domingo, 25 de marzo de 2012

PASEO NOCTURNO


Suelo extraviar
pequeñas sensaciones en la noche
más allá del deseo absoluto de los recuerdos
que giran impasibles en su enfrentamiento
con una voz que vuelve fiel como un acorde interno.

No existe ningún vínculo de gastada
ferocidad entre cuerpos que se mezclan en una frontera gris
y lo que queda son tendencias de reconocimiento, escenas
de manos abasteciendo al aire nocturno de placer,
las huellas hechas islas sobre espejos oscuros,
la visión del vacío, el color de la nada,
su rostro entramado en el rojo profundo,
sus labios rozando lo invisible. 





martes, 20 de marzo de 2012

LA MARIPOSA NEGRA: AROMA SATÁNICO


A medida que nos adentrábamos en las calles del centro, nos acogían las sábanas solemnes de las sombras que prolongaban los primeros restos arqueológicos. La ciudad había sido un emplazamiento colonizado por distintas civilizaciones durante milenios y exhibía numerosas huellas de sus pasos: plataformas con esbeltas columnas romanas, lomos grisáceos y dentados de murallas púnicas, vestigios de un templo aún más antiguo erigido en honor a Moloch, el Devorador…  Algunas ruinas recientemente restauradas gozaban de una privilegiada iluminación, pero en otras zonas el  alumbrado era bastante más exiguo e incluso inexistente. El polvo que flotaba bajo las farolas adquiría el reflejo del hueso pulido y enmarcaba la espesura nocturna en ominosos cedazos. Un silencio anormal nos sepultaba, sin que Mónica pareciera percatarse de ello. Mientras, yo me sumergía en recuerdos que me trasladaban a lecturas de mi adolescencia. Textos arrumbados en el olvido,  propiedad de un distante antepasado, que describían furiosos paisajes y cielos fulgurantes de una ancianidad innombrable, reflejos de una lucha invisible entre seres que transitan de eternidad en eternidad.
 De repente, Mónica me cogió de la mano e hizo que nos detuviéramos  en uno de esos puntos casi sin luz donde era posible observar mejor el firmamento. Un cielo con un fondo enrojecido, como el de mis pensamientos, pero que todavía mostraba a intermitencias  los arañazos de las estrellas fugaces.
-    Cerremos los ojos –sugirió– y pidamos un deseo.
-    ¿En qué quedamos? –repliqué- Pero si te has enfadado antes porque  entorné  los párpados un segundo…
-    Es distinto, tonto Qué falta de  tacto tienes.
-    Está bien, como quieras.
Antes de volver  a abrir los ojos, sabía que otra presencia se había colocado delante de nosotros. Deseé que se tratara de un falso  presentimiento. Pero no lo era: nuestra diabólica acompañante de toda la noche emergió de la densa penumbra.
-    Dame la placa que llevas colgada en el pecho – exclamó sin preámbulo.
No portaba ningún arma, pero me invadió un súbito temor al notar que un gélido vaho me recorría y trataba de profundizar en mis entrañas.
-    Toma esto –añadió la aparición, extendiendo una mano que sujetaba una pequeña bolsa de tela- y métela dentro.
-    Escucha –respondí tranquilo–, si necesitas dinero…
-    Calla y haz lo que te digo.
Mónica era incapaz de soltar una palabra –por increíble que resultara– y se limitaba a presionarme con fuerza la mano.
-    Te pareces –comenzó por fin a decir mi amiga–, te pareces  un montón a…
Nuestra asaltante se agitó, irritada por la trivial injerencia.
-    Tú cierra la boca  –ordenó de nuevo.
Aproveché la circunstancia para liberarme del agarre de Mónica e intentar tomar a la mujer por los hombros con el fin de apaciguarla. Pero ella se movió con inaudita rapidez y se colocó detrás de Mónica inmovilizándola con una presa.
-    Obedece o le rompo el cuello.
De improviso, se oyeron pasos apresurados y otra figura femenina se descolgó de la oscuridad. Alta, larga melena negra, mirada chispeante de cólera, vestida con falda corta, cinturón de hebilla ancha y  ajustada blusa con profundo escote de pico: era Rima.
-    Hija de Satán. Deja libre a la chica –chilló.
Luego, desplazándose con la suavidad de una sombra, se dirigió a mí.
-    Dame esa chapa, JM. Por favor, confía en mí.
Deslicé por encima de la cabeza la pesada cadena de plata con la placa y se la entregué a Rima. La otra mujer liberó  entonces a Mónica y alargó la bolsa.  De repente, con un gesto casi imperceptible, placa y cadena salieron despedidas de la mano de Rima y se estrellaron en el rostro de la desconocida, que emitió un alarido como si la hubieran rociado con aceite hirviendo. Acto seguido, salió proyectada al encajar una patada lateral que Rima le aplicó con una de sus pesadas botas de bordes metálicos. Mientras la mujer permanecía de rodillas y se frotaba la frente, recobré la placa. Rima me abrazó con fuerza, pero, sin más dilación, agarré a Mónica y salí corriendo con las dos sin detenerme a mirar a mis espaldas.
Trotamos a ciegas por un callejón lóbrego hasta abocar a una plaza bien alumbrada y  embellecida  con  setos escalonados y pérgolas envueltas por trepadoras. Un coche de la policía local estaba estacionado en la otra esquina. Sosegamos nuestros pasos y enseguida los agentes advirtieron nuestra presencia, con visibles muestras de curiosidad pero sin ademán de salir del vehículo. Pensé en contarles lo sucedido, pero, ¿qué podría decir?, ¿que una mujer con ojos de diablo y sin armas había intentado atracarnos?
-    Desde luego, salir contigo de noche es tener la fiesta asegurada –dijo Mónica bufando-. Y, encima – agregó–, como somos pocos aparece tu amiguita la rumana. ¿Es que no puedes asomarte a la calle sin que te persiga un club de fans que parece sacado de un manicomio?
-    Pero qué fans ni qué… Yo nunca había visto antes a esa perturbada. Y en cuanto a Rima, ya puedes darle las gracias porque nos ha sacado del atolladero.
-    Vale, pues ¡gracias!
-    De nada –contestó distraídamente Rima, que todavía vigilaba el camino por donde habíamos llegado.
-    El caso –prosiguió Mónica–, es que esa  loca era  clavadita a otra persona que conozco, pero desde luego no se trata de ella. Esta tiene cara de ángel maligno con ojos de pescado muerto y la otra… Pero, vamos, como dos gotas de agua. Cuando se lo cuente no se lo va a creer.
-    ¿Qué os parece si vamos al bar de una amiga mía? –propuso Rima interrumpiendo el monólogo de Mónica–. Allí estaremos bien. El lugar se llama Dukh.
-    Vaya, me has leído el pensamiento –dijo Mónica–. El nombre de tu amiga es Sight, ¿no?, la dueña del Dukh.
-    En efecto. Veo que también la conoces. ¿A ti te apetece, JM?
-    De acuerdo. Con tal de estar tranquilos un rato. Hoy no tengo ya ganas de más sobresaltos.
Pero, muy en contra de mis deseos, en alguna parte debía de estar escrito que no dejarían de faltarme sorpresas el resto de la noche.
Según me dijeron, no estaba lejos el sitio hacia donde nos encaminábamos. Rima se había anudado a mi brazo y sus caderas me rozaban con cada movimiento. Mónica mantenía sujeta la mano del otro lado con firmeza y no cesaba de murmurar improperios.
-    Anda, rico, que para un día que salimos no dejas de organizarla – soltó finalmente en voz alta.
-    Ya me lo has dicho antes –repuse de mal humor–. Pero no sé por qué me tienes que echar a mí la culpa.
-    Fácil: porque siempre te rodeas de las tías más raras.
-    Eso es verdad. No hay más que verme en este momento.
-    Oye, carapalo, lo dirás por la babosa de tu rumana.
-    ¿Qué me ha llamado la gordita esta? –intervino Rima.
-    ¿Yo gordita? Tú sí que estás hecha un escuerzo, se nota que en tu país te alimentabas de brezos. ¿Tú qué opinas, JM?
-    Que tienes una línea perfecta… –declaré conciliador –. Pero, vale ya. Tengamos paz.  O si no, os dejo en…como se llame ese bar y  me marcho ahora mismo.
-    No sé cómo tengo tanta paciencia –insistió Mónica –. El caso, es que no dejo de pensar... ¿Qué hacías tú por ahí a esas horas? –le preguntó a Rima adelantándose un poco.
-    Paseando. Iba de camino al Dukh.
-    Ya... Y otra cosa –esta vez giró su cabeza hacia mí –, por qué tenía tanto interés esa chiflada en tu placa. ¿No es una chapa de aluminio con datos de identificación que se utiliza en el Ejército?
-    Bueno, no exactamente. Esa la tengo guardada, me trae algunos viejos recuerdos que preferiría mantener encerrados en un cajón. Lo que llevo es una lámina que ha pertenecido a mi familia durante generaciones. Está hecha de un metal que desconozco, y ha sido perforada con símbolos cuyo significado también ignoro.
-    Entonces, no entiendo nada.
-    Es probable que viese la cadena asomando fuera de la camisa y pensase que llevaba algún colgante valioso. Lo más seguro es que se tratase de una drogadicta en pleno mono, atracando al primero que se le pusiese por delante con tal de pagarse una dosis.
Rima no comentó nada. Suspiró con hondura y se limitó a estrecharse más contra mi costado.
En el interior de un BMW negro aparcado no muy lejos de nosotros, alguien silenciaba el volumen de un reproductor mientras en la pantalla seguía centelleando la información del archivo de música: “Black Tattoo”, del cantante croata Urban.  Intercambió unas frases breves en ruso con el hombre que estaba sentado a su lado y a continuación presionó un botón de marcación rápida en su teléfono móvil.  Poco después, Nikolai, el lugarteniente del general Titov, respondía a la llamada desde Kirguizistan.
-    ¿Habéis hecho ya la visita a Sight?- preguntó.
-    Todavía no. Pero se ha producido una novedad.
-    ¿De qué se trata?
-    Hemos visto a Mavra, Mavra La Oscura, en la ciudad; siguiendo al tipo que conoció Rima.
-    ¿Mavra? ¿Qué estará buscando allí? Hace tiempo que habíamos perdido su rastro. Su intervención sólo significa problemas. Y todavía más con Sight de por medio.
-    ¿Quieres que nos encarguemos de ella?
-    No. Esa mujer es una bestia del infierno. No tendría ni para empezar con vosotros. Ya nos ocuparemos de ella más adelante si se entromete en nuestros asuntos. Entre tanto, seguid con lo planeado, ¿entendido?
-    Lo que tú ordenes.
La música rock tronó de nuevo dentro del vehículo con otro tema de Urban. Si hubiera podido ver el título en la pantalla del reproductor habría pensado que se ajustaba a la perfección  a los acontecimientos que me rodeaban: “Aroma Satánico”.



domingo, 11 de marzo de 2012

LA MARIPOSA NEGRA: WINA, LA SANGRE (FRAGMENTOS)


Biskek, Kirguizistán, Asia Central.

Si hay infierno, una de sus bestias tomó hace ochenta y seis años la apariencia humana de Titov. Sólo algo semejante justificaba su ilimitada crueldad y el hecho de que su cuerpo decrépito, paralizado y devastado por las enfermedades, resistiera aún.
Ahora, sobrevivía recluido en un apartamento situado en una de las anchas avenidas de Biskek, la capital de Kirguizistán.
(...)
Cuando el hombre que estaba situado enfrente rompió el silencio, unos fugaces destellos de vida escaparon de las pupilas de Titov, como si fueran los postreros relámpagos de una tormenta de infinita maldad.
-    Todo se ha llevado a cabo según sus órdenes, mi general.
-    Bien, Nikolai ¿Cuándo llegará El Libro de los Sollozos?
-    Oleg viene de viaje, vía Londres. Mañana lo tendremos.
-    ¿Algún problema? Tatiana nos ha estado entreteniendo colocando falsas pistas en todas partes.
-    Sight: ahora Tatiana se hace llamar Sight. Qué bonito nombre, ¿no? –dijo Nikolai con una mueca de desprecio.
-    Sight, Tatiana, da igual cómo diga llamarse. Ha llegado el momento de conseguir lo que hemos estado persiguiendo con tantos esfuerzos. Y, de paso, cobrar viejas deudas. Pero contéstame, ¿hubo algún contratiempo?
-    Ninguno –Nikolai se estremeció por un momento cuando la mirada vacua pero calcinadora del anciano penetró en él–. Nada importante... –hizo una breve pausa–. El único tropiezo fue la maldita coincidencia de que, Rima, ya sabe –intentó aclarar–, la amiga de Sight...
-    Sé bien quién es Rima –atajó Titov–. Ha sido la protegida de Tatiana desde que era una adolescente. Continúa.
-    Pues, dio la casualidad de que Rima apareció acompañada de un hombre cuando Oleg estaba buscando el cofre con el libro. Pero no tuvo ninguna dificultad para llevárselo.
(...)
-    Hemos estado observando después el domicilio de Rima y no ha habido movimientos anormales ni se ha detenido ninguna patrulla de la policía.
-    Está bien ─replicó el general─, pero investiga a ese individuo. No me fio de Tatiana. Podría ser un nuevo guardaespaldas o alguien desconocido de su ejército de engendros.
(...)
-    Dentro del Libro de los Sollozos estaban las hojas de pergamino con las ilustraciones antiguas tal y como nos describió. Pero tardaremos un tiempo en comprobar su autenticidad.
-    Será auténtico. Tatiana o, ¿cómo dices que se llama ahora?
-    Sight
-    No se arriesgaría a dejar una falsificación: nunca expondría a Rima a una posible agresión por nuestra parte. Por otro lado  –Titov paró un momento, para compensar su trabajosa respiración–, no tenía más remedio que intentar desviar nuestra persecución, aunque fuera al precio de concedernos algo. Necesita ganar tiempo para ocultar lo que en realidad importa: la piedra – hizo otro breve descanso, emitiendo el eco de un gorgoteo procedente de sus pulmones –. Ya ha llegado la hora de conseguirlo todo. Esa Sight se ha burlado demasiado de nosotros. Después, podré por fin ajustar cuentas con ella.
La voz de Titov fluía cada vez más pesada y opaca, sin completar del todo algunas palabras, pero el otro hombre llevaba junto a él gran parte de su vida y alcanzaba –al menos, eso pensaba– a comprender incluso sus silencios. Cuando estaba finalizando la segunda Guerra Mundial, Titov  era un ambicioso y jovencísimo oficial, que recién salido de la Academia del Ejército soviético había aceptado con entusiasmo su primer destino en un Gulag. En el campo de Morovinka, situado al norte de Rusia, había demostrado un extraordinario celo en sus funciones, que le llevó a traspasar todos los límites de la perversidad. Un salto del que ya no volvería atrás.
Muchos años después, en los desiertos y montañas de Afganistán, había engrosado su aureola de crueldad durante el sangriento conflicto que mantuvieron los afganos con los invasores del Ejército soviético. Allí, como consecuencia de sus monstruosas acciones, se ganó el sobrenombre de Wina (La Sangre, en idioma pasthún).
(...)
-    Nikolai  – prosiguió Titov, después de recuperarse por unos instantes–, ya sabes que te considero como a un hijo. Yo ya he finalizado mi vida, sólo deseo escapar de esta tortura que me tiene atado a una silla, pero tenemos que arrebatar la piedra a esa mujer. Si el pergamino es auténtico, contiene las instrucciones adecuadas para manipular ese objeto sin dañarlo y aprovechar al máximo sus propiedades. Tú sabrás emplearlas; eso te reportará un inmenso poder y riqueza, y yo disfrutaré de mi venganza.
-    No se preocupe, por fin lo conseguiremos. Conocemos el actual paradero de Sight: se ha establecido en España, en una ciudad de la costa Mediterránea. Sabe que la perseguimos desde que escapó de aquí, de Kirguizistán, y debe haberse cansado de huir. En cualquier caso, esta vez esa zorra no se escapará.
Un débil acceso de tos agitó a Titov, y por las comisuras de los labios brotaron sendos hilillos espumosos que el general limpió arrastrando con torpeza un trozo de celulosa.
Se estaba muriendo, no podía desperdiciar el tiempo.
(...)
-    Recuerda –dijo el general con esfuerzo–, que debe permanecer viva hasta que tengamos en nuestro poder esa piedra, esa... esmer...es...
-    ¿Esmeralda? No es una esmeralda. Es una piedra preciosa que se asemeja a una esmeralda, pero en realidad no sé sabe qué es. Sight mandó analizarla, y pudimos averiguar que tiene una composición asombrosa, algunos elementos son extraordinarios en nuestro planeta, y otros no son conocidos.
-    Quizás no se pudieron completar más los análisis...
(...)
Nikolai abandonó el apartamento y de inmediato cesó la constricción glacial que atenazaba su interior en presencia de Titov. Había estado unido a él desde que comenzó a desempeñar su carrera y le destinaron a Afganistán. Después, el general se retiró y él mismo dejó el Ejército, para formar, junto a otros excombatientes, un grupo que trabajaba en los oscuros negocios de su antiguo jefe militar. Pero todavía seguía sintiéndose traspasado por esa especie de insondable inhumanidad que desprendía.
 Por fortuna, no creía que los rescoldos de ese cuerpo agónico le mantuvieran vivo mucho más, y entonces no sólo ocuparía su puesto sino que la misteriosa piedra pasaría a ser suya.
Titov retornó a la negrura de su propio abismo en cuanto Nikolai se marchó. Allí era donde únicamente no le alcanzaba el dolor de sus enfermedades y encontraba una maligna fuerza para seguir existiendo. En la libertad de sus tinieblas, rió y rió sin control, aunque en la habitación persistía el dominio del silencio.
Qué estúpido era su ayudante: no tenía idea de las facultades de la piedra. ¿Construir un láser de potencial inimaginable? No creía en absoluto que sirviera para tal fin, pero había sido fácil que la idea calara en la mente de una persona como Nikolai, tan obsesionado por las armas. Incluso, aunque fuera posible, no tenía la menor importancia en comparación con los otros beneficios que podría obtener de aquella enigmática gema: sus orígenes eran desconocidos, pero había pertenecido durante siglos, tal vez milenios, a una antiquísima sociedad que utilizó sus poderes para prolongar la vida de sus adeptos, inmunes a cualquier enfermedad o deterioro, de forma casi indefinida. Ese era el secreto que había ocultado la familia de la mujer que ahora se hacía conocer como Sight.  


domingo, 4 de marzo de 2012

ALGO ENTRE NOSOTROS



Tu voz hecha sin tiempo
entra en el mapa de mis sueños fantasmales
y se enlentece en la orilla silenciada
de este destierro de nieve negra.

Ahora la luna usurpa
la forma de tu ausencia,
la inmovilidad de tus dedos sobre mi pecho,
tus labios como charcos de agua brillante.

Atravieso límites de luz agonizante
como un crepúsculo de sangre,
la penumbra de máscaras violetas
que antes temía mi espíritu.
Tu voz hecha sin tiempo
sirve de tránsito en la dulce niebla
que crece entre nosotros.

lunes, 27 de febrero de 2012

LA MARIPOSA NEGRA: LAS PUERTAS DE LA DOMINACION (y 2)

Así fue como, a raíz de aquella tragedia, abrí un resquicio en mi existencia solitaria para tomar una mano amiga con la que recorrería los recodos luminosos y sombríos de los años siguientes.
Ahora paseábamos juntos por el muelle. Todavía quedaba tiempo antes de reunirnos con sus amigos para ir a cenar, de modo que propuse ir a un pequeño bar ubicado en una zona poco transitada del casco antiguo.
No se podía decir que el bar Orán fuera uno de esos sitios de diseño que tanto apasionaban a Mónica, y ya estaba preparado para recibir sus protestas.
-    Oye, JM, ¿me has traído aposta al bar más cutre de la ciudad?
-    No es muy elegante, desde luego –repuse con seriedad, aunque riéndome para mis adentros– pero sirven el mejor té con yerbabuena de la región.
-    Pues estará buenísimo ese brebaje, pero el cubata está asqueroso –manifestó Mónica con una expresión de repugnancia.
-    Siento que no haya ninguna de las marcas de ginebra que te gustan.
-    Una cosa es que no tengan Bombay Sapphire  y otra que te pongan “Gin Marios”. Estoy segura de que el  dueño lo destila en la trastienda con pis de gato.
-    No seas exagerada – dije, haciéndome el inocente–. Hay sitios peores.
-    Eso lo dirás tú, que has estado en los garitos más infames del culo del mundo. Y, claro, luego no sabes tratar a una chica con clase… –concluyó Mónica con afectado tono de indignación.
Algunos de los clientes eran magrebíes, pero había también un nutrido grupo de locales. Todos estaban absortos frente a una pantalla gigante de televisión donde retransmitían un partido de la pretemporada de fútbol.  Con ese poderoso imán, nadie nos prestaba atención. Ni tampoco a una mujer  que se encontraba sola en el otro extremo de la barra. El encuentro debía de estar al rojo vivo, porque en otras circunstancias hubiera atraído el interés ferviente del público masculino que se agolpaba en el bar. Tendría unos treinta y tantos años, apariencia extranjera, seguramente eslava o nórdica, y tanto su cuerpo como su rostro descollaban por su perfección y atractivo. Todo era tan armónico y delicado que parecía la representación de una protagonista de videojuego. Todo menos sus ojos: ambarinos, casi traslúcidos, sin proyectar la más mínima expresividad o emoción.  Acusé  la descarga de su mirada muerta rastreando mis pupilas y una punzada de dolor se instaló entre  mis sienes. Mi visión se enturbió y percibí una especie de aura sucia y grisácea a su alrededor. Donde antes estaban los globos oculares, ahora surgían cuencas vacías fulgurando como hogueras. De modo oportuno, Mónica colocó su rostro frente al mío y me  arrancó de aquella situación hipnótica.
-    Eh, cariño. Hemos quedado para dar una vuelta juntos, no para que intentes  ligar con la primera que se te pone a tiro.
-    Perdona –dije suspirando–, estaba distraído. Me he puesto a imaginar, quiero decir a pensar, en cosas raras. Sí, será mejor que salgamos ya o llegaremos tarde al restaurante donde están tus amigos.
La ciudad tenía el tamaño idóneo para no carecer de buenos servicios y lugares de ocio y, sin embargo, permitir el acceso a la mayoría de ellos a pie. Caminamos amparados por la luz de unas nuevas farolas que pendían de dobles ganchos, diseñadas para emitir menor contaminación lumínica. Pese a todo, la luz me irritaba tanto como si estuviera mirando al sol del mediodía y me obligaba a entornar los párpados. Sentía, además, en mi espalda la pulsación amenazante de la mujer, o lo que quiera que fuese, con quien me había topado en el bar. Al detenernos en un cruce de peatones, cerré por un momento los ojos. Enseguida noté un tirón de mi brazo.
-    Despierta –profirió Mónica– .Vamos a cruzar. ¿Qué te ocurre? ¿Te encuentras bien?
-    Estoy bien: una de esas migrañas pasajeras que me asaltan de vez en cuando.
-    ¿Seguro?, mira que te conozco. Si no te apetece salir conmigo…
-    Pues claro que sí, cielo –repuse, tratando de desplegar mi mejor sonrisa–, ya sabes que me encanta estar contigo.
-    Huuu, qué tierno. Entonces, ¿por qué cerrabas los ojos?
-    Como escribió Rilke: “Apaga mis ojos, y podre verte, cierra mis…”
-    Anda, calla ya –cortó sin ambages, tapando mis labios con sus dedos–, que conozco tus melosos trucos. Y yo no soy una de esas místicas poetas con las que chateas por internet.
-    En primer lugar –me defendí– yo no chateo. Y esas mujeres no son místicas como  tu las llamas, sino personas cultas y con sensibilidad, pero con los pies bien puestos en la tierra.
-    ¿Es que ahora me llamas inculta? –dijo, con aires de indignación.
-    Dejemos ya de discutir. Y más vale que nos demos prisa.
Mónica se encogió de hombros y apresuró el paso por delante de mí. La alcancé con un par de zancadas, me enganché a su brazo sin que protestara y seguimos adelante. Con ella, conseguía siempre que desaparecieran los nubarrones siniestros de mis inquietudes.
Cuando llegamos al restaurante, los amigos de Mónica nos estaban esperando en una mesa reservada. El clima de la velada transcurrió de forma agradable, sin que tuviera que hablar demasiado. Había temido tener que enfrentarme a alguna de las extravagantes compañías de mi amiga, pero se trataba de un grupo de colegas de trabajo que pasaron casi todo el rato comentando anécdotas y problemas de sus actividades como técnicos en turismo. Yo estaba hambriento y disfruté engullendo un regio plato de solomillo de buey al vino tinto. Después de cenar, visitamos un par de sitios de moda en una calle saturada de bares de copas y nuestros acompañantes  propusieron ir a una discoteca donde ese día pinchaba DJ El Porras, muy afamado en la localidad. No resultaba difícil adivinar que me aguardaría una velada de implacable tecno-trance, así que le comenté a Mónica que prefería volver a casa, pero ella insistió en acompañarme a cualquier otro lugar y se despidió de sus compañeros.
Nos encaminamos hacia el centro de la ciudad cruzando la explanada del campo de fútbol, donde los más jóvenes organizaban los botelleos durante los fines de semana. Desfilamos junto a un coche con las puertas abiertas que emitía “Johny, la gente está muy loca” desde un potentísimo equipo de sonido. Pese a la mezcla de música a todo volumen, kalimocho y hormonas adolescentes, el ambiente  era sosegado, controlado. Había risotadas compulsivas y el ocasional perfume característico del cannabis, pero nadie se metía en los asuntos de los otros. A decir verdad, aquella era una ciudad apacible y bastante segura, y los delitos con violencia eran infrecuentes. Sin embargo, de nuevo percibí  la existencia de una anomalía en el ambiente; un olor agrio me azotó  y la atmósfera se tornó lúgubre y viciada, como si se abrieran las puertas de la dominación de un mundo maldito. A poca distancia, sentada al  lado de un poste, con la cabeza escondida entre los brazos que se apoyaban sobre las rodillas flexionadas, reposaba la extraña mujer de halo aterrador que había visto en el bar Orán y cuya proximidad había percibido circundándome toda la noche. Levantó un poco la cabeza y nos miró con  esos ojos que parecían alimentados por llamas infernales. De improviso,  el comportamiento de los jóvenes cambió de modo drástico, tornándose hiperactivos, profiriendo chillidos incoherentes y arrojando botellas contra el suelo. Comenzaron a meterse con Mónica y conmigo:
-    ¡Eh, tú, tía buena, deja a ese pringado y vente a nuestra fiesta! –vociferaron a la vez que representaban gestos obscenos.
Estuve a punto de dirigirme hacia ellos, pero Mónica me detuvo.
-    Déjalo –dijo, tirando de mí–. No hagas caso. No sé qué le pasa hoy a esta gente, se comportan como si se hubieran puesto ciegos de farlopa.
Aceleramos el paso y salimos pronto de la zona para entrar en una avenida bien iluminada. El alboroto se fue apagando y nuestro entorno recobró la calma acostumbrada.
-    Acompáñame un momento a ese cajero –dijo mi amiga, señalando una caja de ahorros próxima–. Voy a sacar dinero.
-    ¿Para qué? No lo necesitas conmigo. Y si te hace falta para alguna cosa, te lo presto.
-    Vamos, es un momento –insistió Mónica, decidida–. Me gusta organizarme yo solita.
Al pasar, me fijé en un hombre de aspecto desarrapado y sucio que yacía tendido sobre un banco de madera. Muy cerca, un envase de cartón esparcía sobre las baldosas el resto de un vino barato. Parecía inofensivo, así que seguimos hasta el cajero automático. Mientras Mónica introducía la tarjeta, miré hacia atrás y otra vez me encontré con la maligna figura de la mujer que nos estaba acosando.
Miyamoto Musashi describe la técnica “Mover la Sombra” como una táctica cuando no se puede descubrir  las intenciones del enemigo: finge que vas a atacar con ímpetu  para revelar sus propósitos.
No dudé en esta ocasión.
Me desplacé con celeridad hasta nuestra perseguidora. A decir verdad, esperaba, de un modo irracional en su totalidad, que desapareciera de repente en el aire, como correspondería a la aparición fantasmal que representaba. Pero aquel ser permaneció afianzado en su sitio y hasta se permitió asomar una heladora sonrisa. Su cercanía me provocaba emociones contradictorias: por una parte, sus rasgos resucitaban el ímpetu de un recuerdo impenetrable que me provocaba fascinación y  deseo; por otra, la emanación de una naturaleza deliberadamente pervertida y maléfica me suscitaba desasosiego y repulsión.
-    ¿Se pude saber qué quieres? ¿Quién eres? –acerté a balbucear sin llegar a tocarla.
Antes de que pudiera recibir una respuesta, escuché la voz de Mónica gritando mi nombre. Me di la vuelta y descubrí al andrajoso vagabundo, que hasta hacía un momento estaba sumido en su abismo etílico, plantado frente a mi amiga. Retorné sin dilación interponiéndome entre los dos.
-    Qué pasa, tío –profirió con un habla pastosa– La chorba esa, la rubia, me ha despertado de golpe y me ha dicho que ésta –dijo, señalando a Mónica–  me daría algo de pasta.
-    Aquí no hay nada que darte –repliqué secamente–. Quítate de en medio.
-    Vamos, tío, que estáis forrados –persistió elevando la voz, que adquiría un tono de agresividad.
El individuo me asió de un brazo mientras me arrimaba la cara arrojándome un nauseabundo aliento a vino rancio. Giré a mi vez el brazo que me mantenía sujeto y presioné con el dedo índice en un hueco alojado justo encima de la articulación del codo. De inmediato, su mano se quedó paralizada en un espasmo y me solté de su agarre. Cogí a Mónica por la cintura y nos alejamos mientras el hombre pugnaba por abrir y cerrar los dedos con un gesto de dolor.
-    ¿Qué ha pasado, JM? ¿Por qué se le ha agarrotado el brazo? –preguntó Mónica entre resuellos.
-    No lo sé –mentí–. Le habrá dado un calambre, ya se le pasará. Vámonos de aquí.
-    Qué raro. Conozco a ese mendigo. Suele dormir en uno de los bancos del paseo y jamás le he visto meterse con nadie.
-    Sí, es raro.


Ahora, para continuar con lo de instruir deleitando (musicalmente) un poco de dubstep, para el que resista ese género, música electrónica como pura dinamita pa los pollos.

domingo, 19 de febrero de 2012

LA MARIPOSA NEGRA: LAS PUERTAS DE LA DOMINACION (1)

Cuando llegó la hora de mi cita con  Mónica, la noche decidió arroparse con las vestimentas de  lo extraño.
Al salir del aparcamiento subterráneo frente a la Dársena Norte, me detuve encandilado por la bóveda del firmamento, rasgada sin reposo por los cauces encendidos de una lluvia de estrellas fugaces: era la fecha de las Perseidas, más conocidas como las Lágrimas de San Lorenzo.  Algunos meteoros se precipitaban en el escenario nocturno con una estela  opalescente  y otros trazaban surcos azafranados casi horizontales. A veces, en mi imaginación alterada por los acontecimientos  pasados, se asemejaban a  globos de fuego celeste celebrando una danza lenta y efímera.
Todavía resonaba en mi mente la tormentosa voz de Diamanda Galas que había estado escuchando en el coche:
        “Sex is violent,
          Sex is violent,
          Sex is violent”
Respiré hondo, me froté los párpados y descendí hacia un espacio más inmediato y tangible: Mónica me esperaba cerca de allí, junto al monumento a la batalla de Guad-el-Jelú. Conforme me acercaba, podía distinguir su silueta de suaves redondeces, su melena rizada color dorado, sus gestos vivarachos, y los vaqueros claros en pitillo que ponían de relieve sus sugerentes prominencias traseras. Recordé las circunstancias en que nos habíamos concido. Nadie nos había presentado. Coincidimos en una de esas trenzas del pasadizo de la vida en que lo inesperado une a dos viajeros que, de otra forma, pasarían de largo mirándose con la sospecha de haberse encontrado en un borroso pasado.


 Al comienzo de la época veraniega, antes de ocupar el domicilio actual, tomé la costumbre de pasar las tardes en una playa llamada Los Limejos, que distaba pocos kilómetros de mi lugar de trabajo. Las arenas sedosas cercaban un lago de aguas marinas, mansas y transparentes: un lugar perfecto para relajarse.  Con frecuencia descubría a Mónica ya tumbada al lado de donde yo solía  situarme. Nos limitábamos a un cortés saludo o a una sonrisa de tácita complicidad. Ignoraba si ella recordaba que yo la había visto con anterioridad durante un certamen de pintura, clavada delante del cuadro que exponía con el título de “Tonto con perro y fondo negro”. La obra no carecía de algún mérito, en particular por la mirada inteligente del animal en comparación con la vacuidad de la del hombre (más tarde sabría que era un retrato del ex marido y su mascota), pero no suscitó demasiado entusiasmo en el jurado. En cualquier caso, por entonces, ni ella ni yo atravesábamos una fase proclive a establecer nuevas relaciones personales.
No lejos de la orilla, había una pequeña  tienda en una de las contadas casas de pescadores que aún se conservaba en pie entre los modernos edificios.  Ginesa, que sobrepasaba  la edad de su vetusta posesión, la había mantenido abierta cuando falleció su marido y aprovechaba los ingresos obtenidos con la afluencia del turismo estival para ir sobrellevando el resto del año. Yo mismo hacía casi todos los días alguna compra para la cena cuando me marchaba de la playa. La tarde en que Mónica y yo convergimos en el mismo arco del destino, sólo había otro cliente en la tienda, pero Ginesa movía sin descanso la palanca de la máquina de café.  El líquido oscuro iba llenando una gastada cacerola hasta que por fin alcanzó el borde.
-    ¿Alguna cosa más? –preguntó Ginesa.
-     Nada –respondió la clienta con sequedad-. Tome, cóbrese.
 La mujer que extendió el billete tenía el pelo recogido y estirado hacia atrás con pulcritud, y su piel, con una tersura de espejo deslustrado, podría haber correspondido por igual a cualquier edad. O a ninguna. Sus brazos no denotaron tensión al sujetar la cacerola y girarse para salir, pero su frágil figura vaticinaba que no podría mantener el peso mucho tiempo.
-     ¿Quiere que le ayude? –me brindé.
-     No, no se moleste –replicó dirigiéndose a la salida.
 Permanecí un segundo parado mientras la veía salir, componiendo una escena que se me antojaba del todo estrambótica. Enseguida decidí que insistiría en mi ofrecimiento y  corrí detrás de ella. No estaba fuera, aunque era imposible que hubiese andado tan deprisa sosteniendo la carga que llevaba.  En la arena quedaba un rastro de improntas producidas por un goteo reciente que conducían, junto con unas diminutas pisadas, al filo del agua. Miré de nuevo a mi alrededor, pero no conseguí descubrirla entre las numerosas personas que todavía atestaban la playa. Perplejo, volví  sobre mis propias huellas a la tienda.
-    Ginesa, ¿no te parece chocante esa mujer con una vieja cazuela repleta de café?
-    Tendrá invitados muy cafeteros. Y a lo mejor la ʹpobreticaʹ no tenía otro cacharro donde ponerlo –resolvió  Ginesa, sin ánimo de secundar mi interrogante-. ¿Qué te vas a llevar? –añadió, centrándose en lo que le interesaba-. Tengo ʹpastel de La Ciervaʹ muy rico, es del día.
-    Ya sabes que no me hace mucha gracia. Prefiero otra cosa... ¿Tienes de esas empanadas de espinacas?
-    ¿Qué? No te entiendo con el bullicio de ese avión.
En un extremo del lago, casi en sus límites, existía un pequeño aeropuerto que era utilizado como auxiliar del principal, situado en el centro de la región, y servía de terminal para pequeños aviones de hélice que transportaban sobre todo turistas alemanes e ingleses.
-    El sonido de esos motores no es normal -murmuré, preocupado.
-    ¡Ca, todos hacen el mismo ruido!
-    Que no, Ginesa. He pasado muchos años viajando en peores trastos que esos y te digo…
 La cabeza me retumbó como si el estrépito surgiera del interior de mi cráneo y un huracán de tinieblas palpitantes atravesó mi campo visual con la velocidad de un relámpago.
-    ¿Estás bien, hijo?
-    Va a suceder algo, voy afuera.
 Ginesa se quedó mirándome sin entender nada y, ya en el exterior, distinguí al avión que estaba realizando una maniobra abrupta de aterrizaje. El aparato tocó tierra, rebotó en la pista y salió disparado hacia la zona del mar donde los bañistas retozaban despreocupados. Por fortuna, tras deslizarse un corto trayecto por la superficie, se detuvo a unos cien metros de la orilla. Las aguas del lago en aquella parte se caracterizaban por su escasa profundidad, apenas sobrepasaban el metro y medio, y el fondo era fangoso, lo que había contribuido a neutralizar la inercia del aparato. Tras la alarma inicial, la mayoría del público que se encontraba bañando huyó precipitadamente hacia tierra, mientras que unos pocos decidieron aproximarse con cautela al lugar de la catástrofe. Entretanto, yo había telefoneado ya al número de emergencias y salía disparado para intentar auxiliar a las posibles víctimas. Y, en efecto, algunas personas, aturdidas y vacilantes,  comenzaron a surgir de una puerta. En mi carrera dentro del agua casi choqué con Mónica, que iba en la misma dirección.  Los accidentados que habían logrado escapar llegaron a nuestra altura y fueron socorridos por otros improvisados voluntarios que los condujeron hasta la playa. Mónica permanecía a mi lado.
-    Vete con ellos y ayúdales –ordené.
-    ¿Y tú dónde vas?
-    Voy a mirar si queda algún pasajero herido.
-    Voy contigo –respondió  Mónica con resolución.
En ese momento, apareció el piloto que, colocando las manos en torno a la boca a modo de bocina, gritó lo que creímos entender como: “¡No hay peligro! ¡Vengan aquí!”. Y prosiguió haciendo señas para que nos acercásemos.
Sin embargo, desde nuestro punto de observación podía ver con claridad un hilo de humo denso que escapaba de uno de los motores.
 Un instante después se produjo la explosión.
 El tiempo se paralizó ante mi vista y distinguí cómo inexorablemente un trozo de fuselaje avanzaba girando en el aire con letal resplandor hacia donde Mónica y yo estábamos emplazados.  No era, por desgracia, la primera vez en la que me veía amenazado por una deflagración. De inmediato, apresé la cabellera de Mónica y la tiré de espaldas sin miramientos. Continué arrastrándola mientras trataba de alcanzar el fondo grumoso con la mayor rapidez.  El metal pasó hendiendo el agua con un macabro silbido a escasos centímetros por encima de nosotros.
-    ¡Ay! Podías haberme avisado antes. –protestó Mónica después de salir a la superficie entre toses y masajeándose la nuca.
-    Entonces estarías muerta –dije por respuesta.
Reparó atónita en el fragmento de la aeronave que brillaba incrustado en el fondo un poco más atrás.
-    Supongo que sí. Creo que te debo la vida. Gracias.
-    Hemos tenido suerte.
-    A propósito, me llamo Mónica.
-    Lo sé. A mí me llaman JM.


Un poco del mejor Deep House, para soñar.

domingo, 12 de febrero de 2012

LA MARIPOSA NEGRA: LA VISION (1)


Los tonos vibrantes de la música electrónica saltaron en el silencio como un gemido de ultratumba. El equipo de alta fidelidad conectado al Ipod había pasado de las notas de Rachmaninov al ritmo sensual del Deep House.  Me encontraba inmerso en una sensación de aturdimiento y derrota desde que Rima, de modo tan inexplicable como abrupto, había abandonado mi casa.
Aunque no recordaba haber apagado la luz, la penumbra dominaba la habitación salvo por las tímidas agujas de fuego que todavía aupaban algunas velas. Un zumbido restalló tenaz en mi cabeza. Entreabrí los ojos, alertado por un fulgor que penetraba en mis párpados. A mi alrededor, miles de puntos fosforescentes iniciaron una danza. La oscuridad ardiente y el chirrido que retumbaba en mi cerebro cesaron de golpe y, enseguida, intuí la compañía de una sigilosa aparición. En la terraza, la emanación nocturna de una silueta adquiría un contorno femenino, cubierto por enlutadas gasas que sólo consentían mostrar la claridad turbadora de unos ojos azulados y algunos bucles de nebuloso cabello rubio. Intenté incorporarme, pero me sentí presa de una laxitud insalvable, de una parálisis singularmente dulce y serena. La visión traspasó el umbral de las cristaleras y se situó frente a mí. Parte del velo que ocultaba su rostro resbaló y pude distinguir cómo sus labios  comenzaban a separarse hasta que desplegaron dos palabras: “Ismabalak, ¿recuerdas?”.
La voz. De nuevo, brotando con la inflexión del onírico mensaje que aún me obsesionaba después de varios meses.
La voz.  Esperada, reconocida, resurgiendo desde los abismos de una memoria primitiva. 

Fue la llamarada de una estrella rozando la tierra y la revelación de un testimonio plagado de escenas que alumbraban a hombres enfundados en armaduras, blandiendo la cólera sin límite de sus espadas mientras ascendían la rampa que conducía a la entrada de un templo. Se decía que la construcción era una réplica, en dimensiones reducidas, de otro templo levantado cerca de Uruk, ciudad de la antigua Sumeria desaparecida hacía muchos siglos. Pero, a diferencia del gran templo mesopotámico, este edificio sagrado era casi desconocido, no se sabía de dios o dioses a los que estuviese dedicado, y las sucesivas religiones imperantes en la región habían respetado su existencia.
 A través de las puertas forzadas, el sol de un desierto remoto invadió la cámara interior haciendo brillar los mosaicos color índigo. No avistamos altares ni estatuas, pero las paredes estaban decoradas con signos de un lenguaje oscuro y con esbeltos relieves que parecían representar constelaciones ignotas o, acaso, perfiles de insectos gigantescos y translúcidos. Un puñado de sacerdotisas, arropadas en sus túnicas negras, permanecían inmóviles, sumidas en arcanos ritos ofrendados a una fuerza primigenia, a un estado donde el tiempo, el universo, los ángeles y las criaturas materiales eran todavía el sueño de Dios.
 Los guerreros avanzaban ondeando sus vestidos blancos, mancillados de salpicaduras y coágulos de sangre reseca, que cobraban la apariencia de mortajas anunciadoras de una muerte segura. Yo era uno de aquellos instrumentos de la aniquilación. Mi nombre era Richard, y en mi escudo, junto a una larga cruz de extremos en punta de lanza, destacaba el emblema de mi linaje: la mitad de una rosa blanca. Ebrios por el fanatismo, no pensábamos en el horror  de la matanza inminente, sin combate, sin honor. Donde sólo había una comunidad de doncellas devotas de un culto inofensivo en armonía con los elementos de la naturaleza, percibíamos, inmersos en la superstición y el adoctrinamiento infundidos por nuestros maestros religiosos, una horda de temibles y maléficas encarnaciones demoníacas entregadas a los rituales más abyectos y brutales.
 Entonces, la descubrí: la misma mujer cuya etérea silueta  se manifestaba a través de mis sueños se hallaba recostada en una columna bajo el chisporroteo agónico de una antorcha. Su mirada se fundió con la mía transmitiendo compasión y paz ante su final, en lugar del odio y la malignidad que habría esperado recibir.  “Mátame rápido, soldado”, dijo en una lengua que acerté a comprender. Me desprendí del amplio escudo, aferré  con las dos manos la empuñadura forrada de cuero y balanceé  la espada, disipando las tinieblas de un imaginario hechizo. Sostuve con tensión el peso de la hoja letal en alto, dispuesta para cercenar de un tajo el cuello pálido y virginal que se insinuaba bajo el velo. Sin embargo, descendí el arma hasta que el filo tocó el suelo de piedra caliza, y extendí mis dedos enguantados hacia la cascada  dorada de sus cabellos. La sensación de una fuerza íntima, pura, hermanada a la savia de mi propia alma, traspasó el metal del guantelete.

En mi habitación, la aparición persistía, estática, entre mundos. ¿Cuánto tiempo estaba transcurriendo? ¿Segundos, horas, vidas? Su mirada destapaba un hospicio de búsquedas ocultas, de sentimientos que habían perdurado dormidos por ciclos y en ese momento estallaban.
Los recuerdos rescatados desde torres olvidadas donde habían yacido los corazones de los amantes me hirieron de nuevo.

El olor de la sangre, los gritos de las víctimas, secos como cristales despeñados, el sudor que emanaba de aquella caldera homicida, nos circundaban. Ella, abandonada ya al péndulo inmediato de la muerte, se inclinó hacia delante contemplando mis brazos caídos y se desplomó semiinconsciente sobre el peto que protegía mi pecho. Al instante, supe que su salvación sería mi salvación, que los granos de aquel acto me sacudirían por toda la eternidad, si acaso fuera cierto que existía algo detrás de las tierras oscuras.
La tropa se percató pronto de que las mujeres no se transmutaban en entes del Averno, ni respondían a sus agresiones con ninguna suerte de encantamientos. Si se trataba de brujas –pensaron–, sus sortilegios habrían quedado petrificados ante el poder de su fe y, ahora, en su forma simplemente humana, se les antojaban harto seductoras. Los impulsos criminales quedaron postergados y una ola de lascivia les poseyó. Mis compañeros de armas desfilaron rozándome y soltando risotadas que sonaban henchidas de dominio y concupiscencia. Disimulé, para ganar tiempo, rasgando la tela de mi sacerdotisa, y al quedar su hombro desnudo advertí un tatuaje que simbolizaba una extraña mariposa negra.  Envainé la espada, recogí mi escudo y, con rapidez, resguardé aquel cuerpo exánime estrechándolo contra mi torso.
 Poco a poco nos fuimos deslizando entre las vetas del caos, la orgía y la masacre hasta alcanzar el exterior del templo. Sin ser sorprendidos, la acomodé sobre la montura de mi caballo y, sujetándola con firmeza, dejamos atrás las guadañas, sumergidos en los reflejos de la arena que nos abría la orilla de un cáliz infinito donde el amor nunca expira.

“¿Recuerdas, Ismabalak?” -volvió a repetir la aparición en mi apartamento, con su tono ahora tan familiar.





Me puede volver loco, pero loco, esta versión deep house del tema Rain Down Love. Mmmm, para bailar a oscuras, sólo la luz de la luna y una dulce compañía.