lunes, 14 de enero de 2013

ESPEJOS EN LA NOCHE

-    Número 19, pase a ventanilla 3.
No había tenido que esperar demasiado en las ventanillas de reclamación de la Oficina de la Delegación de Hacienda. Los malos tragos, cuanto antes mejor.
-    Buenos días, señorita. Vengo a ver cómo está mi expediente. Aquí tiene el resguardo con la referencia.
La mencionada señorita, era una mujer de unos cuarenta y cinco años, con pelo rubio y corto y facciones agradables. Había coincidido con ella en mis dos anteriores gestiones, y cuando extrajo una carpeta del  archivador sus ojos brillaron con una señal de reconocimiento.
-    Sí, ya parece que con los documentos que aportó en su anterior visita están  justificadas las irregularidades.
-    ¿Entonces es todo? ¿Queda arreglado el asunto?
-    No. Mire, formalmente usted aporta datos que indican que cometió un error en la cumplimentación de los distintos apartados, pero que no hubo ocultaciones en la declaración. De todas formas, la interpretación final y la posible sanción si la hubiera depende del inspector.
“Me he caído con todo el equipo –pensé para mis adentros– La verdad es que no he tenido intención de defraudar, sólo me equivocado en la forma. Pero con la mala suerte que tengo yo con estas cosas…”.
La administrativa de la ventanilla número 3 captó las sombras de preocupación que se pasearon por mi semblante.
-    No se apure. En principio, todo está aclarado. Ahora mismo puede usted ver al inspector, en este caso inspectora, Doña Rosa, y queda solucionado el expediente. Siéntese, voy a llamar por teléfono y le hago una seña cuando pueda pasar. Es la segunda puerta a la derecha por ese pasillo.
-    Gracias, señorita.
-    Y no se preocupe. Doña Rosa es muy buena persona.
-    Gracias, otra vez. Es usted muy amable.
-    De nada.
No había llegado ni siquiera a sentarme, cuando me percaté de que la señorita de la ventanilla número 3 me indicaba con la mano que podía ir al despacho de la inspectora.


Toc, toc, toc.
-    ¿Se puede?
-    Adelante.
-    Buenos días.
Una mujer se hallaba de espaldas a la entrada. En apariencia, escudriñando algo que sucedía en la calle a través de la ventana. Vestía un traje de chaqueta gris perla con pantalones estrechos. Contemplé su melena oscura que caía un poco por debajo de los hombros. Era esbelta y se diría que estaba en buena forma física.
-    Buenos días –repetí–. Me han indicado en la ventanilla que pase a este despacho a formalizar un expediente.
-    Eso será si se puede, JM; es decir, si está correcto –dijo la inspectora de Hacienda, dándose la vuelta y encarándome.
-    ¡Joder! ¡Rosi!
-    ¡Eh! Aquí nada de palabrotas. Y para ti soy Doña Rosa –añadió sentándose detrás de la mesa del despacho.
-    Claro, Rosi. Perdón, digo, Doña Rosa, Doña Rosa. Es que así, de pronto. ¿Puedo sentarme?
-    No.
-    ¿Cómo has adivinado que era yo antes de mirarme a la cara? Que yo era, JM. No conocías mis apellidos.
-    Al pasarme tu expediente, venía una fotocopia del DNI. Me ha bastado ver la fotografía de la fotocopia para reconocerte. Ya te dije que era muy observadora.
-    Sí, ya recuerdo.
-    ¿Y recuerdas también que después de acostarte conmigo me dijiste que me llamarías muy pronto? Aunque quizás sea un poco impaciente. Total, sólo ha pasado un mes. Y recuerda también que yo no te comenté nada, que no te exigí nada. Fuiste tú quien me pidió el número de teléfono y me prometiste con voz melosa que me llamarías. Quisiste quedar bien y lo que hiciste fue quedar como un cerdo –concluyó Rosa, contundente, mientras las paredes de la habitación empezaban a dar vueltas a mi alrededor.


Aquella noche de jueves en El Kraken no faltaba público. Mucha gente de cualquier edad se pasaba a tomar una copa después de cenar fuera, aunque al día siguiente tuvieran que trabajar. Cuando llegaba el fin de semana, los locales de copas se ponían hasta los topes.
Pero el principal factor que contribuía a la concurrencia de clientes en esa noche de entre semana se debía al  espectáculo de música en vivo gracias al grupo "Oye Como Va". Eran cinco, cuatro hombres con pinta de viejos rockeros y una chica, jovencilla, pero de opulentos pechos. Con todo, interpretaban unas decentes recopilaciones de pasados éxitos, en especial de Santana y de conjuntos de habla española.
En El Kraken había pocos asientos, así que estábamos todos de pie, apiñados, viendo la actuación. Aprovechando que los camareros me conocían, me colé por dentro de la barra para situarme en primera fila. Me fijé en el tipo de color que tocaba con soltura y ganas la batería, pero enseguida desvié la mirada. Había algo que mi instinto detectaba como más prioritario: una morena de unos treinta y tantos largos, flexible, algo delgada para mi gusto, pero con una sensualidad primaria, natural, capaz de remover en el acto mariposas en mi estómago. Llevaba encima unos simples vaqueros desgastados y una camisa blanca suelta por fuera. Fijé mis ojos buscando su mirada y ella, al advertirlo, dudó un instante y me dio la espalda. Me encantó su silueta bañada por las luces amarillentas y violetas de El Kraken, la ondulación de su cabellera oscura, el sesgo sinuoso que vertía el movimiento de sus caderas. Dándome otra oportunidad, me acerqué hasta colocarme detrás de ella. Sin dejar de bailar, la mujer cuya silueta me trasladaba al recuerdo de otra figura, se dio la vuelta. Esta vez me sostuvo la mirada un buen rato.                                                                                                   Y sonrió.
Seguimos con ese tira y afloja durante unos minutos, hasta que apareció otra chica que debía de ser amiga suya y la arrastró hasta la barra. Para mi consuelo, regresaron sin tardanza con sendas copas. Volvimos a reemprender el ritual que habíamos iniciado: el lenguaje velado de los deseos.
Estaba claro que yo le gustaba.
Y ella a mí también.
-    ¿Cómo te llamas? –pregunté, sin dejar de bailar.
-    Rosa. ¿Y tú? –replicó ella, acercándose a mi oído.
-    JM
-    Te voy a presentar a mi amiga, Aurora.
-    Como quieras.
-    Aurora –dijo, dándole un toquecito a su amiga que estaba trotando a su aire– .  Este es JM.
-    Pareces una marca de tabaco, tío, ja, ja –soltó la tal Aurora, ocurrente.
-    Perdona a Aurora –intervino Rosa– es que siempre está de broma.
-    No importa –dije ignorando a la amiga y colocándome más cerca de Rosa–. A mí me gusta mucho tu nombre. Voy a llamarte Rosi. Porque eres como una pequeña flor de porcelana.
-    Está claro que la poesía no es lo tuyo. Y como me llames Rosi te mato –replicó ella con fingida seriedad–.  Además, de pequeña tengo poco.
-    A ver, vamos a comprobar hasta dónde me llegas.
La tomé con delicadeza de la cintura y la atraje hacia mí. Era alta. Me hubiera bastado una ligera inclinación de la cabeza para rozar sus labios. La tentación pasó por mi cabeza. Sus labios se me antojaron pétalos frescos, gruesos, húmedos, llamándome con el ímpetu irresistible de un remolino en el vacío.
Pero sabía que era un error.                                       A esa clase de mujer tenía que convencerla antes con mis gestos y mis palabras. Utilizar la sutileza.
Hasta que su instinto me admitiese.
O no.
Me separé de nuevo, pero la mantuve cogida de una mano.
Continuamos moviéndonos despacio con la música, inmersos en una danza que yo sentía como un ritual de magia y erotismo. Los de "Oye Como Va" arrancaron con unos acordes inarmónicos para imponerse al alboroto del local. De inmediato, sonaron unas notas imitando la canción “Oye mi amor”, del conjunto mexicano Maná y toda la peña se puso a saltar como locos. 

 "No sabes cómo te deseo,
   no sabes cómo te he soñado"

La mirada de Rosa cambió. Las luces de la sala dejaron de reflejarse en sus pupilas y en su lugar brotaron  pequeñas llamas ardiendo en el horizonte  de sus ojos verdosos.
“Ya está –me dije–. Ya se ha decidido.”
-    Rosa, es tarde. Yo mañana trabajo –chilló la amiga, interponiéndose entre los dos.
-    Yo también trabajo. Vamos.
-    ¿No te puedes quedar un ratito más? –intervine.
-    Claro que puede –se adelantó a decir la amiga–. Eso de que trabaja es un cuento. Es una famosa atracadora de bancos. Acaba de salir de la cárcel. Por eso está medio loca –añadió llevándose un dedo a la cabeza–. O sea, tío, que se puede quedar contigo.
-    Aurora, no seas payasa; ¿qué van a pensar de mí? Y me voy contigo. Hemos venido juntas y nos vamos juntas –protestó Rosa.
-    Que no, cariño. Que no me pasa nada. Quédate. Lo estás pasando bien. Y para un día que sales.
Al final, fue a resultar que no me caía tan mal la amiga de Rosa como había creído en un principio.
Rosa y yo nos quedamos en El Kraken hasta que cerraron. Nuestra conversación se dirigió sobre todo a comentar  las cosas que más nos gustaban y las que no nos gustaban. Hablamos de música, de viajes; sin dejar de darnos señas –sin palabras– de que deseábamos estar juntos.

Muy juntos.
Terminamos en su apartamento entrada la madrugada.
El amanecer nos sorprendió aún abrazados. Mi piel estaba impregnada de su olor, de su perfume.
Sus labios me habían traído no solo placer sino sobre todo paz, como si hubiera hallado el sitio más puro donde se apaciguaba cualquier destello de recuerdos dolorosos.
-    Tengo que marcharme, Rosi –dije acariciando su mejilla, mientras entraba ya la luz del sol.
-    Sí, lo comprendo. Yo tengo que irme a trabajar también dentro de nada.
-    ¿En qué trabajas?
-    Oh, no te gustaría saberlo, es un trabajo muy aburrido.
-    ¿En una oficina?
-    Sí. Oye, JM.
-    ¿Qué?
-    Quiero que sepas. A lo mejor no te importa, pero quiero que sepas que…
-    ¿Qué quieres que sepa, cielo?
-    Que, en fin, yo no salgo mucho por la noche y menos meto a un tío en mi casa de buenas a primeras. Tú ya me entiendes.
-    Tranquila, te entiendo.
-    Y, vaya, será que estoy un poco loca, como dice Aurora, pero sabía que iba a sentir algo especial. Y… Y…
-    Shsss –susurré colocando con ternura el dedo en sus labios–.Yo también he sentido algo muy especial.
-    Ya está dicho. Ahora, puedes ducharte si quieres antes de marcharte.
-    Me temo que tengo que irme ya. Me ducharé en mi casa. Tengo que pasar a recoger unos papeles y a cambiarme antes de ir al trabajo.
-    Claro, claro, no te entretengas.
-    Nos vemos –me despedí, con un rápido beso en los labios.
-    Sí. Nos vemos –repuso ella en un tono que intentaba ocultar tristeza.
-    Escucha, Rosi –dije de repente–. Vamos a hacer una cosa.
-    ¿Qué? ¿Qué has pensado? –preguntó con un resplandor inundando sus ojos.
-    Me das tu número de teléfono y te llamo luego o como mucho mañana.
-    Ah, vale. Está bien. Es el 6…

El despacho de Rosa era formal pero con varios toques personales. Una foto con una mujer mayor; su madre, con toda probabilidad. Una góndola en cristal de Murano…  Un portalápices plateado, un tarjetero con un buen fajo de tarjetas y… un posavasos de El Kraken.
-    Con sinceridad –acerté a decir–, pensé que no debíamos volver a vernos. Seguir quedando no nos hubiera traído más que disgustos.
-    Pero ni siquiera me diste la oportunidad de considerarlo, de preguntarme. Los problemas pueden hablarse e intentar solucionarlos -objetó Rosa.
-    No es tu culpa. El problema es mío.
-    ¿Y qué? ¿Te parece una disculpa? Es una excusa muy oída ya: “no es por ti, es por mí” –dijo en tono burlón–. ¿Sabes lo que hice cuando vi que no me llamabas?
-    No sé…
-    Me fui un jueves como una idiota a El Kraken. Trataba de convencerme a mi misma de que quizás habías perdido el teléfono por cualquier razón y que tampoco recordabas la dirección de mi casa. Me dije, como una colegiala enamorada, que tal vez habías dejado algún mensaje en el bar; se notaba que conocías a los camareros. Así que me acerqué a la barra y me encontré con la camarera que nos había atendido a mi amiga y a mí la otra vez. Una chica con el pelo rizado y teñido de rubio, con la nariz un poco curvada y un generoso escote. Dijo que te conocía desde hacía un par de años.
-    Es Vicky. Buena chica.
-    Sí, simpatiquísima y muy agradable. Lástima que con el ruido de la música y los clientes que tenía que atender no pudimos hablar mucho, pero fue suficiente para enterarme de lo que quería.
-    ¿A qué te refieres?
-    De entrada, a que no me habías dejado ningún mensaje.  Y luego, averigüé la razón de tu comportamiento.
-    ¿Qué te contó Vicky? –inquirí con tensión, al tiempo que, haciendo caso omiso a la deliberada falta de cortesía de Rosa, me senté de golpe en una silla.
-    Me dijo que antes eras un tipo normal, cariñoso, con buen fondo. Pero que después, es decir, ahora, estás muchas veces como ausente y amargado.
-    ¿Después de qué? ¿Te dijo algo?
-    Dímelo tú.
-    ¿Qué te dijo Vicky? –reiteré.
-    No juguemos al gato y al ratón. Ya te he contado que había mucho ruido y que Vicky iba de un lado para otro. Pero entendí que te habías vuelto otra persona cuando una tal Rachel te dejó. Eso fue lo que me dijo: cuando Rachel se fue o se marchó. ¿Es verdad?
-    Es verdad –asentí.
 Por supuesto que era verdad. Lo que Rosa no había entendido –o la camarera no había querido especificar– es que Rachel no sólo se había ido de mi lado, se había marchado de todos los lados, de todas las cosas de este mundo. Y yo me sentía responsable de ello.
-    Mira, JM –prosiguió Rosa–. Cada uno es libre de elegir su vida y sus compañías. Los dos somos mayores y yo no me arrepiento de haberme acostado contigo; nadie me obligó a hacerlo. Es más, puedo incluso comprender que te sientas amargado porque te dejó plantado una novia, o lo que fuera, y te dediques a buscar planes para desahogarte. Allá cada cual. Pero no tenías necesidad ninguna de hacerme un daño gratuito al decirme que sentías algo especial por mí y que ibas a llamarme. Y luego, desaparecer sin un adiós. ¿Pero qué te has creído? ¿Que soy una fulana?
-    Por favor, Rosi, no digas esas cosas.
-    Tú sí que eres un cabrón –dijo con lágrimas en los ojos–. Nunca me habían hecho algo así.
-    Cálmate. Estás muy alterada.
Rosa extrajo un paquete de kleenex de un cajón, secó sus lágrimas y se sonó la nariz.
-    Ya estoy serena –dijo con seriedad–.Ahora vamos a repasar tu expediente. 


Durante varios minutos un silencio gélido se apoderó del despacho. Rosa no apartaba la mirada de la pantalla del ordenador, excepto para echar una ojeada a mi expediente y tomar alguna nota a mano. Sin darse una pausa, me dio la impresión de que abría otro documento y se puso a escribir en el teclado mientras consultaba sus notas. Por fin, presionó una tecla y la impresora expulsó un papel. Lo examinó por encima, lo firmó y lo metió en un sobre.
-    Tu expediente está ya resuelto. Y aquí tienes un papel para ti. –dijo entregándome el sobre.
-    Gracias, pero, ¿puedo saber cuál ha sido tú decisión?
Rosa se repantingó en el sillón, estiró los brazos y despejó su frente de varios rizos de cabello oscuro.
Estaba seguro de que me iba a crucificar con la mayor sanción económica que la ley le permitiera imponerme. Estaba saboreando la venganza, fría y en bandeja de plata. Pero a pesar de todo, me seguía sintiendo atraído por ella. Su mirada noble, inteligente y tierna. Sus labios como fresas maduras y húmedas. Y ese aire de involuntaria sensualidad. ..
No podía afirmar que Rosa era semejante en su aspecto físico a Rachel. Ni siquiera sus caracteres eran superponibles: Rachel me había parecido en ocasiones un libro que encerraba pasajes enigmáticos y oscuros. Por desgracia, no hubo tiempo para que llegara a recorrer esas páginas.
Sin embargo, la forma en que Rosa me miraba, su tacto, determinadas sensaciones que me resultaban imposibles de concretar, me recordaban mucho a Rachel.
Esa era la razón de que no hubiera cogido el teléfono para llamarla.
Tenía miedo.
Miedo de llegar creer que estaba enamorado de Rosa cuando, en realidad,  podría llegar a encarnar en ella el espejismo de una mujer muerta.

-    Está bien –arrancó Rosa, formal–. Te lo voy a explicar: figuran cantidades incorrectamente asignadas a la casilla 002 en lugar de la 008, con lo que se incrementa una deducción ficticia. De forma similar la casilla 014 y la 004. Todo ello, conforme al artículo 18, en varios apartados, de la Ley de Impuesto. Puede entenderse un error en la aplicación o, por el contrario, dolo en la asignación.
-    No entiendo nada Rosi, digo, doña Rosa, pero no me está sonando nada bien lo que dices.
-    Calla. Además, tu DNI está caducado.
-    Pero eso no tiene nada que ver con…
-    Calla. Y además tienes unos gustos musicales muy raros.
-    ¿Raro el house y el minimal?
-    Y hablas en sueños.
-    Ah, estás de broma. Qué susto me habías dado.
-    ¿Tú crees que estoy de broma? Para resumir, lo que decido es…
-    Espera, espera. Déjame que sea yo quien te diga ahora una cosa: no soy un canalla; tú querías estar conmigo lo mismo que yo contigo. Y no me puedes poner una cadena por eso o recriminarme que no te mandase un ramo de flores. No es nada romántico lo sé. Pero la vida es dura. Mi vida es dura. De hecho no sé bien qué provecho tiene seguir viviendo. Y, como tú decías, para resumir: me importa un bledo que me multes. Hazlo, aunque sea injusto, si así te sientes mejor. Pero añadiré una cosa más, y termino: la noche en que estuvimos juntos, no sólo te sentí de un modo especial, me sentí enamorado de ti.
-    ¿Y por qué no me contaste eso? ¿Es que temías que yo te rechazase o que me burlara?
-    No. No es eso. Me enamoré de ti porque me trajiste sensaciones que me recordaban a otra mujer. Y no quiero vivirlo de esa manera. No todavía.
-    ¿Es aquella mujer que te dejó?
-    Sí.
-    JM, ella se marchó, se fue, y yo estoy aquí.
-    No. No se ha ido. No se ha ido del todo.
-    Creo que comprendo lo que quieres expresar. Las heridas de amor necesitan tiempo para cicatrizar. Tómatelo. Y si llega un momento en que descubras lo solitario que te has vuelto, ven a buscarme. Pero no tardes demasiado, porque quizás ya no me encuentres.
-    Eres maravillosa, Rosi. Como mujer, como persona.
-    No me hagas la pelota. Sigo pensando que tenías que haberme hablado así aquella noche. Nos hubiéramos ahorrado los días de incertidumbre que yo he sufrido y el mal rato que te he hecho pasar ahora yo a ti.
-    No te preocupes por mí. He pasado por cosas peores. Y en cuanto a la multa, qué le vamos a hacer.
-    Abre el sobre.
Obedecí, rasgando el sobre con el membrete oficial de Hacienda.
-    Vete a la última línea. Justo encima de mi firma –indicó Rosa.
-    Veamos, aquí pone... ¿Qué significa esto?
-    Lee en voz alta.
-    "No sabes cómo te deseo,
  no sabes cómo te he soñado"
-    Es de la canción de Maná que cantaba aquel grupo, "Oye Como Va", la noche en que nos conocimos  –dijo Rosa–. La comunicación con la resolución del expediente te la enviaré a tu domicilio fiscal. Esto es sólo un recuerdo; algo personal que quería que te llevaras. Piensa en ello como un juego, como el final de este juego, si lo prefieres de esa manera.
-    No. No quiero pensar en esas palabras como en parte de un juego. Rosi, acércate, por favor, quiero decirte algo al oído.
-    Aquí no nos escucha nadie. Estamos solos.
-    Quizás.
-    ¿Cómo que quizás? ¿Tú ves a alguien más en la habitación?
Estuve tentado de responder con franqueza a su pregunta, pero no lo hice.
-    Anda, hazme el favor.
Rosa se levantó en silencio y se aproximó hasta mi asiento. Me puse de pie y pegué mis labios a un lado de su rostro. En la piel de su cuello flotaba el olor de un perfume de Loewe que aspiré con nerviosismo.
Con un leve temblor, conseguí susurrar algunas palabras en su oído.
-    ¿Esta noche? –me preguntó Rosa en voz alta.
-    Sí. Hoy es jueves, como la otra vez –repuse yo también en voz alta.
-    Puede que mañana te arrepientas.
-    O puede que no.
La notificación de la Delegación de Hacienda sobre mi expediente tardó una semana en llegar por correo certificado. Se me comunicaba que, una vez revisada la declaración, quedaban subsanados los errores y no daba lugar a sanción alguna.
El rancio papel oficial, con la firma de Rosa a pie de página, aún desprendía un tenue aroma a su perfume.




miércoles, 2 de enero de 2013

CRÓNICAS DE LA MARIPOSA NEGRA: EL INFRAMUNDO (y II)




RESUMEN DE LAS ENTRADAS ANTERIORES:
Una noche de tormenta JM sale de su apartamento en la playa para tomar una copa en el Brutus Bar. Allí conoce a  Rima, una extraña rumana que lleva un medallón en forma de mariposa negra. JM acompaña a Rima a su casa y allí sorprenden a un ladrón que, tras una pelea, consigue escapar con un antiguo libro, "El Libro de los Sollozos". Pasa un tiempo mientras JM tiene visiones de una mujer envuelta en un velo que oculta su rostro. Un día recibe la visita de la rumana en su apartamento  y en el mismo momento llega también Mónica, su mejor amiga, dando lugar a una embarazosa situación. Con posterioridad, Mónica y JM se hallan dando un paseo de noche por la ciudad y tienen un encuentro con una mujer que parece tener perturbadas sus facultades mentales y cuyo nombre es Mavra, "La Oscura".  Justamente en ese encuentro surge Rima de las sombras y Mónica y JM se alejan del lugar acompañados de la rumana. Deciden ir a tomar algo a un local llamado el Dukh, donde hay unos espectáculos que se diría sobrenaturales: Drac forma figuras de fuego en el aire y Gianna brota de una crisálida convertida en mujer-mariposa. Más tarde, Sight, la dueña del local, invita a JM y a Mónica a su despacho. De inmediato, JM se enamora de esa misteriosa mujer que está al tanto de muchos detalles de su vida; sin embargo le remuerde sentir el recuerdo de Rachel, la única mujer que había amado hasta entonces , una militar canadiense que resultó muerta en Afganistán. Bien avanzada la madrugada, JM se ofrece para acompañar a Sight a su domicilio, ayudándola a trasportar unos libros.
Al salir del Dukh  sufren un asalto por dos maleantes armados con aspecto de mafiosos pero salen bien librados y Sight muestra un inusual entrenamiento en el combate cuerpo a cuerpo. Llegan a casa de Sight y ésta relata la historia de Rima, cómo la encontró en un lugar de Kirguizistán cuando estaba a punto de ser quemada viva tras ser violada. Sight logró rescatar a Rima y desde entonces sus destinos han estado unidos. JM espera el amanecer en casa de Sight con la confianza de poder averiguar más detalles sobre su vida.


CRÓNICAS DE LAMARIPOSA NEGRA: EL INFRAMUNDO (y II)

-          ¿Trabaja Rima para ti?
-          Es, ante todo, mi amiga, pero me ayuda con el Dukh y otros negocios.
-          ¿Te dedicas a otra cosa además de los locales de ocio?
-          Sí. A comerciar con piedras preciosas.
-          Fantástico. No me lo figuraba… Trabajar con diamantes debe de ser muy excitante.
-          También con esmeraldas y otras gemas, pero la mayoría de las operaciones son con diamantes.
-          Por desgracia, existe también una atmósfera de tragedia que envuelve al tráfico de diamantes.
-          Los diamantes de sangre, sí.
-          Señores de la Guerra –mencioné, recordando la trama de una película– que esclavizan a pueblos enteros en África para extraer las gemas…
-          Con respecto a nuestras empresas, te aseguro que todo es legal y transparente. Además, yo misma cuento con mis propios recursos y no son nada sangrientos. ¿O tú opinas que soy un Señor de la Guerra?
“Un Señor de la Guerra en ese sentido no –me dije–, pero en otros…”
-          En absoluto. ¡Vamos, espero que no! –bromeé, levantando las manos como si me rindiera ante un enemigo.
-          ¡Pues voy a hacerte mi prisionero! –rió Sight siguiéndome la corriente.
“Ya me gustaría a mí” –estuve a punto de soltar.
-          ¿Y tú te ocupas de dirigir el negocio? –pregunté, retomando el tono de seriedad.
-          Formamos una compañía, lo que se denomina Sightholder en el argot de ese mundo. Yo me dedico a acudir a las exposiciones y subastas, llamadas sights     –vistas–, y a representar a la presidenta de la compañía, que nunca sale de sus dominios en Florencia.
-          Es obvio que tu sobrenombre, Sight, La Vista,  deriva del  las funciones que desempeñas en el Sightholder –determiné, sintiéndome aliviado de encontrar una explicación lógica.
-          Pues no –me contradijo, con un tono de picardía–. Ya me llamaban Sight antes de meterte de lleno en el mercado de los diamantes.
“¡Me lo temía!“
Sentado en su casa, apunto de rayar la aurora, me hallaba rozando a la que para mí era una criatura angelical, rebosante de empatía y bondad, pero al mismo tiempo, una mujer enigmática y seductora como una bella hechicera o una deidad clásica.
Sight no se comportaba conmigo como con un desconocido al que se agradece haberte echado una mano en una circunstancia apurada. Muy lejos de ello, se diría que compartíamos un vasto y remoto pasado y que se veía obligada a no esconderme ningún secreto.
Pero si creía que iba a preguntarle de dónde venía su apodo, se equivocaba. ¡Por ahora, no deseaba tener la menor idea!
Sorprendida por mi mutismo, Sight prosiguió, encogiéndose de hombros.
-          Puedes llamarme también Tatiana, que es mi verdadero nombre, aunque ninguno de mis amigos me llama así –dijo tamborileando fugazmente con sus dedos sobre mi rodilla.
-          No, está bien. Sight suena como muy… exótico.
“¿Exótico? ¡Pero qué estupidez!”
 Me estaba poniendo otra vez nervioso…
Arranqué de nuevo, centrándome en lo cotidiano.
-          Tendrás que viajar a menudo con esos negocios de las gemas…
-          Qué remedio. Nuestra sede está en Londres, tenemos centros en Nueva York, en Israel… pero el más activo en términos financieros es el de Amberes… ¡me encanta esa ciudad!
-          A mí también. Y Gante y Brujas…
-          ¿Conoces Brujas? ¡Es de ensueño! Siempre que voy a Amberes hago una escapada para visitarla.
-          Yo voy con frecuencia a Bruselas y cuando puedo arañar un poco de tiempo libre me desplazo hasta Brujas. ¡Oye, quién sabe si hemos estado cerca alguna vez!  De hecho…
-          ¿Has oído ese ruido fuera? –cortó, con un velo de turbación en el semblante.
-          ¿Qué?
Agucé mi atención, pero hasta los insectos y otros pobladores habituales de la noche parecían adormecidos.
-           No oigo ningún ruido extraño. Es más –dictaminé–, no se oye nada. Voy a echar un vistazo de todos modos.
-          ¡No! No te muevas, ya no se escucha. Habrá sido el viento… Me decías…
-           No sé, se me ha ido el santo al cielo… Quizás que ahora comprendo cómo te permites residir en una vivienda semejante y subvencionar excavaciones arqueológicas…, el asunto de las piedras preciosas debe de ser productivo.
-          No son buenos tiempos para la economía, pero no me puedo quejar. Esa clase de transacciones va como la seda.
-          Pues da gracias a que el trabajo es lucrativo y relajado.
-          Hombre, tampoco es eso…
-          No, lo comento porque, dejando aparte el pasado, a Rima y a ti os ocurren demasiados percances. No sé si eso será parte habitual de vuestra vida, pero no es común. Hay demasiados detalles a vuestro alrededor, disculpa que te lo diga, que no son normales.
-           Yo soy un poco fatalista, ¿sabes? –dijo, evasiva– En el sentido de que el destino tal vez sea como el borrador de un argumento con el que nacemos. Luego, tenemos albedrío para desarrollarlo en muchas direcciones, pero existe un modelo que ya está escrito.
“Escrito.”
-          Lo siento, pero mi naturaleza es bastante escéptica.
-          No lo creo. Más bien pienso que ocultas y retienes sensaciones que bullen en tu interior y no aciertas a resolver. Signos que te avisan despierto o en sueños. Lo que el destino tiene para ti escrito.
“Escrito.”
El aroma de su piel, de su pelo, volaba mordiendo espacios que ya no existían, regresando y despertando el umbral lento de una memoria oscura. Deslicé distraídamente mi brazo sobre el respaldo del sofá hacia su cuerpo pero, antes de acariciar su pelo, flaqueó mi decisión y lo retiré casi con brusquedad.
-          No sé si estás persuadida de ello o estás de broma – aventuré, uniendo mis manos entre las rodillas–, pero lo que te voy a decir no lo es, aunque te suene ridículo: ahora mismo,  juraría que ya me has dicho estas palabras en otro lugar, en otro tiempo. Y eso no es posible, no nos habíamos encontrado antes.
-          ¿Estás seguro?
Su voz me devolvió de nuevo a los precipicios donde me arrastraban mis sueños. Abismos  donde yacían insepultas en un conocimiento paralelo las visiones de una forma de amar que se trenzaba alrededor de un círculo inagotable de existencias.
-          Tenemos aún mucho de qué hablar. Pero ahora estamos cansados. ¿Qué tal si preparo un poco de té? –propuso Sight.
-          Buena idea –secundé, saliendo de mi ensimismamiento.
Sight  se levantó  y desapareció por una puerta lateral. Era una tontería, pero aquel insignificante alejamiento hizo que me asaltara un repentino temor a perderla tras el amanecer. Mis músculos clamaban por un preciado reposo en una placentera cama pero, a despecho de la fatiga producida por la inusitada cadena de  acontecimientos, mi corazón anhelaba que la noche no cesase. El despertar de la mañana implicaría mi partida de la casa de Sight, y tal vez las horas compartidas no llegaran a significar nada para ella. Nada fuera del prescindible recuerdo de un conocido más entre las innumerables personas con las que, como conexiones efímeras, se relacionaba a menudo en cualquier lugar del planeta.
Me erguí para desentumecerme, sin reprimir un bostezo, y me puse a dar vueltas por la espaciosa sala. No tenía afán de curiosear, pero tampoco había más que hacer. Por añadidura, los elementos que arropan y decoran una estancia suelen ser indicadores de la personalidad del propietario. La delicada mesa,  con sobre de madera y piel, junto al sofá, estaba arreglada con varias velas cuadradas y una estatuilla femenina de anchas caderas y rasgos indeterminados: una  representación genérica y arcaica de la Diosa Madre.
La figura de piedra me sonreía compasiva y bonachonamente.
“¡Que Rachel me perdone, Diosa Madre, pero me he enamorado de Sight como si la hubiera amado desde la eternidad!”

Me restregué los párpados y seguí con la ronda.
Una chimenea con oscuros paneles de madera lacada presidía un lateral. La pared  estaba  desnuda salvo por un cuadro y un mosaico enmarcado. La pintura era una magnífica reproducción del Silencio de Fuseli: sobre un fondo negruzco y espectral, emergía una mujer sentada en el suelo con las piernas flexionadas y abiertas, los brazos cruzados haciendo descansar las manos sobre los pies;  tenía el torso inclinado y una larga cabellera flotaba ocultando su rostro.
El mosaico estaba compuesto por una mezcla cromática de manchas desvaídas e irreconocibles, aunque hubiera apostado que se trataba de una pieza arqueológica genuina y bien restaurada.
En otro lateral, depositadas en una lujosa vitrina, lucían tres soberbias réplicas de huevos imperiales de Fabergé en plata, oro y lapislázuli. Aunque fueran meras copias, debían de costar una fortuna increíble, en concreto uno que imitaba al más famoso: el Huevo del Invierno Azul, encargado a Fabergé por el zar Nicolás II para su madre.
Los adornos y añadidos eran, cuanto menos, llamativos y algunos, como las imitaciones de los huevos de Fabergé, auténticos tesoros. Sin embargo, esos objetos  resultaban exiguos para abrigar las excepcionales dimensiones del salón. En contraste, abundaban innumerables matrioskas –las famosas muñecas rusas– de todos los tamaños desperdigadas por los rincones más inverosímiles en un aparente desorden.
Pero, sin duda, lo que infundía una calidez más íntima a la cámara era una soberbia biblioteca de maderas nobles en el fondo con los estantes repletos de volúmenes. Los egipcios, desde los mismos tiempos en que comenzaron a erigir pirámides, construyeron también bibliotecas en sus templos, a las que llamaron Casas de la Vida. De igual modo, para mí los libros habían sido siempre la vida, por lo que me dirigí hacia aquellas maravillas en tinta como atraído por un poderoso imán.
No había logrado distinguir si quiera con nitidez  los títulos en los lomos de los libros, cuando tuve la sensación con un escalofrío de que era acechado desde el exterior.
Corrí  hacia una de las grandes y sólidas vidrieras esmeriladas y al escudriñar el jardín me topé con dos ojos, incandescentes como brasas, que precedían a una forma alargada. La densa  franja de arbustos en esa zona del parterre amortiguaba los haces luminosos de los focos hasta sumergirla en la penumbra. Aquello se movía a una condenada velocidad, reptando sobre la yerba y emitiendo una especie de gorgoteo,  pero la escasez de iluminación me impidió determinar a qué correspondía la sombra sinuosa. Con toda probabilidad, sería algún animal refugiado en la espesura, aunque su difuso contorno denotaba un volumen considerable, similar al de una persona.
“Quién sabe –me dije, moviendo los labios sin pronunciar sonidos y riéndome para mis adentros: necesitaba descargar la tensión acumulada–, quizás había descubierto uno de esos espíritus ctónicos a los que se había referido Sight. ¡Un espíritu del inframundo vagando por aquí desde los vecinos restos arqueológicos!“
La calma y en silencio volvieron a anegar el jardín.
-          ¿Has visto algo? –dijo Sight apareciendo a mi costado mientras sostenía una bandeja con tazas de té. Gesticulando con la cara pegada al cristal, no había detectado ningún reflejo.
-          No te he oído acercarte.
-          Lo siento, ¿te he asustado?
-          En absoluto.
-          Estabas haciendo unas muecas muy divertidas. No quería sobresaltarte.
-          Eres más sigilosa que un gato pero ya me había percatado de tu compañía         –declaré con suficiencia.
-          ¿Por mi perfume?
-          No es tu perfume, tu olor está en toda la habitación.
-          ¡Huy! –exclamó, descendiendo los brazos de repente. Las tazas temblaron en la bandeja y no se hicieron añicos contra el suelo de puro milagro.
-          ¿Es que huelo a transpiración? Quizás con la pelea y la carrera a casa… pero…
-          ¡Que no! No seas tonta. Es una fragancia como a violetas, muy natural.
Me miró con los ojos muy abiertos, como una niña consumida de curiosidad.
-          No sé qué decirte, Sight, a veces pasa. Cuando alguien que está por detrás te clava la vista, ya me entiendes. No ha sido porque notase algo especial de ti.
-          Quieres decir que no aprecias nada de particular en mí… –dijo en tono triste.
-          ¡No, por favor, es justo al revés! Me encanta todo en… en ti. Bueno, ¡no me líes! Ha sido como una percepción…
-          Ya.Tienes buenos sentidos, JM! ¿Qué has observado en el jardín?
-          Pensé que podían ser los asaltantes pero debe de tratarse de un animal de buen tamaño.
-          Yo también lo he visto desde la ventana de la cocina. No son los hombres que nos atacaron. Ni un animal. Es Mavra.
-          ¿Mavra La Oscura?
-          En efecto. La pobre desdichada está cada vez peor de su trastorno mental y últimamente ha estado merodeando por aquí. Un día de estos tendré que enfrentarme al problema para ponerle una solución definitiva.
-          ¿Qué quieres decir con solución definitiva?
-          Pues que habrá que encontrar un lugar adecuado para recluirla, donde pueda ser atendida y tratada. De todas maneras, puedes estar tranquilo, aquí no puede entrar.
-          No me extraña, con la puerta acorazada, los cristales de seguridad, las alarmas…
-          No son esas cosas las que detienen a Mavra.










domingo, 23 de diciembre de 2012

FELIZ NAVIDAD


Felices Navidades!!! Os espero en el Brutus Bar con chupitos y polvorones.