sábado, 16 de mayo de 2015

LA CASA SIN LUZ DE LUNA




Sé que en mi pecho pesa el hueco
cada vez que te paras y recuerdas
el nido donde duerme la marea
de tus pausas, de tu silencio,
colgando como mariposas de tus muslos,
como flores de vida sobre el suelo oscuro,
en la casa sin luz de luna
donde te espero
convertido en un ídolo sembrado de paja.

Vuelvo golpeando  un secreto
que no puede detenerse,
vencido en cada parte de mí que desea
tu púrpura de seda.
Hundo mi cabeza en las alas de estas sábanas,
claras como el agua,
como un amor profundo que amontona estrellas
mientras espera tus dedos de luz sobreviviente.

Para que no te olvides de mi, para que la magia de tu corazón de mariposas siga durmiendo a mi lado, para que sepas que sigo soñando con tu piel.

sábado, 27 de diciembre de 2014

MUJER DE LA MARIPOSA NEGRA



He viajado contigo,
mujer, 
por donde nunca había pasado.
Entre teas que parecían muslos en llamas,
bajo estrellas innombrables que mordían
la oscuridad con sus luces muertas.
Te siento mía
y no quiero abrir los ojos.
Aferrado a las rejas de tus dedos.
Envuelto por una membrana
húmeda y tibia como las lágrimas.
Tu pulso late alrededor, recorre
mi espalda desnuda empapándome
de un amor que no puedo comprender.

Todo se transforma 
cuando los sueños de piedra vuelven para reventar
mi nuca.
Las olas parecen ángeles caídos
y la luna una olla donde hierven sangre.
Pero sigo bebiendo de ti.
Aunque en la habitación solo me acompañen espectros
con hoces para cosechar recuerdos.

Sé que tus palabras perdidas quieren venir
y besarme.
Pero no lo harán.
Conozco solo algunos de tus secretos
y no son los más importantes,
esos que esperan mis labios tan vacíos 
como cisternas de fondos infinitos.

Vístete otra vez
con la seda de la mariposa negra
y vuelve aunque no puedas tocarme.
Aunque no te pegues a mi vientre como una hoja mojada.
Acompáñame a dar un paseo por la playa.
O al mercado.
O al bar de espejos siniestros.  
Yo vivo 
en tu sombra, en las alas negras
que amontonan tus pensamientos.
Allí nadie me reconoce.
Te miro a los ojos
hasta que apagas la luz
y mi cuerpo se convierte 
en minúsculas hormigas
que golpean la nada.

La Manga, 27 de diciembre de 2014.




domingo, 23 de noviembre de 2014

LA MUJER DE LA MARIPOSA NEGRA


Por esa época comenzaron a suceder cosas extrañas.
Fue cuando conocí a La Mujer de la Mariposa Negra.
Nunca supe de dónde había venido. Una vez me reveló que había nacido en una tierra de cielos sombríos, pero en raras ocasiones hablaba de sí misma. A veces dibujaba en la arena de la playa cercana el contorno de una mariposa; una mariposa de alas arqueadas como la que colgaba de su cuello, hecha de un metal oscuro y brillante. 
Recuerdo la noche en que por primera vez  conoció mi apartamento de la playa. Esa vivienda se había convertido en un refugio donde muy de tarde en tarde me dejaba acompañar, un santuario donde cada objeto guardaba un significado. Siempre he creído que si entras en una casa de noche y aspiras sus burbujas de sombras, si tus pasos son silenciosos y esparces tus sentidos,  podrás escuchar el aliento de sus paredes, el chirriar secreto de los muebles, el murmullo enterrado en el vacío de ocupantes que ya no están. 
- Me gusta tu casa –dijo la Mujer de la Mariposa Negra−. Se respira una atmósfera protectora, la de un lugar íntimo, con nieblas de soledad pero sin perder calidez. La calidez de un morador que oculta muchas formas de amar en su silencio. Hay algo casi mágico.
- Vamos, no exageres−repliqué sorprendido por el elogio−, te agradezco el cumplido, pero no es más que un modesto refugio frente al mar. Aquí la única magia que existe es la que  ha venido contigo, con esa imaginación que usas para adornar todo lo que te resulta atractivo. Y eso sí que es algo poco común, algo fascinante, un verdadero don.

En el siglo XIV, el fraile Guillermo de Occam difundió una clase de razonamiento basado en la simplicidad. El postulado defendía que ante un suceso dado hay que buscar siempre la explicación más sencilla. A este principio se le conoció como la navaja de Occam. Y fue una herramienta fundamental de la filosofía para oponerse al llamado pensamiento mágico.
Yo estaba acostumbrado a transitar por los caminos de la lógica y del razonamiento común. Y ello a pesar  –o quizás como consecuencia– de que durante mi niñez había empezado a ser presa de corazonadas o intuiciones, a las que llamaba “anomalías”. Aparecían en cualquier momento durante el día o a veces llegaban como sueños. 
Una noche, conforme las horas avanzaban y permanecía en vela, me sentí de nuevo envuelto por la intensidad de turbadores presentimientos. Finalmente, caí dormido y cuando mi consciencia abrió las compuertas de la oscuridad, llegaron sueños trayendo los rostros de los muertos. Después, descendí por retorcidos túneles en la memoria hasta un sueño olvidado. Un sueño sin la existencia del mal, sin dolor, sin despedidas. La Mujer de la Mariposa Negra y yo estábamos dentro de un círculo de tiza roja. En el interior del círculo se veían dibujos de alas, ojos, triángulos y símbolos similares a runas. Arrodillados frente a frente, uníamos las palmas de nuestras manos, y luego, nuestros labios y nuestros pechos. 
Hacía calor.
Ella comenzaba a pasar sus manos por mi nuca y mi espalda.
El contacto con su piel hacía explotar una infinitud de burbujas que me atravesaban de la cabeza a los pies. Me sentía poseído por un impulso primitivo, salvaje, que sobrepasaba al deseo. Algo antiguo que provenía del recuerdo de otro cuerpo, una sensación de belleza y crueldad al mismo tiempo. Sangre y amor.
Notaba un calor cada vez más intenso y no era sólo por los latidos de la pasión: de repente, un cerco de fuego crecía a nuestro alrededor. La oscuridad se había transformado en llamas que pugnaban por atravesar el círculo protector.
"Nuestro amor vive en los suburbios fantasmales de lo abominable” –me dije, en el culmen de aquella pesadilla. 
“Pero te quiero, Mujer de la Mariposa Negra. Y aunque parezca que amarte me sentencia a retornar a los confines de un mundo dominado por monstruos, es, en realidad, lo que me ha vuelto a hacer sentir como un ser humano."
Desperté, todavía en plena madrugada. Mi piel ardía y me acerqué a la cristalera entreabierta del salón. Allá abajo las olas comenzaban a crecer y a tomar otra dirección. El viento mutaba bajo las grietas de luz de luna. Pronto rugiría el mar. 
Había otras muchas metamorfosis en la noche, aunque no las viésemos, aunque no lo supiéramos.
La luna estaba de pronto turbia, empapada de un color rojo oscuro, empapada de sangre.
Helena Blavatsky dejó escrito: "La sangre produce fantasmas".



lunes, 17 de noviembre de 2014

ALGUIEN EN LA OSCURIDAD



No lo sabes
Pero he pensado en ti en las noches
En que la memoria no se inmuta
Y cualquier otro recuerdo se envuelve en una somnolencia antigua
El cielo sobre las calles oscuras
La soledad de las tabernas escondidas
Como vidas sin palabras
Me hacen pensar en ti
Donde caen besos como copos
Y despierto luego lejos
En lo más profundo de una criatura extraña.



jueves, 6 de noviembre de 2014

GOTAS DE TI



Arde
Seguidora de extraños
Sobre tu hielo profundo
Ahora gotas en mis labios
Calmo la sed de tu sombra
Hagamos mundos de nuestros sueños
Para los dedos
Para los besos
Que quedaron abandonados

jueves, 30 de octubre de 2014

ALDEBARÁN


Gorka me despertó con una palmada de su manaza en mi hombro. Aquel sargento del servicio de operaciones especiales era un gigante y, en caso necesario, podía ser una bestia asesina en combate, pero también el más leal de los compañeros y al que, en más de una ocasión, había confiado mi vida sin dudarlo.
- Lo siento, mi coronel, pero estamos llegando a Torrejón. Me ordenó que lo despertara y no lo hacía ni a cañonazos. No sé cómo puede dormir tan a gusto en estos jodidos asientos del Hércules.
- El ruido de las hélices me bloquea la mente. Luego, en casa, no duermo nunca ni medio bien.
- Pues si le coge el gusto, nos veremos en la próxima.
- Eso lo dudo, Gorka, lo dudo.

Definitivamente ese tipo de andanzas llegaban a su fin para mí. En esta última ocasión casi me cuesta la vida. Y lo peor es que en otra misión no fuese solo mi vida sino la de otros compañeros lo que pusiera en riesgo. Era inútil engañarse: ni mis condiciones psicológicas ni las físicas eran ya las óptimas para estas aventuras.

Mi estancia en Madrid fue breve esta vez: sus calles me devolvían a tiempos en que ya no sentía como míos y el rato que permanecí tomando un café en el "Comercial" solo conseguí que me traspasara la sensación de estar reviviendo una vieja película en blanco y negro.

Ya de regreso a mi apartamento en la playa, paré en Cartagena para dar un paseo por el puerto. El olor familiar del Mediterráneo en el viento de levante hizo que mis pensamientos se sosegaran y me dejase inundar por una sensación de calma. El atardecer en la bahía seguía siendo mágico y nada mejor que contemplarlo desde la terraza del ARQUA, el museo donde ahora se exhibía el tesoro de la fragata Nuestra Señora de las Mercedes. Me senté en un extremo y disfruté del espectáculo del crepúsculo que desde allí se contemplaba. Por fin, aparté el rostro de las vidrieras de la cafetería y decidí seguir mi recorrido por el muelle. Al dirigirme a la salida, me percaté de que en una de las mesas se encontraba un viejo conocido, Jorge, un dentista con buena consulta en la ciudad y que en su juventud, ya lejana, había sido médico de la Armada. Me saludó con afecto y conversamos de asuntos banales durante unos instantes. Me despedí y me encontré otra vez al aire libre, dispuesto a continuar mi recorrido. Sin embargo, cambié de opinión y opté por entrar en la terraza del Auditorio, que se hallaba apenas a unos veinte metros. Enseguida alcancé el edificio y subiendo los escalones de dos en dos con buen ánimo no tarde en llegar hasta la entrada del local.

Al instante, me percaté de que sucedía algo anómalo.

Primero fue la mujer. La joven de pelo claro como luz de luna, de facciones sin edad y mirada sin expresión. Como una figura de cera. Como un fantasma sin memoria.

Después, otra sorpresa: allí se hallaba sentado tan tranquilo Jorge, el dentista que acababa de dejar en el otro lugar. Era imposible que me hubiera adelantado corriendo, no ya porque carecía de sentido y porque sus más de cien kilos no le permitían muchas carreras, sino porque tendría que haber pasado por delante de mis narices.
- Jorge, ¿qué haces aquí? ¿No nos acabamos de ver en la terraza del ARQUA?
- De eso hace ya un buen rato. Yo llevo aquí por lo menos media hora. Hoy nos encontramos en todas partes.

En todas partes, no, pero en dos sitios a la vez, sí. O mi sentido del tiempo y del espacio se había esfumado, al menos por ese periodo, o Jorge tenía el poder de la bilocación. A menos que alguna inteligencia desconocida, algún "Matrix", se divirtiese jugando con nuestras vidas. Me encogí de hombros y me encaminé hacia el aparcamiento junto al monumento de los héroes de Cavite y Cuba. Aquello, lo de Cavite y Cuba, sí que había sido un desastre y no las tonterías con las que mi imaginación divagaba.

Por fin, regresé a mi refugio de la playa, y una semana después todo parecía recobrar la normalidad. Repasé el correo y puse mis asuntos al día; también entré a mirar el correo electrónico personal: pocas personas me habían echado de menos, aunque había alguna que otra excepción que me encantó descubrir. Me sentía de mejor humor, hasta el punto que decidí darme una vuelta por el Brutus Bar. Crucé sus puertas como si retornara de otra vida y saludé a unos pocos conocidos, aunque el local estaba bastante vacío, algo normal en esta época del año. De todos modos, el ambiente del Brutus, siempre con ese punto de sordidez y decadencia pero sin dejar de ser acogedor, hizo que en cierto modo volviera a reencontrarme conmigo mismo. Pasada la medianoche, irrumpió en el local una rubia de un metro ochenta. Me clavó una mirada entre maliciosa y sorprendida y enseguida me abrazó con fuerza. La mejor compañía que pudiese desear en aquel momento. Era Runa, una noruega que llevaba ya muchos años residiendo en la Manga. Llegó para trabajar en negocios inmobiliarios y a pesar de la crisis eligió quedarse porque, según dijo, ya no podía vivir sin el sol de estas tierras, sin su vino y sin sus amistades. Bueno, al parecer, a mí me consideraba una de sus amistades, o algo por el estilo, no lo sé bien, pero daba por seguro que siempre era posible contar con su compañía, con la calidez de sus ojos azules, y que nunca me hacía preguntas. O casi nunca.

Vencidas las primeras horas de la madrugada, aún estaba despierto y permanecía asomado al balcón de mi dormitorio, buscando a Aldebarán, mi estrella favorita, entre las pocas luces en el cielo que conseguía atisbar. En la cama, dormía Runa, tumbada boca abajo y abrazando la almohada. La sábana apenas la cubría y dejaba al descubierto su espalda y sus largas piernas. Una fugaz sacudida de excitación recorrió mi piel: siempre me ha resultado de lo más seductor la espalda desnuda de una mujer. Hacía calor en la habitación aunque estábamos ya a mediados de octubre. Me encontraba despejado por completo. Runa dormía con una respiración profunda y regular, tan solo interrumpida por algún sonido o palabra que no acertaba a comprender, quizás de su lengua nativa. Pensé en tomar un Orfidal y dejar de dar vueltas a la cabeza pero no quería volver a engancharme a los somníferos. Aldebarán lucía por fin como una linterna frente a un espejo en un cielo despejado de nubes. Desde la orilla llegaba un suave aroma a violetas entre el olor a algas y salitre. Otra vez mi imaginación. Decidí ir a la cocina y, en lugar del Orfidal, tomar un vaso de leche.

Antes de volver a entrar en el dormitorio experimenté esa sensación familiar de que se había producido un desgarrón en la normalidad, de que estaba viviendo otro tiempo u otra realidad.

Runa continuaba en la misma postura que antes, con la cabeza girada hacia el lado de la cama donde yo había estado durmiendo y que ahora estaba vacío.

Pero no estaba vacío.

Al principio, aún en la penumbra de la habitación, distinguí la forma de una sombra blanquecina sobre la cama. Y poco después, un cuerpo. Un cuerpo de hombre.

Me acerqué con cautela, aún atónito, y reconocí el rostro.

Era mi rostro, mi cuerpo.

De repente, saltó el viento con furia y entró por balcón abierto. El olor a violetas se hizo más intenso y sentí como si unos dedos recorrieran mi nuca con la levedad de una mariposa. El cielo volvió a cubrirse de nubes oscuras y ocultó el resplandor de Aldebarán.

Cerré los ojos con fuerza y los volví a abrir esperando encontrarme tumbado en la cama después de una pesadilla. Estaba de pie, en el mismo sitio. Pero el cuerpo, el doble de mi cuerpo, había desaparecido.

Runa se despertó de golpe, como quien ha escapado de un tenebroso sueño, se incorporó a medias y me contempló aturdida.
- ¿Qué haces ahí levantado? ¿Estás bien?
- Sí, no pasa nada, he ido a beber a la cocina y me he quedado un momento mirando a las estrellas.
- ¿Qué estrellas? Está todo el cielo negro.
- No te preocupes, vamos a dormir.

Runa se acurrucó junto a mí, su mano pálida sobre mi pecho me transmitía calor y comencé a relajarme. Antes de quedarme dormido, fluyó entre la oscuridad que apagaba mi mente el comienzo de la canción de The Doors, "This is the end", una vez más, como tantas noches en los últimos años:

"Es el fin, hermosa amiga
…de todo en lo que permanece, el fin…
                           Nunca más me miraré en tus ojos."

viernes, 30 de mayo de 2014

MORPHING

 
 
"Quisiera ser

parte de tu piel…"

   No sé por qué me estaba dando vueltas en la cabeza la dichosa musiquilla. Ese tipo de canciones nunca me habían gustado.
  Mientras tanto, el maldito guía afgano no paraba de insistirme: "Chew it, chew it".
Sí, sí, ya sé:"Mastícalo".


   No tenía ni idea de qué narices me había dado. De entrada, tenía la lengua adormecida y una vaga sensación pedregosa inundaba mi boca.
  Teníamos que permanecer casi inmóviles durante horas, bajo el sol de las llanuras desérticas, detectando movimientos de fuerzas hostiles en un barranco de arenas color rojo oscuro, como sangre coagulada. Aquel lugar era conocido como El Barranco de los Durmientes y estaba próximo a un tramo crítico de la Ruta Lithium, la carretera principal que recorría Afganistán de norte a sur.
 "Take it easy, my friend –continuó el guía–. Esto te ayudará a aguantar. Los talibanes están vigilando como nosotros". Con esto se refería a una mierda de raíces o yerbajos secos. Cualquier cosa, vaya usted a saber, en una tierra donde crece el opio como margaritas silvestres.
  Los dos solos en el borde de uno de las innumerables quebradas que agrietan Afganistan: un militar afgano haciendo el trabajo de guía y un servidor. Para ser precisos, en ese momento no estábamos lo que se dice solos: a unos doscientos metros se paseaba un nutrido grupo de talibanes armados hasta los dientes y, lo que era peor, estaban torciendo para dirigirse a nuestra posición.
  Ahora, además de la boca, comenzaba a perder sensibilidad en todo el cuerpo. El guía afgano permanecía agachado como yo en la entrada de dos pequeñas cuevas naturales medio ocultas por los arbustos. El guía tenía un nombre largo y de difícil pronunciación incluso en farsi, por lo que todos en la base le llamábamos Jaime. A él no parecía importarle.
  Asunto resuelto.
  Jaime me hacía ahora señas para que metiese más el cuerpo en la cueva. Y sonreía.
  Que el guía sonriese, en principio, era bueno; quería decir algo bueno. Pero esa sonrisa distaba mucho de tranquilizarme.  
  La cabeza me daba vueltas y mi visión se oscurecía por momentos.
  La maldita yerba… ¿Quién me decía que Jaime no era un talibán infiltrado? ¿Qué no terminaría en mitad de esta tierra en ninguna parte con la garganta rebanada?
  Empecé a deslizarme hacia abajo por el agujero estrecho de la cueva. La tierra cedía bajo mi peso y cada vez me hundía más en ella. Y tragando arena rojiza de paso.
  Me estaba asfixiando.
  "¿Seré gilipollas?" –pensé una fracción de segundo antes de perder el conocimiento.

  Es curioso como la falta de oxigeno cerebral dispara la evocación de recuerdos; todos los recuerdos: los buenos y los que aún siguen clavándote puñales. Y hasta los recuerdos de los sueños. El organismo lucha por mantener indemne hasta el último momento la memoria como si fuera la parte más importante de un ser humano que hay que preservar.
En un instante todo lo vivido, todo lo imaginado y todo lo deseado, se presenta en escenas aceleradas hasta la velocidad de la luz; estallando en explosiones de colores desconocidos. Mezclando tiempos y experiencias. Mezclando rostros y nombres. Libros, películas, pinturas...

 
   Era una tarde hermosa, cálida pero no sofocante, las olas tranquilas se rompían en la orilla con una espuma iluminada con tonos de arcoíris.
  Al interior de mi apartamento llegaban a través de la terraza abierta las notas de una canción pegadiza:
"Quisiera ser
  parte de tu piel…"
Yo estaba en calzoncillos, tumbado boca abajo en la cama. Sara tampoco llevaba encima más prenda que unas bragas boxer. Se puso a horcajadas sobre mi cintura y se inclinó para besarme la nuca; sus pezones me hacían cosquillas en los omóplatos.
- "Tienes un nudo en los músculos de aquí –dijo apretando con el dedo en un punto  situado en la mitad de la espalda–. Una buena pelota. No te cuidas las lesiones"
-"Bah –repliqué–, es por la tensión que llevo estos días. Nada que tus deditos mágicos no puedan aliviar".
-"Anda, mira qué bien. El nene quiere un masajito. ¿Y tú qué me vas a dar a cambio?"
- "El cielo. Voy a bajar el cielo y derramarlo a besos sobre tu piel."
-"¿Cuántas veces habrás dicho esas palabras?"
-"Nunca, es la primera vez. Sólo para tus oídos –dije girando más la cabeza y sonriendo."
-"No te creo, mentiroso."
- "No soy mentiroso. Soy complicado, pero no mentiroso."
-"Entonces, dime una cosa."
-"¿Qué, cielo?"
-"¿Me quieres?"



-
"No. Que no. ¿Cómo quieres que te lo diga?"
- "Pero, JM, llevas encerrado en ese refugio de la playa dos semanas en pleno invierno.
-"Estoy de permiso."
- "Vale. Entonces déjame que vaya a hacerte compañía unos días."
-"He dicho que no. No quiero estar con nadie."
-"Pero antes nos llevábamos bien. Antes de que conocieras a esa chica canadiense. Ahora tienes que seguir adelante. La vida sigue y los muertos no vuelven."
-"La chica canadiense tenía un nombre, se llamaba Rachel. Y he dicho que quiero estar solo. Lo siento, voy a colgar."


   Los ojos azulados, los rizos de su pelo rubio, los labios… los labios vencidos por el rapto ardiente de los míos.  Las máscaras ceden en la rueda de uno, cien crepúsculos, las lágrimas se deshilachan, los abrazos contienen vidas donde deseo irme lejos. En la piel que la luna plagiara, en las ramas suaves de los brazos  flotando en la cama, en la transpiración como rocío cubriendo los cuerpos de los amantes, en su lengua tibia sembrándome de estrellas.

-"Rachel, quiero que vivas conmigo. Quiero despertarme contigo. Quiero pasear de tu mano por el parque de El Retiro. Estar contigo en la cola del pescado."
-"Tonto… Ya nada me apartará nunca de ti."


    Nada. Excepto la hermana gemela ciega de la nada.
La oscuridad de los desaparecidos.
Y el amor que se enfría en un cuerpo abandonado.


    Todas las mujeres, las que he creído amar, las que han creído amarme, las que me amargaron un tiempo de mi vida, aquellas que olvidé…todas son una. Un rostro de polvo en un sueño. Una búsqueda que duele ya demasiados siglos.


    Rachel me mira desde el fondo de la oscuridad. Y me alza con unas manos extrañamente poderosas, enérgicas.
Y me arroja fuera del camino de los ahogados.
Pero no son las manos de ella.
Son las manos del afgano tirando de mi cuerpo. Sacándome del agujero.
-Vamos, my friend, come on, breathe, respira.
- ¿Y los talibanes? –pregunto, tosiendo, escupiendo tierra.
-
Disappeared.
- Disappeared
?
- Lejos. Se han ido ya. No hay peligro.
- ¿Iban hacia la ruta Lithium?
- No. Hacia el norte. A sus refugios.
- Gracias a Dios.
- ¿Estás bien, my friend?
- Pásame la cantimplora, Jaime. Cuando me hundí en ese hoyo no podía moverme. Entre la tierra y tus malditas yerbas estaba paralizado por completo.

 

- Esas yerbas te han salvado la vida. Redujeron tus constantes vitales al mínimo mientras pasaban cerca los talibanes.
- Entonces eres tú el que me ha salvado la vida. ¿Cómo sabías que podría sobrevivir?
- You don’t have to be fucking doctor House. Mi pueblo tiene también sus propios conocimientos de Medicina. No todos somos bárbaros.
- Ya. ¿Sabes una cosa Jaime?
- Qué, my friend
.
-
He tenido unas visiones muy extrañas. Creo que va siendo hora de regresar a mi país.
-¿Qué has visto? ¿Personas o animales?
- Personas. Rostros de mujer que se fundían en uno.
- Debes regresar a tu tierra. Si no lo haces ahora, puede que no regreses jamás. No pongas tu vida en riesgo otra vez.
- Es cierto, estoy mayor para estos trotes.
- Sí, my friend
.
-
Oye, no hacía falta que me dieras la razón.
- De verdad, my friend, de verdad, lo que creo es que tienes que marcharte. Regresa. Tu destino está ahora en tu país. Allí es donde encontrarás la voz que rompa el silencio.
- ¿Qué silencio, Jaime? ¿De qué hablas? ¡Qué entenderás tú de eso!

- Cerca de aquí se encuentran otras cuevas más grandes donde nuestros antepasados practicaban sus ritos mucho antes de que llegara el Islam. En sus antiguas creencias, se hablaba de los daakh, "los durmientes", espíritus del inframundo que eran responsables de los sueños. Todo lo que existe sueña: los seres humanos, los animales, los objetos. Los daakh toman distintas formas en los sueños, se aparecen como nuestros seres queridos o, a veces, como los más terribles demonios.
- Venga, vámonos de aquí, Jaime. Y no me cuentes más historias de vuestros ancianos. Me siento como si tuviera la peor resaca del mundo, vaya colocón, para haberla espichado.
- ¿Para qué?
- Palmarla, morirse, joder.
- Ah, ya. Por poco, my friend, por poco.