estar con nadie.”
-    “Pero antes nos llevábamos bien. Antes de que conocieras a esa chica…Raquel. Ahora tienes que seguir adelante. La vida sigue y los muertos no vuelven.”
-    “He dicho que quiero estar solo. Lo siento, Elena, voy a colgar.”


Los ojos azulados, los rizos de su pelo rubio, los labios… los labios vencidos por el rapto ardiente de los míos.  Las máscaras ceden en la rueda de uno, cien crepúsculos, las lágrimas se deshilachan, los abrazos contienen vidas donde deseo irme lejos. Los ojos castaños, en la piel que la luna plagiara, las ramas de los brazos  flotando en la cama, el rocío como sudor en los polos diseminados de los amantes, sus ojos enlutados, su lengua lujuriosa, sembrándome de estrellas.


-    “Raquel. Quiero que vivas conmigo. Quiero despertarme contigo. Quiero pasear de tu mano por el parque de El Retiro. Ir contigo a la cola del pescado.”
-    “Tonto… Ya nada me apartará nunca de ti.”
Nada. Excepto la hermana gemela ciega de la nada.
La oscuridad de los desaparecidos.
Y el amor que se enfría en un cuerpo abandonado.


Todas las mujeres, las que he creído amar, las que han creído amarme, las que me amargaron un tiempo de mi vida, aquellas que olvidé…todas son una. Un rostro de polvo en un sueño. Una búsqueda que duele ya demasiados siglos.


Ella me mira desde el fondo de la oscuridad. Y me alza con unas manos extrañamente poderosas, enérgicas.
Y me arroja fuera del camino de los ahogados.
Pero no son las manos de ella.
Son las manos del afgano tirando de mi cuerpo. Sacándome del agujero.
-    Vamos, my friend, come on, breathe, respira.
-    ¿Y los talibanes? –pregunto, tosiendo, escupiendo tierra.
-    Disappeared.
-    Disappeared
?
-    Lejos. Se han ido ya. No hay peligro.
-    ¿Iban hacia la ruta Lithium?
-    No. Hacia el norte. A sus refugios.
-    Gracias a Dios.
-    ¿Estás bien, my friend?
-    Pásame la cantimplora, Jaime. Cuando me hundí en ese hoyo no podía moverme. Entre la tierra y tus malditas yerbas pensé que iba a palmarla.
-    Esas yerbas te han salvado la vida. Redujeron tus constantes vitales al mínimo mientras pasaban cerca los talibanes.
-    Entonces eres tú el que me ha salvado la vida. ¿Cómo sabías que podría sobrevivir?
-    You don’t have to be fucking doctor House. Mi pueblo tiene también sus propios conocimientos de medicina. No todos somos bárbaros.
-    Ya. ¿Sabes una cosa Jaime?
-    Qué, my friend.
-    He tenido unas visiones muy extrañas. Creo que va siendo hora de regresar a mi país.
-     ¿Qué has visto? ¿Personas o animales?
-    Personas. Rostros de mujer que se fundían en uno.
-    Debes regresar a tu tierra. Si no lo haces ahora, puede que no regreses jamás. No sigas poniendo tu vida en riesgo una y otra vez. Metiéndote donde ningún extranjero en su sano juicio lo haría.
-    Tienes razón, estoy mayor para estos trotes.
-    Sí, my friend.
-    Oye, no hace falta que des la razón.
-    De verdad, my friend, de verdad, lo que creo es que tienes que marcharte. Regresa. Tu destino está ahora en tu país. Allí es donde encontrarás la voz que rompa el silencio.
-    ¿Qué silencio, Jaime? ¿De qué hablas? ¡Qué entenderás tú de eso!
-    Aquella que romperá el  silencio de tu corazón. Eso significaban tus visiones.


Escrito en La Manga un sábado de Mayo, mientras sonaba una y otra vez  "Your friend" de  Gregor Salto feat Chappell  ¡Es una pasadaaaa!
Escúchala en : http://www.youtube.com/watch?v=7zk0pEA6aAc
 

Verónica, la camarera de “El Brutus disco bar” de La Manga, llevaba cuatro años currando en ese local, pero ya no seguirá allí: está embarazada. Verónica, un beso y mis mejores deseos para tu futuro y el de tu hijo. No sé si alguna vez te lo dije, pero preparabas los mejores mojitos de toda la costa.

martes, 11 de mayo de 2010

EL TACTO ARREPENTIDO


No creo que debiera
llegar apresurado
a amarte,
si te amara.
Cara a cara
están los espacios blancos,
los extraños barrancos
de estas distancias encubiertas
que esquivas y sujetas
para no transbordar más sentimientos.

Hablar de deseo
es esperar la visita de tus dedos
sobre las calles vacías de mi cuerpo,
de tus besos sobre el pavimento
helado de mis labios.
Es
abrir los ojos
a la suave luz de nuestros huecos.
Es
la forma de la boca
que viene desde otra travesía
y no rehuyo.
Es
esta galería
excavada entre nosotros
con mareas que nunca antes se tocaron.

Me queda amar.
Amarte en todo,
si te amase.
Amarte roto, invariante,
en la espesura herida
de tus lágrimas, en el agua
emboscada de tu vida.
Tocar resonancias tatuadas
sobre modelos de brazos fronterizos
donde en otros tiempos he sido
lecho de nebulosas esculturas.

Como alas de una mariposa oscura
te entrego el tacto arrepentido.
Lejos queda la ausencia que gotea
su ritmo de metal fundido
en las arenas de Khana.
Reconozco ahora tu inflexión interna como mía
y devuelvo de aquellos naufragios azuzados
la envuelta caligrafía
sigilosamente hecha añicos,
aquel tiempo acostumbrado
a ser recurrente
viento del presente
en el pasado.

jueves, 6 de mayo de 2010

LA AFGANA (III de III)


-    Estás muy cambiada Dhara –repetí, sin salir de mi asombro.

Nada permanecía en la voz y en la mirada de Dhara que me recordase a la chica afgana de cuatro años atrás. Muy al contrario, me sacudió la sensación de estar siendo calibrado por un depredador antes de lanzarse al ataque.
Aquellos tonos dulces e ingenuos de sus ojos se habían disuelto en la oscuridad de un cielo a punto de descargar la tormenta. 


-    Sí, español. He cambiado. Gracias a ti –respondió.


Accioné a tientas el interruptor de una lámpara de mesa. Las pupilas de Dhara se contrajeron con la luz y recuperaron en parte el brillo suave y cálido que yo había conocido.


-    Cuando conseguimos huir del campamento de Zandrak –recordé–, alcanzamos la frontera con Irán y yo te dejé allí. Me dijiste que tenías familia en un poblado próximo.
-    Es cierto. Me diste agua, provisiones y me regalaste tu daga.
-    ¿Qué ocurrió después? ¿Pudiste encontrar a tus familiares?
-    Oh, sí, pero no me recibieron con entusiasmo, ni mucho menos. De entrada, me culparon de las matanzas que Zandrak había llevado a cabo en los poblados afganos que estaban en el borde de la frontera. Y también de que sus hombres terminaran de una forma cruel con la vida de mi madre. Sentí que de nuevo mi vida estaba en peligro y tuve que escapar. Esta vez sola.
-    Lo siento.
-    No. Fue lo mejor que pudo sucederme. Me topé con una patrulla americana, me llevaron a su base, me dieron refugio y poco tiempo después me contrataron como intérprete.
-    Eso es magnífico. Fue una suerte que te encontrases con ellos. Mi idea en principio fue llevarte a una base del ISAF, pero tú estabas obstinada en ir a ver a tus familiares de Irán.
-    Sí, tienes razón; no lo he olvidado. No fue culpa tuya.
-    ¿Qué ocurrió después Dhara? ¿Dónde estás viviendo ahora?
-    He vuelto al desierto. Los americanos me instruyeron bien y ahora hago trabajos de inteligencia para ellos.
-    ¿Inteligencia? ¿Quieres decir espionaje?
-    Oh, sí. Información. Me tiño el pelo y me coloco unas lentillas oscuras… o simplemente me pongo un burka y me convierto en nadie, ya sabes. Luego, recojo un poco de información de aquí o de allá o hago otro tipo de trabajo.
-    Prefiero no pensar en ello. Prefiero no pensar en que arriesgas de ese modo tu vida. Si los talibanes te capturan…
-    Los americanos me han entrenado a conciencia. Y  yo he sido buena alumna. Tanto, que una de las cosas que pude hacer fue infiltrarme en el campamento de nuestro viejo amigo Zandrak.
-    ¿Te ordenaron que fueras allí? Eso era todavía más peligroso que merodear cerca de los talibanes.
-    No, no, por supuesto. Al Señor de la Guerra se le consideraba todavía un aliado. Fue un trabajo que arreglé yo sola, los americanos no supieron nada.  Una liquidación de cuentas, si queremos llamarlo así. Me introduje en su tienda por la noche y lo asesiné como ejecutaban los antiguos guerreros afganos a sus enemigos más odiados.
-    ¿Quieres decir degollarlo y mutilarlo? –inquirí con aprensión.
-    Exacto. Rajé la garganta de Zandrak para que no gritara, y cuando se ahogó en su propia sangre, amputé sus genitales y se los introduje en la boca. 


Un sudor helado como la bocanada de una tumba se quedó pegado a mi nuca. ¿En qué habían convertido a aquella niña tierna y desvalida? Era una asesina. Un ser que vivía en los límites de la vida y de la muerte; sobreviviendo y matando con frialdad.
¿Habría podido yo evitar su vejación y una muerte segura de otro modo? Con sinceridad, creía que no, que nunca tuve otra opción. Pero no debí consentir dejarla sola en aquel trozo del desierto próximo a la frontera, por mucho que ella me insistiera en ello. Eso hacía que me sintiera ahora responsable de verla convertida en un sicario.
Deposité el revólver en una mesa del salón y apoyé  la mano en el brazo de un sofá.
Ella dio un par de pasos hacia mí, desanudó de su cuello un pañuelo de gasa blanco y se despojó de la chaqueta de cuero oscuro que llevaba encima. Sobre una ceñida camiseta apareció colgando del cuello un chaku –una daga de hoja curva– en su funda de piel. Con lentitud, extrajo la daga de su funda  y la extendió hacia mí. 


Hay un límite al que poco a poco te empuja el dolor de la ausencia, el recuerdo de los errores mordiendo como bestias heridas y el vacio amargo de cada despertar.
Un día cualquiera, algo regresa del pasado: espectros con labios abiertos o seres vivos con cuentas pendientes. Y el límite se traspasa. Y uno tiene la perfecta revelación de que hace tiempo que ya no debería existir, de que nada de lo que cree estar viviendo ahora importa en realidad.
Me quité la camisa y me senté en el suelo con las piernas cruzadas y el pecho desnudo. Había decidió entregar mi destino a Dhara y quería que ella fuera plenamente consciente de mi actitud.

-    Hay mucho odio y amargura en tu corazón, Dhara. Quizás pienses que yo soy también parte de ese pasado del que tienes que vengarte. Haz lo que creas que debes hacer. Yo nunca intentaré hacerte daño. No tuve más remedio que consumar aquello contigo o hubieras terminado de una forma horrible.


Dhara continuó acercando la mano con el arma mientras me miraba como el que se esfuerza en ver entre tinieblas. Al llegar al sitio donde estaba sentado, se inclinó hacia mí y su cabello, trigueño por la exposición al sol del desierto, acarició mi frente.
La afilada hoja que sujetaba su mano se detuvo a escasos milímetros de mi garganta, firme, sin el más ligero temblor. Hizo girar el cuchillo con un rápido movimiento de muñeca, de modo que el extremo punzante apuntó hacia ella,  ofreciéndome la empuñadura.


-    Lo sé, español. Sé que estoy viva gracias a ti. Toma, te devuelvo la daga que me diste cuando nos despedimos. Ya no la necesito.


Recogí el cuchillo y lo deposité a mi lado. Dhara se arrodilló frente a mí, colocándose a mi altura, pasó sus dedos crispados por mis sienes y me abrazó con fuerza, casi con violencia.


-    No sabes cómo he pensado en aquel día en que me tomaste –musitó con un tono de voz que me sonó como un lamento–. En nuestros cuerpos unidos sobre el  suelo de tierra, en el olor a sudor de nuestra piel, en la humillación a que nos obligaron.
-    Yo tampoco he logrado olvidarlo ni un solo día. No he dejado de sentirme culpable y de rogar porque te encontraras a salvo y llegara el instante en que pudieras comprenderlo y perdonarme.
-    Desde entonces se creó un vínculo entre nosotros que no cesa de atormentarnos. Y sólo hay una manera de liberarse de esa sensación de vergüenza, de haber cedido a la degradación a que nos obligaron nuestros guardianes.
-    ¿Qué manera? ¿A qué te refieres?
-    Hagamos el amor. Como dos seres humanos libres. Así, en el futuro,  llevaremos paz a los recuerdos que nos han unido todo este tiempo.
-    No puedo, Dhara. No me siento capaz de hacerlo.
-    ¿Qué ocurre? ¿No te gusto? Seguro que han pasado otras mujeres por tu vida.
-    No es eso. Eres preciosa, una mujer muy bella. Volverías loco a cualquier hombre. Y sí, han pasado muchas mujeres por mi vida; pero también hubo y hay todavía momentos en que no puedo estar con ninguna.
-    Sé lo que te sucedió. Tú dices que mi corazón está lleno de odio, pero el tuyo es un puro abismo de negrura. Por el bien de los dos, hagámoslo. Luego me iré y, quizás, ya no vuelvas a saber de mí. Quizás cualquier día de estos me maten al fin; parece un destino que no puedo eludir: el de una muerte violenta. Es lo que merezco.
-    No digas eso, no digas eso. No hables de ese modo, Dhara. No es lo que mereces. Has sufrido desde tú nacimiento, tú no has podido elegir cambiar de vida. Pero ahora puedes hacerlo; márchate a un lugar donde no te encuentre nadie. Yo puedo ayudarte a escapar y a encontrar un refugio seguro.
-    Gracias, pero ya es tarde para cambiar nada. Lo único que quiero de ti es que me hagas el amor. No puedes negármelo.
-    Dhara, aunque lo desease, me resultaría imposible. No puedo evitar seguir mirándote como aquella niña…


Sin pronunciar una palabra, Dhara deshizo su abrazo, se apartó de mí y se puso de pie. En la hondura del silencio, se fue desprendiendo con movimientos rápidos de toda su ropa hasta quedarse  desnuda.  Recogió el pañuelo de gasa blanco y tras sujetarlo a la cintura balanceó con sensualidad las caderas emulando una especie de danza tribal. Aquellos gestos avivaron dentro de mí algo que percibía como una llamada sexual primitiva, algo que enlazaba con la memoria animal que anida en el cerebro humano.


-    ¿Todavía piensas que soy aquella niña? –me preguntó en tono provocativo.

Conduje a Dhara de la mano hasta mi dormitorio tal y como lo habría hecho guiándola hacia un refugio en la noche del desierto. Flotando en la oscuridad de la habitación –sólo visibles para mí–,  los ojos del espectro de la mujer que había amado con el nombre de Raquel relumbraron con el estertor de una estrella que se extingue en el infinito. En su mirada latía la extrañeza de aquellos que se extravían en las minas de la muerte. La llamé en silencio. De repente sus ojos dejaron de ser nubes rojizas y me contemplaron irradiando compasión. Ternura. Perdón.
Entonces, la visión de Raquel se disolvió.
Y volqué mi cuerpo, mi alma liberada, el peso de mis sentidos, sobre la desnudez de la afgana.




"Nunca nacisteis
para ser un cenicero de sus penes."
 Strappado
Janet I. Buck (en homenaje a las mujeres que sufren la herencia de los talibanes en Afganistán)
http://www.rawa.org/janet.htm)

Bad Love, bad love
Booka Shade: http://www.youtube.com/watch?v=g2xgIp-m1uw&feature=related

Terminé de escribir La Afgana en La Manga, la noche del 1 de Mayo de 2010. Booka Shade sonando. El sabor de Absolut Citron helado en mis labios.  Otros recuerdos en mis labios, también.
Dedicado a los nacidos el ocho de Mayo, día de mi cumpleaños. Y también a los del 9 de Mayo.
Eh, vamos. El Kraken estará abierto. Estará en cualquier parte en que nos encontremos tú y yo. Soy un tipo complicado, pero nunca te mentiré. ¿Quién invita esta ronda?