viernes, 20 de julio de 2012

LA NOTTE È BELLA



La puerta está abierta y los espectros se regocijan de encontrar la boca de un sumidero donde el olor del deseo, de la apariencia y del vacío conviven juntos con intensidad. Ciegos, sin tacto que se encienda con otro tacto, los fantasmas se agolpan en la entrada. Algunos permanecen indecisos por un instante y, finalmente, se dan la vuelta para perderse en la humedad oscura. Se dice, en secreto, que los fantasmas odian las puertas: hay umbrales que al ser traspasados hacen arder  los escombros de la memoria y toda la miseria del pasado se ilumina de golpe.
Pero estas no son puertas que cruzan una frontera  entre dimensiones, tan solo es la habitual entrada del Brutus Bar.
Hace un año que no vuelvo por aquí. El portero, un gigantesco negro, cuyo pelo comienza a clarear y a exhibir  rizos plateados, me sonríe como si hubiera sido ayer el último día que me saludó.
Ni fue ayer,  ni tampoco hace un año: ha sido toda una vida; una vida que quizás ya no es la mía sino la vida de otro. El tipo que ahora entra ya no tiene nada que ver con el que fue en otro tiempo.
 ¿Nada?
¿Entonces cual es la razón para regresar?
Hay un espacio libre al comienzo de la barra: a todos les gusta adentrarse en el local, cerca de la pistado de baile, donde también actúan de vez en cuando bandas musicales –como la popular "Marchamala".
 - ¿Qué te pongo?
No conozco a la camarera. Muy alta, con vestido negro bien ajustado y corto. Su rostro no es de facciones finas  y el maquillaje gótico no contribuye a mejorarlo, pero tiene unas piernas de infarto.
- Stolichnaya con hielo.
- ¿En vaso ancho o largo?
- Ancho.
A dos metros, una mujer de melena espesa de color carbón con destellos azulados me observa con descaro, se diría que entre sorprendida y divertida; como  quien de pronto se topara con un alien de películas B.
“Olé tus huesos, morena –pienso, un poco molesto– tienes buenas curvas y te gusta lucir palmito. A ver si calientas las babas de unos cuantos soplapollas que soñarán con tu carne esta noche. Yo solo quiero tomarme esta copa tranquilo, no tengo el menor interés en averiguar de qué vas.”.
Es la hora en que las almas pesan de forma extraordinaria y descienden al ras del suelo y se enmascaran con el polvo de una realidad sin significado.
Todo regresa con distintas formas. Mezclado entre lo desconocido, detrás de miradas donde se mecen los restos de un amor evaporado.

- Scusi –oigo pronunciar a una voz femenina detrás de mí–. Tienes cara de estar perdido –continúa diciendo mientras me rodea para plantarse frente a mí– . ¿Eres de aquí?
Es la morena del pelo eléctrico. Habla en correcto español pero con apreciable acento italiano. Su rostro es redondo y sus labios gruesos y sensuales. Se aproxima todavía más  y ladea la cabeza, de forma que su pelo resbala como una tormenta de relámpagos azul oscuro. Por un momento, pienso que está bebida y pretende directamente morrearse conmigo allí en medio.
- ¿Te comió la lengua el gato? –insiste ella, sin cortarse.
- Soy de Madrid –respondo al fin, algo desconcertado–, pero hace tiempo que vivo aquí.
- Yo soy italiana, de Nápoles, aunque desde hace años vengo todos los veranos a España, me encantan estas playas.
- Hablas muy bien el español.
- Grazie.  Yo me llamo Isabella, ¿y tú?
- JM –respondo después de una pausa–, mis amigos me llaman JM.
- Tengo la impresión de que me mientes.
- En absoluto. ¿Por qué crees eso?
- Porque daba la sensación de que estabas dudando.
- Qué va, no es por eso. Es que estaba pensando en otros tiempos, cuando venía por aquí.
Joder, no sé ni de dónde saco ganas para dar una respuesta educada. Hago un esfuerzo por salir del ensimismamiento en que había caído al entrar  en el Brutus. Isabella lleva un vestido de tejido ligero como el tul y  negro brillante, con un escote benefactor que resalta su espléndido pecho. Sin duda, este detalle facilita que vuelva a centrarme en la realidad más inmediata.
- ¿Conoces a gente aquí, en este sitio? –pregunta la italiana, elevando la voz sobre el volumen de la música.
- Seguro. Si me doy una vuelta puedes apostar a que encuentro algún conocido.
- Pero estabas sólo.
- Depende de cómo lo mires.
- Qué gracia –dice ella con sorna– ¿Cómo lo voy a mirar? Desde que te he visto por ahí, con el vaso  en la mano, y con aire de estar más en una iglesia que en un bar de copas, no estabas acompañado. A no ser que tu acompañante sea un fantasma.
- Es hora de irme, estoy cansado –digo con convicción.
- Eh, no te pongas así. Estaba bromeando. Eres misterioso, ya se nota desde lejos, pero me gustan las personas como tú. Soy escritora.
- Fantástico. Yo de escribir, lo justo, pero me alegro de que te guste la gente como yo.
- Es que tengo un sexto sentido.
-Me lo estaba imaginando.
- ¿A qué te dedicas?
- Trabajo para el Estado.
- ¿Policía?
- No, no.
- Militar.
- Puede ser.
- Sí, se te ve cachas. Aunque no pareces militar.
- Como quieras. Tú sí que tienes un buen tipo.
“Y unas tetas que no te las mereces, madre mía, qué espectáculo” –pienso con la boca cerrada.
- Grazie Mille.
- Además eres muy simpática. Y encantadora.
- Entre otras cosas, ja, ja –replica ella, desenfadada.
- Pero, de verdad que lo siento, tengo que irme.
- No, no, de eso nada –se opone Isabella con los brazos en jarras–. No antes de que bailes conmigo. Ahora no puedes dejarme... come dite voi?... plantada. Mira, hombre misterioso, mira lo que te rodea: esto es la vida, lo que puedes gozar antes de que te des cuenta de que il diavolo te lleva con él. No desprecies una risa, una locura, una carezza...
Andiamo, la note è bella.
Suspiro hondo y sin protestar me dejo conducir hasta la pista de baile. A toda potencia, los altavoces vomitan "Loco de amor" de Boxer-Morena:
"Tú podrías hacer que me enamorara de ti,
que te amara con locura.
Encuentra una manera."
Hace calor. Un brillo tenue de transpiración se extiende sobre la parte al descubierto de los magníficos senos de Isabella  mientras bailamos y enlazamos nuestras cinturas.
Ahí fuera, los fantasmas se refugian en los fríos huecos de la oscuridad. Benditos sean.
En el Brutus Bar, la notte è bella.




miércoles, 4 de julio de 2012

LA ROJA Y LA PARTÍCULA DE DIOS



Después de varias idas y venidas, de Alicante a Vladivostok y de Vladivostok a Paris, con paradas en pueblos intermedios, por fin volvía a casa, de hecho, ya estaba en mi "otra casa": estaba en Madrid, en el Kraken y la noche en que la Roja jugaba la final contra Italia.
El Kraken había sido uno de los bares de copas más famosos de la zona norte de Madrid, un templo de la música house, un impulsor del drum and bass en Madrid, pero, como todo, evolucionaba y hoy en sus pantallas gigantes no había videos de Ibiza-Amnesia sino la final de la Eurocopa. El ambiente era bullicioso, gente de todas las edades  bebía  alegremente, muchos vestidos con la camiseta  de la selección. Cristina servía copas como una máquina, de vez en cuando se estiraba con un gesto inútil su exigua minifalda y me lanzaba una sonrisa pícara de viejos conocidos. El mundo volvía a estar en orden.
Cuando en el minuto 84 Fernando Torres, "el Niño", marcó el tercer gol sentí primero euforia, luego relax y por último un escalofrío en el cuello. En realidad, el escalofrío no tenía relación biológica con el golazo sino que era consecuencia de que alguien me había echado un líquido frío por el cogote. O algo parecido. Me di la vuelta pensando en un grupo de alborotadoras que tenía a mis espaldas con las caras y los escotes pintados de rojo y amarillo y con enormes jarras de cerveza. "Estas niñatas -pensé-, con los saltos que pegan, me han tirado la cerveza encima."
Pero a quien me encontré al darme la vuelta fue a Paloma.
- ¡Hola, JM, te veo muy acalorado! -me soltó-.¿ No te importará que te haya refrescado un poco con un trocito de hielo?
-  Joder, Palo, tenías que ser tú. Podías haberme dado una palmadita en la espalda. Sigues igual de bestia.
- Gracias por el piropo. Yo también me alegro de verte. ¿Cuánto tiempo hace?
- Más de cinco años. Y perdona, pero es que a veces te pones un poquitín burra.
- Menos que tú cuando me dejaste plantada en este mismo sitio la última vez que nos vimos. Adiós, Palo, gracias por el polvo y si te he visto no me acuerdo. ¿Me equivoco?
- Tuve que irme con urgencia. Pensaba en llamarte pero me marché fuera y después me daba que no me ibas a recibir bien.
- Bla, bla, bla. Siempre igual, tus silencios sin razón, tus despedidas a la francesa. Bien, ¿y ahora qué cuentas?
- ¡Gol!
-¿Qué?
- ¡Gol de Mata! ¡Cuatro a cero!
- Me gusta cuando me dices cosas bonitas.
Me fijé con más calma en Paloma. Rubita, de facciones agudas, germánicas (aunque era de Salamanca), ya en sus cuarenta pero con una blusa generosamente desabrochada y una falda estrecha que la hacían tan deseable o más que con  veinte años menos.
- Palo, vámonos de aquí antes de que termine el partido y nos pille toda la peña con la fiesta.
Había conocido a Palo en el Kraken, mientras miraba aburrido al mundo a través de una copa de Stolichnaya un año después de perder a Rachel en Afganistán. Ella se había divorciado recientemente y lo que tenía ganas era de pasárselo bien. No sé, supongo que alguien además de jugar a los dados maneja el destino para que dos personas se encuentren en un determinado momento y calmen el dolor que no confiesan, la sed que disimulan, el temor con el que sueñan.
De aquello, hacía ya unos años y la noche en que España ganó la Eurocopa yo no me preguntaba nada de eso. Mi apartamento de Madrid estaba un poco descuidado, pero entraba un fresco agradable desde la terraza, junto al inevitable ruido de los bocinazos por la victoria y los ecos de "¡soy español, español...!"
Las mejillas de Palo estaban encendidas y en su frente brillaba un tenue reflejo de transpiración mientras, tumbado en la cama con los ojos cerrados, sentía  su lengua recorriendo mi pecho y dirigiéndose hacia abajo. Tenía hambre de ella, hambre de su fuego, de su tormenta de sexo. Abrí los ojos, me incorporé y abrazando a Palo la di la vuelta y me tumbé encima de ella. Al entrar dentro de ella, sentí su humedad como una puerta por la que se colaban todos mis sentidos, donde no cabía la negrura de ningún recuerdo. La besé, y luego mordisqueé los lóbulos de sus orejas mientras mi pelvis se convertía en una ola.
- Cielo, cielo.
- Háblame, JM, por favor, no te calles, estoy contigo, vida, oh, vida.

Esta mañana, cuando conducía desde Madrid por la A-30 camino de La Manga, escuchaba las noticias sobre el experimento realizado por científicos del  CERN que parecía confirmar la existencia del bosón de Higgs, conocido como la partícula de Dios. Dicen que el bosón de Higss es la última partícula de la materia, lo que hace que un átomo pese, lo que permite que existan los planetas, las estrellas, los seres humanos. Quizás los sueños, los recuerdos, la memoria de lo que amamos, estén hechos también de la "partícula de Dios". Y nada desaparece para siempre. Todo, de una u otra forma, acaba regresando.



miércoles, 20 de junio de 2012

domingo, 10 de junio de 2012

LA MARIPOSA NEGRA: SIGHT (y 2)


Lo que Sight despertaba en mí no era un mero impulso sexual, ni el comienzo de otra aventura efímera, a menudo desastrosa, como tantas después de Rachel. Estos sentimientos cargaban sobre mí con la locura ciega e imparable de una fuerza desatada de la naturaleza, como una tiniebla que me quemaba con un oscuro deseo. 
-    Lo que más me gusta de tu blog son los poemas ─continuó Sight─. ¡Qué versos tan enigmáticos los de "Mujer delante de un cuadro de Turner"!
-    ¡Atiza –irrumpió Mónica, que llevaba demasiados minutos callada–, si le ha salido una admiradora a malaspulgas!
-    ¡A mí también me gustan! –voceó Rima.
-    ¡Oh, por favor, no me lo puedo creer! –farfulló Mónica, escandalizada–. Si esa cucaracha no sabe ni leer.
-     No sé qué decir –balbuceé azorado–, yo…
-    Esto es de un empalagoso insufrible –remachó Mónica entre dientes–. ¡Qué alguien le dé un pañuelo aquí al figura, antes de que se le caiga la baba! ¡Hombres…!
-    Además –prosiguió Sight–, comparto tu atracción por el significado hermético de los espejos, los círculos, el caos… ¿Por qué esa obstinación con el caos?
-    Oh. Verás, yo no considero el caos como azar, como anarquía. Siempre hay un orden y una periodicidad escondida. El caos regula la naturaleza, el clima, el corazón y el cerebro…
-    Entonces está integrado en la misma existencia…
-    Así es. Dentro de la engañosa incertidumbre, hay fases, ciclos idénticos que se reproducen una y otra vez a lo largo del tiempo o del espacio.
-    Como vidas que vuelven a repetirse después de muchas vidas…
-    Eso es imposible: sólo se vive una vez…–dije, en un tono vago, desprovisto de convicción–, pero vale como ejemplo.
Sight asintió, desistiendo de profundizar en el tópico.
-    Tus textos son en ocasiones demasiado crípticos –objetó con un rumor casi inaudible mientras plantaba su rostro a escasos centímetros del mío–. Aquello que escribiste en "Coloquios entre fantasmas" no puede entenderlo nadie más que tú…y yo creo que ni siquiera tú –dijo riendo, a la vez que se retiraba–. ¡Estoy de guasa, no te ofendas!
No estaba ofendido, su especulación no carecía de fundamento. En cualquier caso, prefería enmudecer entre las capas de su aliento y soñar con el roce de su pelo, con ahogarme en sus labios pintados de un débil púrpura, con el sabor de su piel.
-    Pero hay algo que late en tus palabras –se había acercado hasta tocar mi sien con su boca y su voz sonaba más ronca y nerviosa–: un mensaje. Un llamamiento oscuro para quien sea capaz de interpretarlo.
-    ¿Y tú…? –comencé a articular.
-    ¡Eh, pareja! – protestó  Mónica–. Este juego que os lleváis de filosofías y secretitos es demasiado para mí, creo que va siendo hora de largarme. Veo que aquí hay feeling.
-    Lo siento Mónica, creo que ha sido una grosería imperdonable por mi parte –admitió Sight con turbación, separándose con brusquedad de mi lado –. Me temo que el doctor y yo nos hemos enredado con estos temas tan… metafísicos  –matizó, alzando las manos–  y ha volado el tiempo. Yo no tengo prisa, pero es tarde y supongo que tendréis ganas de descansar.
-     No, no, para nada. No quiero interrumpir el buen rollo que estáis teniendo –contestó Mónica en tono abatido y solícito–. Me voy sola. Estoy cansada y mañana curro.
-    ¿Cansada tú? –dije encubriendo la vergüenza que sentía por haberla relegado de la conversación–. Anda, deja que te acompañe hasta tu coche. O mejor, con las copas que llevamos encima, nos vamos directos a casa en taxi, mañana recogeremos los coches.
-    Gracias, JM, de verdad que no hace falta. Por mí, puedes estar un rato más. Lo de dejar el coche en la ciudad es buena idea, pediré un taxi abajo.
-    Haremos algo mejor –indicó Sight–. Estamos a punto de cerrar el local, así que le diré a Sergei que te lleve en mi coche.
-    ¡Pero, Sight, no te molestes! –rehusó Mónica– No hagas conducir ahora a Sergei.
-    No es molestia. Sergei te llevará encantado –insistió Sight, terminante–. Para mí ha sido una gran alegría recibir tu visita y que me presentaras a tu amigo.
Sight se distanció para utilizar el teléfono sobre la mesa de su despacho y por un momento sentí que era devuelto a la grisura de la vida cotidiana.
 Mónica se adelantó  hacia mí y enderezó el cuello de mi camisa mientras me miraba a los ojos.
-    Me sabe mal dejar que te vayas sin mí–musité, confuso–. No sé  por qué me he comportado de este modo, esa mujer hace que me aísle de lo que me rodea cuando estamos hablando. Puede que sean los vodkas, ya no estoy acostumbrado a…
-    ¡O un flechazo a primera Vista! –dijo, Mónica esbozando un pícaro mohín.
-    ¡No te rías de mí! –repliqué, cubriendo sus manos con las mías–. Tú sabes que nunca dejo de pensar en Rachel…, pero me siento aturdido. Esto  es algo diferente, algo que nace de mis raíces…, ni siquiera sé cómo describirlo.
-    Lo sé, cariño, lo sé –concedió  Mónica, hablándome como lo haría una madre o una hermana mayor–. No tienes que justificarte. Para ser sincera, intuyo que Sight es la horma de tu zapato… Y creo que ella ha sentido lo mismo que tú. Yo sólo quiero que estés bien, que seas feliz. Si hay algo que me alarma, es que  me da a la nariz que ella está metida en un mundo muy distinto al tuyo. Me refiero, al mundo real, a su día a día, no a esas nubes que parecéis compartir.  Relaciones  que pueden ser hasta peligrosas para una persona común… ¡No, no digas, nada!  Lo sé: tú tampoco eres una persona corriente. Por eso, quizás sea el destino lo que os ha unido.
-    El destino que se llama Mónica.
-    ¡Ah, no, cielo, no creas eso!… Hubiera ocurrido de todas maneras.
-    Hay cosas que no me has dicho.
-    No, en serio. Tu problema es que eres demasiado confiado con las personas;  yo le doy más vueltas a la cabeza. Sólo hay un detalle en el que no te he hecho hincapié –reveló, bajando aún más la voz–: no es que Sight mostrase un vago deseo en conocerte, es que me lo pidió expresamente. Imaginé que después de hablarle de ti y de acceder a tu dichoso blog, sintió curiosidad, aunque no estoy segura de que sea tan simple. De hecho, atando cabos, ¿te acuerdas de cuando te ligaste a la rumana en el Brutus?
-    ¡Desde luego! Casi diría que fue al revés…
-    Exacto. Y después…
-    ¡Perdona la espera, Mónica! –interrumpió Sight, de vuelta–. El club ha cerrado y Sergei no localizaba a Manolo, el encargado del parking, pero ya tiene el coche en la entrada.
Mónica se despidió de Sight con un par de besos en la cara y se encaminó hacia la puerta, que se desbloqueó con un clic. Al deslizarse junto a mí, acercó sus labios a mi mejilla y susurró: “¡Llámame y me cuentas!” A Rima, la ignoró por completo.
Transcurrieron unos segundos en silencio. A través del ventanal alargado, divisaba a Mónica descendiendo por el tramo final de la escalera.
-    Rima, ¿qué vas a hacer tú? –inquirió Sight.
-    Me quedo  en casa de Drak –repuso la rumana, poniéndose en pie–.Voy a buscarla.
-    No tendrás que hacerlo: viene hacia acá.
En ese justo instante, advertí  que dos mujeres subían con rapidez y agilidad: la mujer del fuego y la danzarina tatuada, vestidas de calle.
Sight activó el mecanismo que abría la puerta.
-    ¿Se puede?
-    ¡Adelante! – contestó Sight.
-    Nos íbamos a marchar y… – comenzó a decir la artista que dominaba el elemento del fuego.
-    Drak, había pensado ir a dormir a tu casa, ¿te importa? –se adelantó a preguntar Rima, enfrascada en sus particulares asuntos.
-    No, vale, no hay pega, Rima – accedió la mujer de raza asiática, que hablaba también un fluido español–. Pero –prosiguió dirigiéndose a Sight–, hemos visto que Sergei se llevaba a la guía, a Mónica, en tu coche, jefa.  ¿Te acompañamos nosotras?
-    No es necesario. Me voy dando un paseo, no tardo nada.
-    Pero, jefa…
-    Yo puedo ir contigo Sight, si quieres –propuse.
-    Ah, perfecto, gracias… Disculpa, JM, creo que no os conocéis. Drak, Gianna, el doctor Sangrás, un buen amigo de Mónica.
-    Es un placer, doctor –dijo Drak con una sonrisa.
Gianna permaneció callada, estudiándome con hostilidad. Ignoraba la causa, pero era obvio que no le caía bien.
-    Hay noticias… –dijo de pronto Gianna, mientras jugueteaba con las piezas de jade de un tablero de ajedrez– de que La Oscura anda por ahí. Tengo ganas de encontrármela y darle una lección de una vez por todas.
-    ¡Gianna, deja las piezas del ajedrez en su sitio! –ordenó Sight–.  Y atiende bien a lo que te digo: no te pongas en el camino de Mavra, o tendrás que lamentarlo.
-    Me subestimas, como de costumbre, Sight. No eres la única que tiene…
-    ¡Basta, ni una palabra más! –la cortó Sight.
-    No tienes ni idea de lo que hablas, Gianna –medió Rima, en tono conciliador–. Tú no conoces a la jefa como nosotras.
-    ¡Naturalmente! Yo soy la nueva, ¿no? –dijo con mordacidad–. Vosotras tampoco sabéis de lo que soy capaz –añadió, amenazadora–. En fin, me voy. Ciao.
El semblante de Sight denotaba la tensión que soportaba por dominarse. Articuló un sonido de disgusto y me observó indecisa.
-    Te pido mis excusas, JM, por esta inoportuna… discusión de trabajo.
-    Olvídalo, Sight –me apresuré a decir–. En todas partes hay estos conflictos.
Tuve la certeza de que no me escuchaba, de que su mente se había trasladado, muro a muro,  fuera de la habitación, como el fantasma de una bestia enfurecida y a la caza.
Resonó un estrépito y todos nos arrimamos al ventanal.
-    ¡Es Gianna! – gritó  Drak–. ¡Ha resbalado en los últimos escalones!
-    ¡Voy a ver! –exclamé, lanzándome hacia la salida.
-    No. Déjalo –dijo Sight con tranquilidad–. Mira: no ha pasado nada.
En efecto, Gianna se había levantado y tras estirarse su estrecho vestido se alejaba corriendo.
-    Le está bien empleado por comportarse de malos modos y bajar alterada –sentenció Sight.
-    ¡Bailarina patosa! – apostilló Rima.
-    Jefa –dijo Drak, reclamando la atención de Sight y haciendo a la par una seña a la rumana–. Rima y yo nos vamos, si no quieres nada…
Sight negó con la cabeza.
-    Hasta mañana, Drak
-    Hasta mañana –repuso Drak–. Adiós, doctor.
Rima cuchicheó algo al oído de  Sight y ambas rieron con complicidad. Drak hizo un ademán tocándose el reloj de la muñeca y Rima se despidió de mí con un guiño y un beso fugaz.
Sight y yo estábamos solos. Las palabras ya no tenían valor y las miradas descifraban los signos de un reconocimiento hermético que amanecía entre ambos.
-    Bueno, pues podemos irnos también nosotros, si te parece –se aventuró finalmente a plantear Sight.
-    Cuando quieras –accedí, volviendo a la normalidad–. ¿Tienes que recoger algo?
-    No…, bueno, voy a llevarme a casa estos  libros que me han enviado, aquí es imposible leerlos–dijo, colgándose un bolso y apilando tres volúmenes esparcidos sobre la mesa.
-    Déjame que te ayude –me ofrecí, cogiendo los ejemplares. En la portada del que estaba encima se leía "Gnosis", de Boris Mouravieff.
-    Gracias. Vamos a salir por esa puerta –murmuró, apuntando a las cortinas con unas llaves en la mano–. Tiene comunicación directa con el exterior.
-    ¿No tienes que cerrar el local?
-    No. Se ocupan los vigilantes…  Es que en los pisos de arriba se queda siempre personal trabajando toda la noche.
-    ¿Por el Dukh? –proferí, incrédulo.
-    No, claro que no. Son oficinas y un centro de coordinación permanente con nuestros…, con nuestras empresas en otras partes del planeta. Hoy día hay que estar siempre alerta en los negocios.
-    Me hago cargo –convine, aprobando su argumento con cansancio-. Te sigo, entonces. Oye, ¿puedo hacerte una pregunta?
-    Por supuesto
-    No me respondas si te parece indiscreta.
-    Tú dirás…–accedió,  deteniéndose para guiar mi mirada hacia los horizontes tártaros de sus ojos.
-    ¿Existe algún motivo por el que necesites ir escoltada?
-    Oye, que no tienes por qué escoltarme –se evadió, con ironía.
-    ¡No lo digo por mí! Yo…, es un…, vamos, que voy contigo con mucho gusto –rectifiqué atropellándome,  a sabiendas de que me había expresado con torpeza.
-    Tranquilo. Lo que sucede es que cuando termino en el Dukh a estas horas y me voy andando a casa, suele acompañarme Sergei. Rima y Drak se inquietan demasiado, pero éste es un barrio seguro, nunca hay sobresaltos.
Un hormigueo en mi columna, me avisaba de que esa norma iba a romperse  esa madrugada.
Bajo su aparente frivolidad, los consejos de Mónica no resultaban desacertados: siempre terminaba por complicarme la vida con las mujeres más extrañas. Pero, si había algo que no sentía de Sight era extrañeza: ella era como el viento condensado de mis sueños, de mi voluntad, de mi sangre.
“Y, mientras tanto –pensé–, quizás lo muerto nos persigue a todas partes”.


martes, 5 de junio de 2012

LA CHICA QUE PARECÍA UN ÁNGEL PERDIDO

NOTA: Esta entrada es original de SHANG YUE, se reproduce en este blog con permiso de la autora y con su indicación de especificar que se ha inspirado en mí (o en el personaje de "JM") para escribirla.
La fotografía está tomada de la red. La música ha sido seleccionada en youtube por Shang Yue.
Desde aquí mi agradecimiento y un beso de los que salen del corazón.

El beat atruena en los bafles y dentro de todos los que, a aquella hora, se congregan en el Brutus.
También en nuestro hombre que después de saludar a los conocidos se arrellana en un lugar privilegiado, al fondo de la barra, para no perder de vista la puerta del local.
Se diría que espera a alguien aunque su intención sea no demostrarlo en absoluto.
En ella el beat vibra diferente, casi ni se distingue del pulso. Ha cogido el metro y se encuentra a tan sólo dos paradas de su destino.
Pasada la media noche y en ese decorado, parece un ángel descolgado de cualquier otra parte.
Reparar en ella es tarea fácil.
En el club el ritmo martillea su cadencia y el hombre apura su trago.
La camarera, amiga de toda la vida, le retira la copa y, con un gesto, le pregunta si le apetece otra.
No, más tarde.
La chica se esfuma y él se queda solo, parece incluso que la clientela ha bajado.
Se fija entonces en la música, no había reparado antes en ella. Y tampoco en la mulata que se acopla a su lado, en la melodía que articulan sus curvas descaradamente.
Quizá debería presentarse.
La tentación del metro sale del subterráneo y las escaleras automáticas la catapultan a dos manzanas del Brutus.
Cuando toma la acera, su falda de tubo se insinúa en la oscuridad, alumbrando una estocada que hiere su sastre hasta donde la pierna pierde su nombre.
En apenas unos minutos doblará la última esquina y el portero le franqueará la entrada.
En el bar, el dj impone su ley y las luces estallan sobre las caras, sobre los icebergs flotando en alcohol, sobre los bultos danzantes.
Y nuestro hombre pide otra copa, se contagia del ambiente y despide a su Ofelia caribeña.
En fin, otro día será.
Toma un trago, y el siguiente le hace bailar, es una evidencia.
Mira hacia la puerta y en aquel instante la divisa.
Ya poco importan sus rodeos, los que mareaban la perdiz sobre salir o no de casa y presentarse allí, a la aventura.
Tampoco son relevantes las montañas de ropa que ella ha ido moldeando en su habitación. Cuando regrese la estarán esperando y su inseguridad infantil habrá desaparecido por completo.
En el instante preciso en que la música sella su recuerdo sobre el tiempo, la cuenta atrás se activa y ambos inician su particular maniobra de aproximación.
Ella surge de la parroquia y él la recibe al cabo de la barra.
Al fin, cara a cara.
Se sonríen, y el miedo ante su primera vez se hace añicos.
El latido retumba en los altavoces.
Temblar en el espacio, asumir el peligro de unos ojos rasgados en el negro lacado de otros. Respirar el candente anhelo del perfume sobre la piel mientras las manos  ascienden por la espalda cortando el aire a cada pulgada.
El ritmo acompasa los pasos de él cerca de los de ella.
Echarse atrás sería un error; quizá por eso él la coge de la mano y le transfiere su anhelo en improvisado morse.
Salgamos de aquí. 
En la calle, desaparecen tras el sonido de sus pasos.
La música retumba tras la puerta del Brutus.
Y en el guión, antes de llegar al punto donde sus bocas seducen el desafío de encontrarse, todavía queda sitio para vampiros trasnochados, remembranzas sobre las arenas de algún desierto y secretos susurrados al oído, bien cerquita la una del otro.
Una mariposa negra revolotea tras ellos…


domingo, 27 de mayo de 2012

GAME OVER


"Selección musical RENFE le ofrece a continuación la banda sonora de la película "Platoon".  Las notas de la pieza compuesta por Barber para orquesta  de cuerdas comenzaron a llegar a través de los auriculares. El vagón estaba vacío, un viaje de Cartagena a Madrid entre semana, algo imprevisto y terrible: la muerte de un buen amigo. Juan había sido duro como roca de acantilado y a la vez tenía un corazón más suave que la arena de las playas mediterráneas donde había nacido. En apariencia, estaba en una misión en el Líbano, con la UNIFIL, pero el caso es que se había descubierto su cuerpo tiroteado en un bosquecillo pegado a un trecho de la "Blue Line", la demarcación establecida por la ONU para separar Líbano de Israel. Siempre consideré a Juan como mi mentor, el que me enseñó todos los trucos, buenos y malos, para sobrevivir en tierras hostiles. Cuando mataron a Rachel me había arrancado literalmente de la zona de fuego cuando, ciego de ira, pretendía acabar yo solo y con una miserable 9 milímetros con una horda de insurgentes talibanes. Poco después, también me arrancó a tiempo y sin contemplaciones del intenso idilio que había comenzado con las botellas cuadradas de Jack Daniel's.
─    Game over, JM - me había dicho, tirando el contenido dorado de la botella por el fregadero-. Esto se ha acabado. Es lo último que querría Rachel, si te viera así le darías asco y no es eso lo que quieres, ¿verdad? Vamos, pórtate como un hombre y guarda su recuerdo con dignidad.

Rachel tenía la costumbre de soltar esa frase, Game over -"Se acabó el Juego"-, cuando yo me enredaba con algún tema que me preocupara y no dejaba de darle vueltas. Juan copió esa expresión de Rachel y también la soltaba de vez en cuando. No me hacía gracia en particular, pero era las dos únicas personas que me la decían.
En esa tarde repatriaban el cadáver de Juan  y al día siguiente serían los funerales en la base militar de Torrejón de Ardoz.
Me quedé dormido con la música hasta que una voz femenina consiguió abrirse paso en mi fugaz sueño.
─    Disculpe. Perdone que le moleste, pero tengo que pasar, mi asiento está a su lado, en la ventanilla.
La mujer tenía unas facciones finas y regulares que no encajaban en ningún perfil típico; sus  ojos eran azules y cálidos y tenía una melena de color castaño claro que alcanzaba la espalda.  La edad era difícil de definir, no tenía arrugas notables  y su expresión era ingenua, pero en su rostro flotaba un aire de madurez.
Me levanté de inmediato para permitirle el paso.
─    No es molestia. Creo que me he quedado dormido.
Era obvio que la mujer sabía que estaba dormido como un leño, qué tontería. Aunque, desde luego, era casualidad que con todo el vagón vacío fuera a ocupar un asiento a mi lado. Estábamos por..., no sé, calculaba que a mitad de camino. ¿En qué estación había subido? Bueno, tampoco es que me importase mucho.
Vestía unos vaqueros y una blusa blanca. Llevaba un bolso pero no veía ningún otro equipaje.
─    ¿Sabe si ponen película?
La sonrisa y una mirada chispeante le daban a la mujer del tren un aspecto de niña traviesa, a punto de cometer alguna travesura.
─    Me temo que ya  la han puesto. No he prestado mucha atención, la verdad. Y luego me he quedado dormido.
─    Qué pena.
─    De todas formas -dije, de forma casi confidencial- me parece que era un rollo. Si quiere un periódico...
─    No, escucharé música.
─    Bueno, si se ha traído su música... No le recomiendo la que ponen aquí, está un poco pasada.
─    No importa, las cosas pasadas son también las cosas de ahora. Las modas van y vienen, ¿no?  Pero el pasado vuelve, vuelve si se le llama. Todo regresa, aunque sea con formas distintas, ¿no?
─    ¿Cómo dice? Perdone, ¿nos conocemos de algo? -pregunté, nervioso de repente.
─    No me haga caso. Si le molesto me puedo cambiar de sitio.
─    No, no es eso, es que. No sé. Es raro.
─    Ande, póngase los auriculares, parece cansado y la música que estaba escuchando, aunque le parezca "pasada" por lo menos le ayudará a desconectarse, ¿no?.
La mujer del tren cogió los auriculares que yo había conectado a la salida de audio de mi asiento y me los colocó con un gesto delicado. La punta de sus dedos rozaron por un segundo mi mejilla y en ese instante creí reconocer un tacto que me llenaba de amor y paz, un tacto que creía perdido ya en la oscuridad del pasado y de la muerte.
─    Game over. Descanse.
Cuando volví a abrir los ojos, estaba de nuevo solo en el vagón. Los altavoces del tren anunciaban "Próxima estación: Madrid-Atocha". Y, simultáneamente, a través de los auriculares me llegaba otra voz que decía: "Selección musical RENFE le ofrece a continuación la banda sonora de la película "Platoon". 





domingo, 20 de mayo de 2012

LA DANZA OSCURA


Despierto muchos días
a punto de caer en un abismo de sedas negras,
pero sobre todo
en una niebla devolviendo  el temor
de las madrugadas que llegan
solas
mientras el amor dice adiós
desde las alas mutiladas
de los sueños.

En los ritos profundos
que se nutren
de los besos segados,
todas las noches de galerna
se repiten hasta el infinito
como un círculo de heridas desmontadas.

Qué largo es el camino
para recordarte.
Me miran siluetas de cera
mientras toco tu ausencia,
mientras toco la oscuridad de tu nada inmóvil
y gimo hasta el éxtasis.

Los cuerpos de antes
no fueron más que una escala de pasadizos inseguros.
Nada puede regresar
con el mismo placer
que sentía al hundirme
en tu piel de aguas perfectas.
Hoy
y otra vez mañana
y mañana
sin ti.
Y en lo mas lejano,
danza
el peso de los latidos sin despertar.