lunes, 14 de mayo de 2012

LA MARIPOSA NEGRA: SIGHT (1)



Todavía sobre el rellano que abocaba al arco de entrada de la oficina del Dukh, Mónica y yo seguíamos inmóviles bajo el conjuro de nuestros propios demonios internos. No sabía los pensamientos que fluían por la cabeza de Mónica, pero el ascenso por la siniestra escalera había sido para mí un viaje que drenaba la facultad de discriminar en la memoria lo muerto y lo perenne. Un trayecto que me arrojaba  al  infierno  de un pasado con el que había luchado cada día y cada noche para que no volviera a revivir.

Quala-e-Now, noroeste de Afganistán.
-    ¡Esos hijos de puta nos van a freír! –bramó el cabo Lobeira, escupiendo polvo– ¿De dónde han salido?
Nos habíamos metido en una emboscada de los talibanes, que se cebaban con las tropas regulares del Ejército Afgano emplazadas en la vanguardia. En principio, el fuego no iba enfocado contra el convoy de la OTAN, a pesar de la inmediata respuesta con nuestras ametralladoras y fusiles HK para apoyar a los militares afganos, pero eran numerosos los proyectiles y trozos de metralla que silbaban alrededor. De todos modos, nos encontrábamos bien parapetados y no cabía mucho más que hacer, aparte de aguardar el respaldo aéreo que se había solicitado al mando de la OTAN.
-    ¡Están masacrando a esa gente! ¡Intentaré llegar hasta los heridos que estén más cerca! –dijo Rachel gritándome al oído.
-    ¡Ni se te ocurra! –rechacé con firmeza–. De momento, hay que estarse quietos. Meterse allí ahora es un suicidio.
-    ¡Te digo que voy!
-    ¡Tú no te mueves de aquí! ¡Es una orden!
-    ¡Que le den a tus órdenes!
-    ¡Maldita canadiense cabezota! ¿Y yo he ido a enamorarme de ti a estas alturas? Debo de haberme vuelto loco.
-    Cálmate, amor mío, todo irá bien. Voy a pegarme a los BMR y, a su resguardo, haré lo que pueda para auxiliar a las bajas que estén a mi alcance.
-    Está bien, voy contigo. Pero yo voy delante. ¡Y no te separes de mí! ¿Llevas los hemostáticos?
-    En la bolsa. ¿Listo?
Entre los aliados afganos y nuestro equipo había un estrecho espacio y con una corta carrera tocamos su posición.
-    ¡No levantes la cabeza, Rachel!
La explosión de una granada, que había sorteado el vehículo blindado que nos servía de escudo, cayó a poca distancia levantando una nube de gases y partículas rojizas.
Cuando se disipó la polvareda y se aclaró la visión, Rachel estaba de rodillas con una mano ensangrentada apretándose la garganta.
-    ¡Dios mío, Rachel, déjame ver la herida!
Una esquirla asesina había hendido las ramas vasculares del cuello.
-    ¡Tengo frío, JM, abrázame!
-    Voy a examinarte…. ¡Es sólo superficial! –mentí–.Te colocaré un apósito y te pondrás bien. Nos van a sacar ahora mismo.
-    No siento nada, JM. No te veo, no te veo…
-    ¡Rachel, Rachel, honey, aguanta un poco más! –exclamé, roto de dolor, mientras trataba de comprimir desesperada e infructuosamente la hemorragia letal.
El rugido de los aviones de combate americanos F-15 volando sobre nuestras cabezas dio paso a las detonaciones del bombardeo de precisión.
-    ¡Suéltela, mi Teniente Coronel! –la voz del cabo Lobeira resonó atravesando  un inmenso vacío de irrealidad–. ¡Tenemos que retirarnos! La aviación ha barrido la zona y hay un helicóptero para trasladarla.
Seguía aferrado al cuerpo inmóvil de Rachel, con la cara y el uniforme empapados de su sangre.
-    Mi Teniente Coronel, deje que nos la llevemos –reiteró el cabo, suplicante–. Ya es inútil: está muerta.
“Está muerta, está muerta, está muerta.”


Antes de que Mónica lograra llamar, la puerta que daba al despacho se abrió hacia fuera con un chasquido seco.
-    ¡Venga! ¡Venir adentro! ¡Os estamos esperando hace rato!
Era el discurso inconfundible de Rima chillando a todo pulmón desde el interior.
Cualquier intento de replicar hubiera resultado en vano: el machaqueo del dirty dubstep, un tipo de música “dura”, atronaba en el recinto cerrado. Entramos despacio, sumergiéndonos en una penumbra pegajosa, y a punto estuvimos de tropezar con la escultura a tamaño natural de una pantera de mármol dispuesta sobre el suelo: símbolo o advertencia de que aquello, más que un simple despacho, era el dominio de un Khan, de un Señor –o Señora– de la Guerra.
Wooooaaaa Woooop
“… ha tenido que marchar un… –creí entender a Rima– pero… llega”.
Wooooummm, Wooop
La escasa iluminación provenía de algunas bombillas incrustadas en el techo que difundían una luz cenicienta pero cálida. Distinguí la estampa gótico-metalera de Rima, cómodamente instalada en un sofá de cuero junto a un avanzado equipo de alta fidelidad.
-    ¡Rima, por Dios, quita ese estruendo infernal y pon algo tolerable!
Rima obedeció en el acto. Ni Mónica ni yo habíamos pronunciado una palabra. La orden provenía del fondo de la habitación, atravesando una espesa cortina roja. Se escuchó el ruido metálico de un cerrojo al encajarse y la tela comenzó a descorrerse. Poco a poco fue asomando el marco de un rostro nacarado y el resplandor humeante de una mirada en la oscuridad. Los acordes iniciales de Esta mascarada, de George Benson, palpitaron apacibles en la estancia.
-    Mucho mejor –dijo la sombra, avanzando–. Vaya una manera de recibir a nuestros invitados.
La voz, de nuevo.
La voz que surgía de un velo, de un delirio, que brotaba de mí mismo.
Una voz, en impecable castellano, adornada por sutiles entonaciones eslavas, que había escuchado con anterioridad en lenguas extrañas. Un sonido que resucitaba los ecos de un amor sepultado por los escombros de un pasado recóndito. Un murmullo que despertaba también las inusitadas sensaciones que había experimentado hacía unos meses en mi último viaje de trabajo a Bélgica.


Me hallaba en  Bruselas, saboreando una taza de té en Bonjour Angélique, tras una reunión que había concluido prematuramente con agrias discrepancias. Aún era temprano y podía emplear el tiempo sobrante para hacer una excursión, ya que hasta el día después no tenía que retornar a España. Valoré si desplazarme hasta Namur, dar un paseo y admirar el tesoro del Priorato d’Oignies, pero, en última instancia, me decanté por visitar la ciudad de Brujas, a tan sólo una hora en tren.
  Me fascinaba aquel lugar: los verdosos  vientres de sus canales, las piedras húmedas de Historia… Se diría que cada rincón, cada fragmento, de la ‘Venecia del norte’, persistía inmutable en un mágico lienzo.  Una vez allí, como un espíritu sediento del sueño de la vida, mis pasos siempre me arrastraban a un punto que, más allá de cualquier creencia, se erigía en reducto de lo sobrenatural: la basílica de la Santa Sangre.
 Cuando ya avistaba las siluetas orientales de las torres que se elevaban sobre la capilla, me alertó el zumbido de mi teléfono móvil con un aviso desde España. Mientras respondía a la llamada, una anciana con pañuelo negro en la cabeza y raídas vestimentas se aproximó extendiendo una temblorosa mano.  Sin cortar la conexión, rebusqué monedas en mis bolsillos, extraje una de dos euros y se la entregué con tal de que me dejara hablar en paz.  Aceptó mi ofrecimiento, enderezó su encorvada espalda y dijo en francés “¡Mírame!” Sorprendido, contemplé sus marchitas facciones, sin acertar a comprender qué pretendía. Colgué el teléfono, al tiempo que la indigente me daba la espalda, pero, antes de distanciarse y desaparecer entre la multitud de la Plaza de Burg, se giró y volvió a mascullar:
 “¡Mírame! ¿Es que has perdido la vista?”
 “¡Pobre abuela! –pensé–. Padecerá Alzheimer o alguna otra clase de demencia”.
Traspasé, al fin, la puerta del templo y ascendí rodeado de visitantes hasta la planta superior. Conforme me adentraba bajo su techo neogótico, me asaltó una sensación indefinible de sosiego. Apegado a mis propios rituales, me coloqué en la cola que se encarrilaba hacia el relicario con las supuestas gotas de la sangre de Cristo, traídas por Thierry de Alsacia, conde de Brujas, en el siglo XII a su regreso de las Cruzadas.
 Al instante, percibí la presencia de una “anomalía”.
 Lo que atraía mi interés y provocaba cosquilleos en mi nuca, eran tres personas sentadas en una de las filas delanteras: una mujer de pelo rojo como el cinabrio,  un hombre de espalda hercúlea y, en el lado externo,  otra figura femenina con la cabeza agachada. Esta última, estaba envuelta en una capa de paño negro con capucha que ocultaba su fisonomía y recordaba a la imagen de un monje sumido en fervorosa letanía.
O una sacerdotisa en trance de invocación.
No andaba muy descaminado, porque al llegar a su altura recitaba una plegaria. Aquel rumor me resultaba familiar, poseía la entonación de aquellos sonidos ligados a profundas emociones en el pasado que nunca se desvanecen del todo de nuestra memoria.
 La mujer encapuchada ladeó  entonces ligeramente la cabeza hacia mí, lo justo para que lograra captar una fracción de sus rezos:
“Seigneur, Ton Précieux Sang… Donne la vie à ceux qui éprouvent une existence vide de sens”. (“Señor, Tu Preciosa Sangre… Da vida a los que sufren una existencia vacía”.)
Una mano cerrada emergió de sus ropajes oscuros, avanzando hacia mí como el vuelo de un pájaro vaporoso y pálido, y desplegó lentamente los dedos para descubrir  una moneda sobre la palma. Una simple y vulgar moneda de dos euros.
Una moneda española como la que yo había dado a la anciana.
Sin duda, aquella misteriosa persona me confundía con uno de esos fieles que recolectan  limosnas, pero, reprimiendo un primer impulso, no repliqué. Proseguí la lenta procesión con el resto de los devotos sin mirar atrás. Al descender de la plataforma, volví a fijarme en el banco, pero el curioso trío había abandonado la capilla.
Nunca me he desprendido de aquella moneda. No fue más que pura casualidad, pero la guardo en un estuche como un particular ‘souvenir’.



-    Siento mi retraso… – continuó la aparición, que iba poco a poco adquiriendo contornos de mujer a medida que penetraba en la habitación.
-    No te preocupes, acabamos de subir –dispensó Mónica–. ¿Qué tal, Sight?
-    ¿Cómo estás, querida Mónica? ¿Disfrutaron del espectáculo aquellos clientes que trajiste la última vez?
-    Ya lo creo – reconoció  Mónica–. Se quedaron embobados, como de costumbre. Y me dieron una buena propina. Pero, hoy mi acompañante, no es un cliente sino un viejo amigo, aunque a veces no sé cómo le aguanto. Lo he sacado de su refugio al lado del mar.
-    Lo sé, me he dado cuenta enseguida de que no era una visita de trabajo. Pero, perdón, quizás haya poca luz, voy a encender más.
-    Pues se agradece, porque esto está más tétrico que la tumba de Tutankamon –opinó Mónica, dando un repaso a Rima con mirada aprensiva.
-    Tú siempre tan ocurrente. Pero, tienes razón. ¿Está bien así? –consultó la mujer denominada Sight accionando un interruptor que hizo resplandecer una lámpara de mesa tallada en un bloque de cristal granate.
-    Estupendo –aprobó Mónica.
-    Son cosas de Rima –argumentó, Sight–, le gustan esas atmósferas para acompañar su música.
-    Es verdad –confirmó la rumana.
-    Me lo figuraba –proclamó Mónica con notoria mordacidad.
-    ¡A ti qué…!
Sight  se llevó un dedo a los labios y Rima enmudeció de inmediato.
-     Mónica –requirió Sight con delicadeza, conduciendo otra vez la conversación–, ¿es que no vas a presentarnos?
Un aura de ondulantes hilos rosáceos bordeaba a Sight, diluyéndose según quedaba expuesta a la luz y su aspecto físico se hacía visible.
-    ¿Estás segura de que quieres conocer a este pelmazo? –bromeó Mónica–.   Sight, te presento al doctor Sangrás,  “JM”, para los amigos.
Sight avanzó, dejando atrás la lejanía de un universo oculto. Su cuerpo, flexible, armonioso, estaba ceñido por un conjunto oscuro de pantalón y top con escote de aspecto vintage.  La cabellera nacía rubia, con vetas color miel, y cobraba tonalidades castaño al descender en revueltos bucles sobre sus hombros.
Me tendió la mano de un modo formal.
No reaccioné en absoluto.
Ella era la visión.
El sueño.
Los túneles de voces.
Y yo no existía, y a la vez vivía, en un estado sin límites, sin las fronteras exterminadoras de la materia.
Sight frenó la succión del abismo sin fondo que me absorbía con una mirada  de ternura que inundó mi lengua de un sabor a cerezas. ¡Bebía su mirada!
Débil, desconocido, extraviado, sentí el empuje irresistible de mis lágrimas, pero la fuerza que manaba de sus ojos azules y salvajes me contuvo.
-    ¡Oye, JM! ¿Va todo bien? –prorrumpió Mónica–. Se te ha puesto cara de breva.
Apenas entraron en contacto nuestras manos, retiré la mía con precipitación, incapaz de absorber más impulsos sensoriales.
-    Yo sé lo que le pasa –aseguró Mónica, en tanto que los demás seguíamos en silencio–: esta noche nos hemos topado con una chica rarísima, no veas qué cuelgue llevaba, y era clavadita a ti, Sight.
-    No. Sus ojos llameaban –dije, quebrando mi mutismo.
-    ¡Pero, de qué hablas…, si eran iguales que los de un pescado muerto! –exclamó Mónica con un respingo.
-    Quiero decir –rectifiqué, esforzándome en recobrar la calma-, que sus ojos, sus rasgos en general, tenían semejanza pero eran distintos.
Rima, que hasta el momento se había mantenido ajena, se levantó de un salto, dispuesta a relatar su versión.
-    Déjalo, Rima –atajó Sight–, será mejor que yo misma se lo explique.
-    Sí –dijo Mónica, dirigiéndose a Rima-, porque tú vas a embrollarlo todo.
-    ¡Que no me hables! –estalló Rima–.  ¡Pija!
-    ¡Y tú cateta, cenutria!
-    ¡Lista! ¡Sapionda!
-    ¡Zatknís! –profirió  Sight en ruso, resuelta a parar en seco la escalada de improperios–Cállate, Rima. Compórtate con nuestra visita.
-    ¡Pues que deje de insultarme!
Las pupilas de Sight se dilataron irradiando un fulgor dorado y Rima se refugió en su sofá encogiéndose como un negruzco ovillo.
-    La persona con la que os topasteis se llama Mavra –declaró Sight, todavía con una ligera huella de irritación en su rostro–. Mavra, La Oscura. Pertenece a mi familia, aunque últimamente desconocíamos por dónde andaba. Para ser correctos, es mi prima hermana, aunque cualquiera diría que somos mellizas. Hace unos años sufrió un grave trastorno psicológico y desde entonces ha ido a peor. Siento mucho que os causara dificultades.
-    No fue nada más que un susto –argüí, pretendiendo desdramatizar, pero sintiéndome incómodo–. Sin embargo, hay algo muy raro en el suceso, difícil de describir… Por fortuna, Rima andaba por allí y acertó a controlar la situación.
-    ¡Bah, era una simple lunática! –banalizó Mónica, restando valor a la intervención de Rima, a pesar de que la “simple lunática” le había apresado por el cuello.
-    Por desgracia, te equivocas, Mónica –contradijo Sight–. Es peligrosa. Muy peligrosa… pero, en fin, ahora estáis aquí. Por favor, sentaos y poneos cómodos.
Aparte del sofá que ocupaba Rima y el sillón de la mesa de despacho, sólo había un par de sillas de estilo clásico –y apariencia poco confortable–, por lo que nos mantuvimos en la misma postura.
-    ¿Os apetece beber algo? –sugirió Sight  con cordialidad, viendo que seguíamos como dos postes –. Mónica, ya sé que a ti sí, sírvete tu misma lo que quieras, ¿de acuerdo?  ¿Y tú, JM?
Antes de que pudiera abrir la boca, volvió a entrometerse Mónica, que no quería perder protagonismo.
-    JM suele beber muy poco.
-    Bien, pero quizás le agradaría probar un poco de mi vodka –dijo Sight, con una chispa de malicia–. La fábrica es muy popular en Rusia.
-    ¿Putinka? –aposté.
-    No. Stolichnaya Elit, de una producción muy limitada.
-    Qué coincidencia.  Es mi  favorito. Gracias.
-    No es coincidencia – manifestó Mónica–, es que se lo he comentado yo, como conozco todos tus gustos…
-    Debí de suponerlo, Mónica –me quejé,  iracundo–. ¡Estás más atenta de mí que si estuviéramos casados!
-    Ni lo sueñes, pajarito. Cualquiera te aguanta todo el día. – soltó Mónica, sin dejar escapar cualquier oportunidad de darme otro puntillazo.
-    ¡Ja, ja! –rió Sight de buena gana–. ¡Qué gracioso es veros discutir! Se nota que en realidad os tenéis mucho cariño.
-    Sí, son como el ratón y el gato –voceó Rima desde el destierro de su sofá.
-    Se dice “el perro y el gato”, rica –puntualizó Mónica.
-    ¡Miauuu! –se burló Rima.
Sight sacó de un mueble bar con un pequeño frigorífico una botella recubierta de escarcha y sirvió el líquido transparente en dos vasos cortos.
-    ¡Na zdorovie! –brindé, tomando un vaso y apurando el contenido de un trago, a la manera tradicional.
-    ¡Salud! –correspondió Sight, imitando mi gesto–.  ¿Hablas ruso? –dijo, después de un leve carraspeo
-    ¡Qué va! Apenas cuatro palabras. Sin embargo, tú hablas un español magnífico, aunque tu fisonomía es eslava, incluso con trazos asiáticos.
-    Buena observación, doctor. Aprendí el castellano con mi abuelo materno, que era español, de Burgos, creo, y se casó con una rusa. Mi madre nació en Uzbekistán  y mi padre también era uzbeko… Y yo soy kirguisa, es decir, de Kirguizistán. Es un poco lioso.
-    Una mezcla impresionante…  Con franqueza, me había hecho una imagen contraria de la propietaria del local.
-    Ah, ¿sí? –dijo Sight con una sonrisa que delató suaves trazos rasgados en sus ojos –. ¿Y cómo pensabas que era?
-    No sé, quizás, una mujer de negocios de mayor edad, con gruesas gafas y hasta con un enorme puro en la mano… o tal vez con aires de bruja por el tipo de espectáculo.
-    ¿Te parezco una bruja?
-    ¡Sí, sí, una bruja! –intervino Rima desde su rincón–. ¡Pero, la más buena de todas las brujas!
-    Ay, Rima –suspiró  Sight con desesperación–, no sé qué voy a hacer contigo. Nuestros amigos no comprenden tus chistes.
-    No es que no los comprendamos –precisó Mónica, tajante-, es que no tienen gracia.
-    Bueno, bueno, doctor…, JM, y yo ¿puedo saber algo de ti? –terció Sight para evitar otra confrontación.
-    Apuesto a que Mónica te tiene al día –contesté.
-    ¡Qué va, qué va! Únicamente me ha hablado de vuestra amistad y de tu trabajo en el hospital… ¿no es cierto, Mónica?
-    Ya se lo he dicho antes –corroboró mi amiga–. ¡Ah! Y del blog.
-    …Y de tu blog en internet…
Un beep, beep, repicó irritante. Sight se excusó, se puso detrás de su mesa de trabajo, y sacó un panel escondido debajo del tablero que resultó ser una pantalla de ordenador. Tras un vistazo rápido, volvió a ajustarla en su escondite. Al inclinarse, su pecho se destapó más y creí apreciar el margen superior de un tatuaje. Inspeccioné el relieve de su escote con mayor cuidado, pero con disimulo, confiando en vislumbrar la usual insignia de la mariposa negra, sin embargo, lo que se insinuaban eran los picos o florones de una corona nobiliaria. Mónica reparó en mi acción, pero, interpretándola de otro modo, enarcó las cejas con una mueca de censura.
-    Perdona, estabas contándome cosas de ti.
-    No, yo no contaba nada. Todavía.
Sight había dado dos pasos para ponerse de nuevo frente a mí. Al desplazarse, una tenue fragancia de violetas surcó a la deriva. Yo  pugnaba por retener mi aplomo sin entregarme a la neblina que emanaba de la hondura serena de sus ojos. Mónica agitaba el hielo de la copa ancha que sostenía y miraba el techo, absorta en un ilusorio planetario.
Sight.
La Vista.
-    ¿De dónde eres?  -indagó,  ignorando mi expresión anterior, un tanto áspera.
-    Nací en Madrid, si es eso a lo que te refieres.
-    ¡Madrid! Conservo muy buenas impresiones de esa ciudad –afirmó con entusiasmo–. Estuve varios años viviendo allí mientras realizaba un doctorado en la Universidad Complutense.
-    Yo estudié en la misma universidad. ¿Cuál fue el objeto de tu doctorado? – sondeé.
-     Historia Antigua –respondió, sin extenderse en  pormenores–. Lo que me recuerda que habíamos mencionado tu blog en internet.
-    No sé que tiene qué ver… es una página corriente, como tantas otras, con relatos poemas, recuerdos…
-    Pero da la sensación de que te has movido bastante por el mundo.
-    No mucho en la actualidad. Hasta hace poco, sí que solía viajar fuera de España con frecuencia –admití–. Formaba parte de mi trabajo en una ONG.
-    No sabía que la OTAN era una ONG –disparó Sight de improviso.
Me invadió una súbita rigidez  y miré con despecho a Mónica, que se encogió de hombros desconcertada.
-    ¿Cómo has averiguado eso? –la interrogué con desconfianza.
-    Era una mera suposición, por lo que veo, acertada. En tu blog aludes a Afganistán como si lo hubieras vivido en primera persona. También hay fotos  de una ciudad de ese país y en ella se ve a mujeres vistiendo burkas  “modernos”, inconcebibles en la época de los talibanes. Si has estado allí en los últimos tiempos, no ha podido ser como turista: está estrictamente prohibido. Hasta donde yo sé, subsisten pocas o casi ninguna ONG. En consecuencia, lo más probable es que hayas estado en Afganistán  como miembro de la ISAF, es decir, de la OTAN.
Mónica y yo nos miramos boquiabiertos ante la exhibición de lo que aparentaba ser un soberbio hilo de deducciones… aunque bien podría enmascarar que los datos se había obtenido de una forma no tan inocente.






domingo, 6 de mayo de 2012

LA MARIPOSA NEGRA: AVENTURA EN LA TIERRA DEL FUEGO



 Acababa de concluir un periodo de embarque a bordo de un buque que cumplía una campaña de investigación oceanográfica en aguas antárticas. Habían transcurrido varios meses navegando por el tormentoso Mar de Brandsfield y me desembarcaron en Usuahia, en la punta más austral de la Tierra del Fuego. Todavía conservaba vivas en mis retinas las imágenes sobrecogedoras de los icebergs de hielo azul, de sus amenazadores vástagos, los ʹgrowlersʹ, y de las espectrales apariciones de la aurora austral.
Deseaba un regreso tranquilo, saboreando los inacabables contrastes de la cordillera fueguina, los panoramas de los lagos helados y las caminatas a través de los bosques de lenga y canelo. Tras varios días en la zona, vagabundeando como cualquier turista, y reflexionando sobre cómo invertir mi tiempo libre, aposté por alcanzar la ciudad chilena de Punta Arenas y cruzar la Patagonia en autobús hasta el aeropuerto de Rio Gallegos. El ʹcolectivoʹ , como llaman allí al autobús,  estaba casi al completo, en su mayoría ocupado por habitantes de esas provincias, además de algún ave de corral que en ocasiones lograba liberarse de la prisión de su cesto. El viaje discurría con lentitud y normalidad, interrumpido por eventuales detenciones en encrucijadas próximas a pequeñas localidades. En una de esas paradas, subieron un hombre y una mujer  de edad madura y rasgos coreanos, acompañados por una joven que parecía ser su hija. Las mujeres se instalaron en unos de los pocos asientos libres, situados justo delante de mí, y el hombre se acomodó a mi lado. No había transcurrido ni una hora de marcha, cuando la joven se sintió indispuesta y el hombre tuvo que levantarse y mantener un precario equilibrio mientras trataba de atenderla y conversar con ella en su idioma. Yo había mantenido durante varios años una estrecha relación con nativos coreanos, cuando me entrenaba en taekwondo y hapkido, pero mi conocimiento del lenguaje se limitaba a unas cuantas formalidades y términos propios de las artes marciales. No obstante, me esforcé en hacerles comprender que era médico y que les ofertaba mi ayuda. El hombre me miró, hizo una leve reverencia y se expresó  en un español rudo pero inteligible. Agradeció mis intenciones y añadió que no eran necesarias porque sólo se trataba de un trastorno pasajero y ya estaba desapareciendo. En efecto, la joven recobró el color del rostro y bebió un sorbo de una botella de agua. El hombre volvió a sentarse y me dijo que se llamaba Kim y que viajaba junto a su esposa y su hija para que esta última fuese examinada en un hospital de Rio Gallegos. Padecía episodios súbitos de mareos y él mismo había comprobado que sus pulsaciones se comportaban de manera anormal. Ni la  acupuntura, ni el ʹAmmaʹ, ni otros métodos de revitalización energética, eran capaces de prevenir la recurrencia de los ataques. Por pura devoción  profesional, no pude menos que inquirir sobre las circunstancias de la enfermedad. Kim tomó mi curiosidad como muestra de genuina preocupación y, superando la natural reserva de su raza con los desconocidos, comenzó a deshojar fragmentos de sus vidas y de las circunstancias en las que había brotado la enfermedad de su hija. Al principio, pensé en algún tipo de crisis epiléptica, pero, como siempre, los datos de la historia en torno al origen de la afección serían claves para el diagnóstico.
 Kim y su esposa embarazada habían emigrado a Argentina en la década de los ochenta, alojándose en el barrio porteño de Coreatown. Las posibilidades de trabajo eran escasas y sólo lograron empleo en los servicios más humildes e ingratos, compartiendo fatigas con inmigrantes bolivianos. En esas condiciones, la mujer dio a luz y, transcurrido un año, acordaron trasladarse a una extensión montañosa de la Tierra del Fuego. Allí residían ya otros compatriotas, pues la región guardaba gran similitud con su población natal. Su hija siempre se había conservado sana hasta el inicio de los actuales síntomas, apenas hacía unos meses.
Me hallaba abstraído en el relato de Kim, barajando distintas sospechas diagnósticas, cuando el autobús se detuvo en seco al salir de una curva y se escucharon varios disparos que impactaron en el segmento delantero. Me asomé, medio agachado, para otear por las ventanillas y descubrí a tres hombres de aspecto miserable, vestidos con una mezcla de chaquetones, botas militares y raídas prendas civiles. Los tres aferraban sendos fusiles de asalto FAL y empezaron a ordenar a gritos que descendiésemos del autobús.  Obedecimos, entre gestos de pánico, chillidos y exclamaciones de  “¡nos van a matar a todos!” y “¡ya nos lo advirtieron las autoridades!”.  En el exterior, nos alinearon en una hilera y exigieron que depositásemos el dinero y nuestras pertenencias en el suelo. Yo estaba situado a continuación de Kim y su familia. Cuando uno de los atacantes desfiló a nuestra altura, se paró enfrente y deslizó un mugriento dedo sobre la delicada mejilla de la joven coreana.

(Realicé el mismo gesto que estaba describiendo sobre la cara de Mónica y ésta respondió simulando un exagerado estremecimiento).
 Noté que los músculos de Kim se tensaban.
-    ¡No está mal la chinita! –dijo aquel individuo con una carcajada, dejando al descubierto sus encías apergaminadas y una dentadura diezmada del color de la pólvora–-. ¿Qué os parece si  la llevamos con nosotros? –añadió, dirigiéndose a sus compinches, que celebraron a su vez con risotadas la propuesta.
-     ¡Espera –intervine–, deja en paz a la chica! ¡Tengo un montón de dórales en el forro del pantalón! –proseguí, adelantándome despacio y con los brazos caídos–. Puedes llevártelos y dejarnos marchar.
-    ¡Vaya con el  ʹgallegoʹ! –contestó el matón, al reconocer mi acento español–. ¡Venga, dame la plata!
Sin dejar de mirar el arma, me incliné para introducir la mano en el dobladillo de mis gastados pantalones  vaqueros.  El forajido trató entonces de manosear el pecho de la muchacha, que se encogió aterrada. Me enderecé enseguida, pero, antes de poder articular palabra, el repugnante individuo asió el  fusil con las dos manos y ejecutó un violento giro para golpearme en la cabeza. Volví a agacharme como un rayo y le asesté un puñetazo en el bajo vientre que le hizo soltar el FAL con un bramido de dolor. Pretendí apoderarme del arma, pero otro asaltante llegó corriendo por detrás y me propinó un violento golpe en la espalda con la culata que me llevó a estrellarme de bruces contra el terreno. Me esforcé por incorporarme, pero sentí el ominoso contacto de un cañón presionando sobre mi nuca.
-    ¡Date la vuelta!
 Me giré sin apresurarme y entreabrí la boca deslizando la lengua sobre el polvo de mis labios como si fuera la piel de una hermosa mujer donde depositaba mi último beso: estaba seguro de que me iban a pegar un tiro allí mismo.
 Una mariposa de alas oscuras aquietó su vuelo delante de mi visión, augurando la llegada de la muerte, pero el destello borroso de una sombra humana se interpuso entre nosotros con la agilidad de un depredador: Kim se lanzó como una exhalación contra mi verdugo y le descargó un puñetazo debajo de la clavícula, en el paquete vasculo-nervioso  emplazado debajo del punto llamado ʹde los mil placeresʹ o ʹcoin d’amourʹ, acompañado de otro impacto con la punta de los dedos en el entrecejo. No se molestó ni siquiera en comprobar las consecuencias, que ya suponía de sobra, y se abalanzó sobre el tercer atacante que, tras un segundo de estupor, abrió fuego sin precisión.  Kim brincaba de un lado para otro y yo aproveché la oportunidad para levantarme e intentar recuperar el fusil. En mi dirección, reapareció  tambaleante el sujeto a quien yo había golpeado y, sin cesar de moverme, le asesté un patada circular en la mandíbula, comprobando con satisfacción que varias piezas dentales putrefactas salían despedidas. Realicé una voltereta y agarré el arma como una náufrago la borda de una lancha. Comprobé que Kim no estuviera en la línea de tiro, mantuve el equilibrio, y efectué una ráfaga corta con el FAL que sacudió como a una marioneta al único agresor que restaba antes de caer muerto sobre unos arbustos.
 Los viajeros fueron recobrando gradualmente la serenidad y el conductor revisó el autobús en busca de posibles averías. Uno de los faros estaba hecho añicos y en el capó se apreciaban dos orificios  producidos por los balazos.  El motor arrancó, pero observamos que asomaban de manera esporádica hilillos de aceite ennegrecido.  Ante estos desperfectos, el conductor resolvió con buen juicio no seguir atravesando la Patagonia y retroceder hacia la población más cercana donde podría reparar el vehículo o pedir socorro a su central.  La travesía se nos antojó eterna y sofocante, hasta que arribamos a una localidad contigua al paraje donde habíamos recogido a la familia de Kim.
 Aguardamos a que el responsable del transporte procediera con sus gestiones, inmersos en una silenciosa incertidumbre. Me recosté en el rígido respaldo del asiento tratando de relajar la musculatura contundida.
-    ¿Cómo va tu espalda?  –inquirió Kim.
-     Bien, salvo por la losa con clavos que me está aplastando.
-     ¿Losa?... ¡Ah!, entiendo…un chiste español.
-     ¡Ya quisiera yo que fuera un chiste!
-    Estoy en deuda contigo por salir en defensa de mi hija –dijo Kim con gravedad–. Casi te cuesta la vida.
-    Que tú salvaste en el momento oportuno. Estamos en paz, Kim.
-     Déjame ver tu espalda.
 Me despojé del polo sudado y polvoriento que llevaba puesto y Kim recorrió con dedos firmes la zona lesionada para acometer con presiones las raíces nerviosas. Experimenté el alivio inmediato que provocaría la infiltración de un anestésico local.
-     Ahora, quítate una bota –ordenó.
 No adivinaba qué relación existía entre el músculo trapecio y mi pie, pero preferí no cuestionarle. Kim utilizó un dedo pulgar para ejercer compresión sobre un punto del talón.
-    ¿Mejor?
-    Mucho mejor – asentí, agradecido–.Me temo que he sido descuidado, todos los meses que he permanecido embarcado han debido de mermar mi entrenamiento.
-    No luchas mal, pero es un suicidio enfrentarse a hombres armados con las manos vacías.
-    No quería pelear, sólo pretendía que se conformaran con el dinero y se marcharan. De todas maneras, ¿tú qué habrías hecho?
-    Estaba dispuesto a atacarles –admitió Kim–. Quizás no de la misma manera que tú, pero lo hubiera hecho, aunque significara perder la vida.
-    Tú sabes combatir con una eficacia endiablada. Nunca había visto a nadie utilizar esa clase de técnicas.
-    ¡Ah, ja, ja! Tengo algo que proponerte, amigo español.

 
El resplandor de dos ojos como uvas carmesíes en la cabeza puntiaguda de un lagarto enroscado atrajo mi atención. Sólo era un teléfono, de supuesto diseño, acoplado detrás de la barra bajo un espejo de aguas mate en forma de T, que transmitía una llamada. Al mismo tiempo, la música evolucionó como un goteo hacia los paisajes oníricos de Kangding Ray,  flotando en cada átomo del Dukh: una selección bastante inaudita para un lugar de ocio; tan sólo mi amigo Héctor, el DJ del Brutus, me obsequiaba con esos temas cuando había poco público en el bar.  “Lo cierto –pensé, enarcando las cejas mientras suspendía mi relato– es que no puede sorprenderme ya nada de este lugar”. El camarero descolgó el teléfono y enfocó su mirada hacia nosotros. Con una seña, le acercó el estrambótico aparato a Mónica, quien apenas pronunció unas palabras.
-    Es Sight – reveló Mónica–. Dice que le agradaría mucho invitarnos a su despacho. “Si no es inconveniencia” –agregó, representando con los dedos unas comillas.
¿Cómo demonios sabía la dueña del establecimiento que estábamos allí?: las cámaras de video, cuidadosamente camufladas, eran una buena respuesta… sin mencionar que Rima había preguntado por “la jefa” en la entrada para desvanecerse acto seguido. Tanto guardaespaldas, tantas medidas de seguridad y tanto secreto, me estaban resultando cargantes por muy lujosa que fuera la sala de espectáculos.
-    Mira, Mónica, la verdad es que no tengo muchas ganas de invitaciones y visitas. ¿Por qué no te excusas diciendo que es tarde y que ya aceptaremos encantados otro día?
-    ¡Desde luego, qué arisco pareces, hijo! ¿Dónde está tu educación? Ya he contestado que subiríamos dentro de unos momentos. Hazlo por la buena marcha de mi trabajo –persistió Mónica, tozuda-. Además, creo que Sight es una de las pocas mujeres que conozco cuyo trato te conviene, aparte de mí, desde luego. Me da la impresión de que os llevareis bien. A lo mejor hago mal en presentártela, ja, ja…Pero antes que nada, tienes que terminar tu historia. Y no pongas esa cara, hombre –me espetó–-. Ya verás cómo te llevas una sorpresa.
-    No apostaría nada en contra… –refunfuñé, malhumorado–. Al final, siempre consigues liarme.
-    Venga, deja de protestar y sigue contando –ordenó Mónica.
-    No sé para qué… En fin –suspiré, aceptando lo inevitable–, ¿dónde me había quedado? Ah, sí…


 Después de una corta deliberación con su mujer y su hija, Kim optó por no permanecer allí más tiempo y emprender la vuelta a su domicilio. El área en que los compatriotas de Kim habían establecido un pequeño poblado distaba sólo una hora andando. La chica se encontraba restablecida y mostraba un aspecto muy saludable; ya acudirían al hospital con posterioridad, antes de que llegase la larga estación de frío. Kim me hizo ver que posiblemente el conductor habría informado a la Policía de los sucesos, en los cuales ambos nos hallábamos involucrados como protagonistas. A pesar de haber actuado en legítima defensa, al menos él no deseaba ser objeto de las complicaciones derivadas de una investigación policial. En cuanto a mí, me brindó la oportunidad de quedarme con ellos una temporada en las montañas. Comprendí que su oferta constituía un honor muy especial y la idea me conquistó de inmediato.
 Así fue como emprendí mi estancia con los coreanos en una aldea fueguina a la que accedimos por un sendero de guanacos, entre ollas rocosas y pequeños lagos nutridos por glaciares. Sumando mis vacaciones y permisos atrasados, disponía de dos meses libres. Sin embargo, un nuevo evento prolongaría mi permanencia mucho más de lo calculado: a los pocos días de llegar, la hija de Kim sufrió otro ataque con pérdida de consciencia. Al explorarla, constaté que, aunque aún respiraba,  el pulso era impalpable. Localicé el centro del pecho, puse una mano sobre la otra, y me dispuse a proceder con maniobras de reanimación cuando la joven recobró el conocimiento y tosió varias veces. Ahora, el pulso era irregular, pero poco a poco fue recuperando un ritmo y una amplitud de la onda normales. Pasé los dedos con delicadeza sobre su frente perlada por un sudor frío y despejé algunos mechones humedecidos de su pelo oscuro. La muchacha, aún desorientada, se incorporó en el suelo y me abrazó sollozando.
El contacto físico hizo emerger una cadena de  procesos sensoriales de carácter intuitivo desde los suburbios de mi cerebro: por unos segundos se agolparon en mis pensamientos secuencias de algoritmos  diagnósticos, mezclados con los antecedentes de la familia en Argentina que Kim me había narrado. Y entonces vislumbré una posibilidad que encajaba con todo: la Enfermedad de Chagas. El proceso consiste, abreviando, en una infección por parásitos que propagan unos insectos chupadores de sangre, conocidos en América del Sur como vinchucas o chinches gauchas. Recordé lo que Kim me había descrito: durante una temporada convivieron en penosos trabajos que duraban día y noche con inmigrantes bolivianos. La enfermedad era endémica en muchas comarcas de Bolivia, y  podía ser plausible considerar que  la hija del matrimonio coreano acabara contagiada por los insectos que los bolivianos albergaran entre sus ropas y prendas de abrigo. Sin tratamiento precoz, la infección entra en fase crónica y afecta a al corazón, provocando síntomas como arritmias y episodios sincopales, es decir, pérdidas de conocimiento. Existía una manera sencilla de confirmar el diagnóstico y una medicación eficaz para suprimir los síntomas. Decidí, por tanto, viajar a Buenos Aires y, una vez allí, acudir a la embajada española, donde tramité una solicitud de excedencia por un año. De paso, aproveché para adquirir un electrocardiógrafo portátil y llamar a mi hospital pidiendo que me enviaran por paquete urgente un envase clínico de ʹamiodaronaʹ, el medicamento capaz de suprimir los trastornos del ritmo cardiaco.
 Retorné a la aldea coreana cargado con el aparato y las medicinas y de inmediato realicé un electrocardiograma a la joven. El registro mostraba diversas alteraciones de la conducción cardiaca compatibles con la Enfermedad de Chagas y sin dilación le administré el medicamento. Discurrieron varias semanas y poco a poco los ataques se fueron distanciando hasta desaparecer, a la vez que el pulso se mantenía regular. Entre tanto, fui correspondido con el agradecimiento de Kim, quien me adiestró en los secretos de su arte de combate: el ʹSul Sa Doʹ primigenio, una suerte de ʹninjutsuʹ coreano que practicaban sólo algunos elegidos en un aislado territorio de su país. Sobrevino la época invernal y proseguí con la instrucción, que, a diferencia de los ʹdojosʹ bien equipados a los que estamos acostumbrados en Occidente, se realizaba en plena montaña o en los bosques y, con suerte, cuando las ventiscas no te permitían mantenerte de pie, en el refugio de piedra al que llamaban hogar. Con frecuencia, al finalizar la jornada, caía exhausto y lleno de moratones en el jergón y la hija, entre mis quejidos y las risas de sus padres, me frotaba con una loción de hierbas fuertemente aromática. Cuando Kim consideró que había progresado, me condujo también a una cueva cercana donde permanecía interminables horas a oscuras para, según él, “recuperar otros sentidos”. En aquella gruta, también me instruyó en el empleo de una modalidad ancestral de ʹmudrasʹ, que en Japón recibió entre los ninjas el nombre de ʹkujikiriʹ o ʹLos nueve sellos cortantesʹ
 
-    Un momento –interrumpió Mónica, atenta a los detalles de la narración–. ¿Qué es eso de los ʹmudrasʹ?
-    Los ʹmudrasʹ son –intenté, esclarecer–, en este caso, gestos de poder que se llevan a cabo  con las manos. Con ellos, se pretende canalizar la energía interna hacia cualquier parte de nuestro cuerpo o hacia el exterior de modo casi instantáneo. Pero para obtener éxito hay que ensayar antes infinidad de veces. En realidad, el proceso es muy interesante y lógico, ya que se basa en la repetición de engramas hasta que las acciones surgen sin pensamiento, como un movimiento de danza. Es decir –me animé a profundizar–, el cortex prefrontal es puenteado y…
-    ¡Vale, vale! –cortó, Mónica–. No te emociones, que te veo venir. Ya he captado la idea, creo.
-    ¿En serio? –repliqué-. ¡Vaya! No es fácil de entender. Otro día, si quieres, continuamos con el asunto.
-    Sí, otro día. No te apartes de la historia.
-    Ya estaba terminando…
Emprendí  la última etapa, donde, aparte de los sistemas de meditación y de los ʹmudrasʹ, se suponía que debía obtener o avivar algún sentido extraordinario. Hasta hoy, lo único que con certeza sé que se despertó son estos inoportunos dolores de cabeza.
-    Yo diría que algo más –apuntó Mónica con sagacidad.
-    Para ser sincero contigo, hay  circunstancias fortuitas en las que  experimento alteraciones visuales, e incluso auditivas. Por ejemplo, puedo “palpar” los sonidos y ver palabras escritas, números, e incluso zonas del cuerpo, iluminados en colores que en realidad no existen.
-    ¿Tienes algún problema en el oído o la vista?
-    No, son perfectamente normales. Bueno –confesé–, ya sabes, necesito gafas para leer pero...
-    En serio –insistió Mónica–. ¿No tendrás también esa clase de dones…?
-    No, nada de  eso. No puedo ver el futuro, ni detrás de las paredes, ni meterme en la cabeza de nadie. Es un fenómeno neurológico, inusual  pero no extraño, que se llama sinestesia.
-    Tú le encuentras  a todo una justificación científica.
-    Como debe ser.
-    No voy a discutir…Pero, ¿sabes?, es curioso, el verdadero nombre de la dueña del Dukh es Tatania, aunque se hace llamar Sight. Por supuesto, sabes qué significa Sight en inglés…
-    Sí: “Vista”.
-    Yo no tengo dones, qué envidia.
-    Sí que los tienes, Mónica: tu pintura, tu habilidad para captar la esencia de un retrato o un paisaje.
-    Bah, pero si no valen gran cosa. No vendo ni uno –gimoteó.
-    No estoy de acuerdo, a mí me parecen muy buenos. Me encanta ese que me regalaste de una pareja abrazada entre la niebla, no se ven los rostros, seguro que me lo diste porque sabes que me gustan esos ambientes de misterio.
-    Lo seguro es que eres tonto –exclamó cortante.
-    ¿A qué viene eso ahora? Te estoy diciendo de verdad que me gustan tus cuadros.
-    Anda, no seas pelotilla, aunque me gusta que me digas alguna cosa bonita de vez en cuando… Acaba tu narración.


Llegó, en fin, el tiempo de marcharme y volver a España, no sin antes recomendar a Kim que visitara con regularidad  un hospital para controlar el tratamiento de su hija… 

 
-    Y eso es todo… –concluí, acompañado de un ademán expectante con las manos–. No sé si ha sido pesado.
-    Qué va, es fantástico –exclamó Mónica con sincero entusiasmo–. Es como una novela de aventuras. Y encima, me he enterado de unos cuantos secretitos. Pero tengo la sensación de que has resumido el final  y te has guardado unos cuantos detalles.
-    Te he explicado lo que es importante –atajé, quizás arrepentido de haberme extendido en exceso–. ¿No tenemos una cita? Es una descortesía hacer esperar a la “jefa” –añadí con sarcasmo.
-    ¡ Ja, ja, qué cumplidor eres cuando quieres zafarte de algo que no te apetece! Está bien, vamos –aceptó, condescendiente–. En cualquier caso, creo que las lecciones de kung-fú  –dijo, adoptando una pose a lo Bruce Lee–, o como quiera que se llame…no fueron lo principal que aprendiste en esas montañas. ¿Me equivoco?
-    ¿Sabes, Mónica?, eres mucho más lista de lo que te empeñas en aparentar.
-    Viniendo de ti, lo tomaré como un cumplido.


La sala se doblaba en un extremo para acabar en un trayecto cegado. Sin embargo, a cierta altura, emergía del muro de granito el contorno elíptico de un ventanal tintado.  A su derecha, despuntaba el brillo mórbido de una puerta lacada en negro. Desde allí, brotaba la curva de una escalera que imitaba la cola de un enorme reptil. Mónica subió delante de mí, vacilante, aprensiva, tanteando los escalones arqueados.  El pasamano de madera reproducía los relieves de una coraza de escamas y los balustros poseían el aspecto de gárgolas invertidas. Se diría que detrás de la puerta se levantaba un escenario acorde con los universos más tenebrosos de Clive Barker.
En el umbral, Mónica se volvió hacia mí antes de llamar y me miró con profundidad. Hubiera jurado que sus pupilas irradiaban una inmensa tristeza.




domingo, 29 de abril de 2012

CONFIDENCIAS


Paso por las oscuras sedas de las líneas,
por en el candente universo de tu interior,
por tu cuerpo recogido en mi  imaginación
retándome a descifrar cada silencio.

En los mensajes veo
el reflejo de tus ojos,
la negrura intacta de ocultos preliminares,
la  huella de pasajes retorcidos
que conducen a un paraíso violeta.

Sueño con tus labios que hacen imposible
una huida,
con el deseo que toca tu sombra,
con caricias de mariposa y boca
urgente de mar,
con el remoto secreto de una pasión.
 

domingo, 22 de abril de 2012

HAPPY HOUR


No era ni muy joven ni demasiado guapa, pero el vestido ajustado a su cuerpo permitía exhibir unas curvas provocativas capaces todavía de hacer arder el deseo de cualquier hombre. Los muslos firmes y tersos que quedaban al aire y el escote permitiendo ver los senos apretados y turgentes añadían un toque de vulgaridad obscena que excitaba aún más mi morbosidad.
No era culta, ni pretendía serlo.Era carne de sábado, de disco bar con sesión de salsa, de  happy hour y bandeja de saladitos gratis.
Hicimos el amor en un hotel cerca de la Plaza de Santa Ana a la hora en que comenzaban a poner los croissants en los carritos del desayuno. Nada fuera de lo corriente en las madrugadas madrileñas. El mismo lugar donde había estado otras veces.
Una noche más en cielos que huelen a hambre de piel y a perfume de Christian  Dior.
Solo en una ocasión no pude acostarme con la mujer que me acompañaba: era demasiado dulce, sus ojos  se abrían a mi dolor con el mismo reflejo que aquella otra a quien había amado tanto.
Pero el resto de las veces que pasaba por Madrid y ponía fin a una noche de olvido y hastío hacía exactamente eso: acostarme con un cuerpo de mujer, o buscar un sitio para follar, si quieres que te lo diga claro.
Cada vez que volvía a pasar por el mismo túnel de máscaras y lascivia me asqueaba más. Me sentía más y más sucio.
Hubo noches en que no podía empezar o, por el contrario, terminar. Hasta que atraía
hasta las sábanas el recuerdo de la mujer muerta, de la mujer fantasma. Entonces todo iba muy rápido.
Ahora ya casi no voy a Madrid. Y cuando lo hago no paso de tomar una copa o dos en la vieja Tula, donde las hijas han sucedido a las madres. Donde un día soñé con besos y versos y ahora me apoyo, cansado, sobre la barra y trato de limpiar una y otra vez manchas de sangre imaginaria.
No, no hay en mí mucho de buena persona.




jueves, 12 de abril de 2012

LA MARIPOSA NEGRA: EL DUKH (y 2)


Con una mueca burlona, Mónica dio por concluidas sus confidencias y se volvió de espaldas, atrajo la atención de un camarero, pidió un par de bebidas y se puso a conversar con él como si fueran íntimos de toda la vida. Sin embargo, a los pocos minutos se giró de nuevo, sonriente, y me alargó una copa. El cristal del vaso estaba moteado por partículas doradas que resplandecían con la luz mortecina del local.
-    Gracias, Mónica. Voy a pagar y si quieres buscamos una mesa –propuse, dejando patente que mi enfado se había evaporado.
-    Aquí estamos mejor si quieres ver de cerca el espectáculo. Y no hace falta que pagues nada, estamos invitados.
-    ¿Sí? Estupendo, pero, ¿a qué viene esa atención?
-    Siempre me invitan –reveló–. Ten en cuenta que a menudo les proveo de buenos clientes.
En el fondo, no podía evitar cierta sensación de incomodidad porque ella se desenvolviese en aquel lugar como pez en el agua, en tanto que yo me sentía como un intruso en una jugada cuyas reglas desconocía. Mi desazón se vio acentuada por un fugaz estremecimiento, indicándome que, una vez más, estaba siendo vigilado de modo intenso y furtivo, aunque en esta ocasión, lejos de ser asaltado por vibraciones hostiles o desagradables, me arropó la densidad cálida y serena de un invisible abrazo.

Cesó la música y varios haces luminosos enfocaron la pista, anunciando una nueva función.  La artista se desplazó despacio en el interior del círculo, envuelta en una túnica que transparentaba la plenitud de sus músculos. Ondeó la cabeza, despejando los mechones de pelo alisado y caoba que velaban sus rasgos asiáticos. La explosión de un destello descubrió un bruñido cáliz de cristal en sus manos, una de las cuales estaba enfundada en un guante negro. Acercó unos temblorosos labios al borde sin llegar a rozarlo, susurrando quizás un conjuro silencioso, e inhaló el vaho de un líquido incoloro. De inmediato, escupió una nube de pétalos ardientes que permanecieron flotando por encima de su cabeza hasta adoptar la forma de un rostro femenino. La imagen volátil se fragmentó en multitud de minúsculas réplicas que cobraron vida para salmodiar un coro de sonidos vibrantes y monótonos. Todo el cuadro se disolvió emanando un fugaz olor a ozono, y en el aire brotaron serpientes azufradas que se desplomaron con el goteo de una lenta hemorragia. Las luces se apagaron y volvieron a brillar al tiempo que resurgía la música ambiental. Pero la mujer ya no se encontraba allí. Tras el golpe visual, los aplausos resonaron con fervor. 

-    Se llama Drak –musitó Mónica, complacida con su papel de guía personal–.  Y es una de los guardaespaldas de Sight, además de Sergei, por supuesto.
-    ¿Es que necesita ir escoltada? –inquirí.
-    Sight es una mujer de negocios, con establecimientos y sociedades en todo el mundo. Esa clase de empresarios suele precisar protección, todavía más si es mujer.
-    Entiendo. Me imagino que tratará con personas de todas las condiciones y nunca se puede estar seguro de la intención que esconden. Pero, ¿de dónde habrá sacado a las que trabajan en estos espectáculos?
-    Verás, al parecer todos tienen en común poseer algún tipo de don.
-    ¿Un don? ¿Qué quieres decir?
-    Una facultad, una habilidad fuera de lo corriente.
-    Te refieres  a la capacidad de ejercitar trucos…
-    No, no son únicamente trucos, al menos no en su totalidad. De hecho, son seres que en su mayoría han sufrido rechazo o marginación debido a sus propias cualidades. Muchos de ellos vivían casi en la pobreza o en la clandestinidad.
-    ¿Y cómo han llegado a parar aquí? –pregunté cada vez más intrigado.
-    Sight  es su protectora. Ha recorrido todo el planeta, no sólo ciudades y  regiones turísticas usuales…, bueno tú sabes bien a lo que me refiero. Yo diría, incluso, que los iba buscando. Cuando localizaba alguno, les ofrecía cobijo y empleo.
-    Nunca había oído hablar de un benefactor de esa clase. Bueno, salvo los que  deciden instalar un circo… ¡Me tomas el pelo, Mónica!
-    ¡Oye, que es verdad! –dijo propinándome una ligera palmada en el pecho–. He traído en varias ocasiones a clientes acaudalados que deseaban conocer otros aspectos curiosos de la ciudad, además del legado arqueológico. No siempre es sencillo entrar aquí y en mi primera visita tuve que entrevistarme con “la jefa”, como ellos acostumbran a llamarla. Más tarde, en el transcurso de otras conversaciones, me relató lo que te acabo de explicar. Estoy habituada a relacionarme con toda clase de gente y te aseguro que no me produjo la impresión de que estuviera intentando endosarme cualquier embuste. Es más…
-    Esa mujer…–interrumpí–. Perdona, sigue.
-    No, no, ¿qué ibas a decir?
-    Nada, que esa mujer  parece un pozo de enigmas.
-    Sí. Y, además –continuó, acercando sus labios a mi oído–, yo creo que ella tiene también algún instinto peculiar para distinguir a cualquier individuo que posea esos dones tan especiales.
No cabía duda de que a Mónica le encantaban ese género de habladurías, y yo no tenía ningún problema en seguirle la corriente.
-    Desde luego –corroboré–. Si no, no se comprende que haya reunido a tantos, según dices. Me figuro que no se encuentra uno con ellos dando un paseo.
-    En cierto modo, tú también tienes alguna faceta semejante.
-    ¿Yo? –exclamé, atónito– ¿Cuándo me has visto hacer trucos de magia?
-    Tus dolores de cabeza… Tus presentimientos… A veces me das miedo.
-    Qué tontería. Eso es como el que le duele la rodilla cuando va a cambiar el tiempo. Las migrañas pueden ser provocadas por estímulos…
-    No me coloques una de tus disertaciones médicas. Te conozco bien y tienes que aceptar que eres bastante raro.
-    Yo no. Mis antepasados sí que eran misteriosos, o, más bien, proclives a profundizar en las simas de lo esotérico. Precisamente por eso, procuro huir de las presunciones que no se fundamentan en evidencias racionales.
-    ¿Y esas extrañas técnicas de lucha que practicas? –insistió Mónica, dispuesta a no darse por vencida.
-    No hay nada extraordinario en ellas. Es sólo adiestramiento. Desde muy joven me gustaron las artes marciales y no he dejado de entrenar nunca. Aunque, para ser sincero, escondo un pequeño secreto…
-    ¡Ay, cuenta, cuenta! ¡Me encantan tus secretos!
 

 Los reflectores lanzaron varios fogonazos sobre la pista circular, los sonidos volvieron a secarse abruptamente en los altavoces y un cañón vomitó una cortina de humo. Sin más preámbulos, hizo su entrada una mujer de larga cabellera oscura iluminada por abundantes hebras plateadas. Tan sólo dos dilatadas y vaporosas bandas de gasa, que flotaban como cascadas tras sus pasos, se ceñían sobre sus caderas y senos. A lo largo de las piernas se estiraban sinuosos tatuajes en forma de enredaderas y, en la cúspide del pecho, el dibujo de la mariposa negra que, a estas alturas, consideraba ya la marca de la casa. La expectación en la sala sobrevolaba las sombras y el silencio. La luz tiritó, ensangrentada, espesa. Esperaba el  hechizo de una danza del vientre, pero la música llegó como el tañido de una campana en la tormenta. Y luego, una melodía de ritmos suaves y pegadizos con matices orientales que no me resultaba desconocida: “Metamorfoz”, de Tarkan.  La letra de la canción estaba en turco pero recordé que el estribillo decía en  español “Ella piensa que es la reina de este mundo”. Bajo el influjo de los latidos musicales y el resplandor nebuloso en torno a la piel bronceada de la artista, se diría que la oscuridad cobraba vida y se encarnaba en el cuerpo de una amante destructora y al mismo tiempo coronada por una belleza voluptuosa y arquetípica. “Seguro –pensé- que hay maneras más rápidas de matarse que tener una aventura con una mujer como esa.”Sus dedos de arena recrearon  torbellinos que expandieron ondas en los hombros y en la cintura. Enseguida, emprendió un movimiento de rotación como el baile de un derviche y fue agachándose sin cesar de girar hasta flexionar casi del todo las rodillas. Mientras se movía, me lanzó un vistazo eclipsado que encendió una involuntaria respuesta en mi interior:
“¿Qué vas a mostrarme? -pensé- ¿Cómo exprimes el dolor  y lo balanceas a favor del viento que arrastra tus oscuras gotas? Yo también puedo hablar de eso, pero no será ahora y no será  contigo, bailarina de terrores antiguos.”

 El burbujeo de una tormenta lejana fue solapando la música y otra descarga de humo artificial sumió  el espacio en tinieblas purpúreas. Cuando retornó  la claridad, sólo la presencia de una esfera de nácar ocupaba la pista. La esfera palpitó, se agrietó y la artista resurgió de su interior esparciendo fragmentos blanquecinos. Al incorporarse majestuosamente, creí vislumbrar las alas de un gigantesco murciélago, pero al disiparse el humo por completo, pudimos apreciar que la bailarina exhibía las suaves alas de una mariposa floreciendo de su espalda desnuda. Ladeó con lentitud la cabeza, hasta que esta vez sin disimulo proyectó sobre mis ojos las centellas de una mirada maléfica, sin fondo. En los límites petrificados de mi mente, convertida en un solar irreal, asomó una cita evangélica: “Mi nombre es Legión, porque somos muchos”.
-    Su nombre es Gianna – comentó Mónica–, y el espectáculo se llama…
-    Metamorfosis –me aventuré a adivinar.
-    Exacto. Muy observador: la metamorfosis de una crisálida escapando de su capullo convertida en mariposa. ¿Qué te ha parecido?
-    Que la artista es una bailarina extraordinaria y los efectos especiales asombrosos. Su nombre también es precioso y apropiado para un una mujer-mariposa, o demonio o ángel que ni siquiera Swedenborg hubiera sabido dónde ubicar en su Arcana Celestia.
-    ¿Quién es Swedenborg? –preguntó Mónica.
-    Un visionario sueco del siglo XVIII, entre otras cosas. Tengo algunos libros suyos en casa –contesté, distraído.
-    Lo suponía… Qué, JM –exclamo Mónica dándome un codazo–, veo que te has quedado impactado con esta escena.
-    Esa bailarina emana una enorme fuerza interna, la energía de un volcán a punto de estallar.
-    Sí, tiene el atractivo de un tornado y la dulzura de un escorpión. Ya me he dado cuenta del juego de miraditas que te traías. A ti lo que te pasa es que estás salido.
-    No te cortes, Mónica, no te cortes, mira que eres bruta. No se puede hacer un comentario contigo. Ya adivino que es una compañía peligrosa.
-    Entre el personal del Dukh –cuchicheó, agrandando los ojos– se rumorea que Gianna piensa que es ella quien debería desempeñar el puesto de Sight.
-    ¿En el negocio?
-    Sí, en el negocio.
-    Me parece que esto es más que un simple negocio.
-    Mira, JM, a mí me da igual. Lo que interesa en mi trabajo es que en esta ciudad haya atracciones de calidad. Pero, venga –añadió, pasándose las manos por los rizos que caían en su frente–, suelta ya ese secretito que ibas a confesarme.
-    Ah. Si son sucesos del pasado sin trascendencia… Igual te aburro.
-    No intentes evadirte, empieza.
-    Está bien, como quieras –cedí, a sabiendas de que ya no tenía escapatoria–. Lo que te voy a narrar sucedió hace ya unos cuantos años…




lunes, 2 de abril de 2012

LA MARIPOSA NEGRA: EL DUKH (1)

El corazón del casco antiguo se hallaba en la cima de un pequeño monte. En el mismo emplazamiento, los primeros fundadores de la ciudad habían erigido un inmenso altar donde, según relataban las crónicas romanas,  la luz de la luna despejaba la boca de un vórtice sediento que transmitía los ecos de ceremonias bárbaras hasta los reinos de dioses innombrables. La calle que transitábamos no era demasiado amplia, sin embargo las losas del pavimento eran recientes y lustradas hasta reflejar un brillo de hielo. Edificios de escasa altura fluían paralelos, haciendo alarde de grandes cristaleras opacas y portales de mármol grisáceo con videocámaras de seguridad. La zona había sido sometida en los últimos años a un proceso de remodelación y se había convertido en un barrio suntuoso y de moda.
-    El Dukh está a la vuelta de esa esquina –dijo Mónica, frenando su marcha y obligándonos a detenernos.
-    Menos mal que llegamos –gruñí.
-    No reniegues tanto y deja que te arregle un poco. A ver… Sácate la camisa por fuera, hombre, que pareces un carcamal –sentenció, a la vez que me introducía los dedos por la cintura del pantalón  y tiraba de la camisa.
-    Pero si llevo chaqueta –protesté.
-    Entonces será mejor que te la quites, con el calor que hace…
-    Pues yo lo veo bien –intervino Rima.
-    Tú qué sabrás, si vas vestida como una hortera –refunfuñó Mónica.
-    Que no me insultes  –replicó Rima blandiendo un puño–. ¡Y deja ya de meterle mano!
Mónica se aprestó a refugiarse detrás de mí mientras  yo me quedaba boquiabierto ante los conocimientos prácticos de castellano de la rumana.
-    Haz el favor de controlar a tu fiera, JM –dijo Mónica, recobrando su humor habitual.
-    Parad de comportaros como crías.  Yo voy bien así. Estoy seguro de que ese bar será más refinado que el Brutus.
Y no estaba equivocado. Pero no sólo en un sentido estético, sino también en otros que no podía ni sospechar.
El muro frontal del establecimiento parecía augurar la existencia de un lugar que se erigía sobre los cimientos de lo insólito. Desde la parte superior descendían   guirnaldas de pequeñas baldosas que se rizaban entre sí como estelas de un mar roto y sombrío. Incrustado entre las piedras de color greda volcánico, brillaba un bloque de porcelana con el nombre del local, el Dukh, y debajo podía leerse  Bar Show.
 Dukh, si no me traicionaban los vagos conocimientos de idioma ruso adquiridos hacía tiempo durante mis estancias en países de la antigua Unión Soviética, significaba espíritu o quizás fantasma.
En el marco superior de la puerta, sobresalía, a modo de emblema, el talle de una gran mariposa negra. La única relación que acertaba a establecer entre la figura y el nombre del bar era que las mariposas representan en ciertas culturas a las almas de los muertos. Debajo del escudo, se alineaba una inscripción con extraños grafismos que recordaban a una mezcla de escritura árabe y cuneiforme. Los signos aparecían pintados de tonalidades chillonas,  desentonado con el resto de la decoración.
-    Fíjate, Mónica –musité inclinándome hacia ella–, esa especie de grafiti de colores en la parte superior de la puerta…, no pega nada con el decorado tan esmerado del exterior.
-     ¿Qué dices? –replicó Mónica– Yo no veo letreros de colorines en ningún lado… Déjate de guasas, ya hemos tenido suficiente esta noche.
Hablaba completamente en serio, pero opté por no insistir. Mónica llevaba razón: ya habíamos tenido bastante.
En el corredor de acceso, una  plancha de metal dorado anunciaba “Abierto todas las noches” y más abajo advertía “Reservado socios e invitados”. Con tales indicios, resultaba obvio suponer que se trataba de un lugar a todas luces exclusivo y caro. La presencia del portero, ataviado con un congruente traje oscuro de corte irreprochable, contribuía a cimentar mis conjeturas.
 No me preocupaba que una copa costara tres o cuatro veces más  que en el Brutus, pero nuestro aire de trío estrafalario y promiscuo no incitaba en absoluto a que fuéramos considerados unos clientes VIP.  El semblante  del  individuo apostado como guardián del umbral, hosco, con facciones de guerrero mongol, unido a la enérgica postura de su monumental complexión, no contradecía mis razonamientos. “Parece     –pensé, pese a todo divertido por la singular escena que componíamos– que hubieran puesto a la mismísima montaña de Hindu Kush, ‘la asesina’, en vez de un portero”.
  Otro individuo, con gorra de plato y unas llaves en la mano, asomó desde la esquina. Noté que no había coches estacionados en la entrada y deduje que el local debía de poseer su propio aparcamiento. Las facciones del aparcacoches me resultaron familiares  y hubiera jurado que se trataba del mendigo que, con notable corrección, me había abordado una tarde a la salida del Brutus para prevenirme de que estaba siendo seguido por dos extraños. El sujeto dio media vuelta y volvió a perderse en el lateral del edificio, sin que tuviera tiempo para confirmar mi percepción. En cualquier caso, habíamos llegado ya hasta la puerta.
-    Hola, Sergei –saludó la rumana.
-    Buenas noches, señorita Rima –contestó el portero con un vozarrón y marcado acento, pero con tono respetuoso, a la vez que franqueaba el paso.
-    Hola, Sergei –repitió  Mónica.
-    Hola, Mónica. ¿Cómo está?
-    Bien. Hoy no es una visita de trabajo, vengo con una persona muy especial.
-    Oh, sí, comprendo.
-    No, mira, es un buen amigo, mi mejor amigo. Sergei –me aclaró Mónica– es el encargado de seguridad y hombre de confianza de la dueña.
-    Comprendo, gracias- intervino el portero. 
-    Sergei –continuó Mónica con una sonrisa–, te presento a JM.
-    ¿JM? ¿Es un nombre español?
-    No, no, Sergei. Es que los amigos siempre le llamamos así, es un apodo, ¿entiendes?
-    Sí… Comprendo, comprendo. ¿Cómo está usted, señor? –dijo, extendiendo una mano descomunal.
-    Mucho gusto en conocerle –contesté.
 Respondí a su gesto y sentí que una poderosa presión atenazaba mi mano.
Después de los recelos iniciales, me quedé perplejo al constatar que no sólo éramos bien recibidos, sino que mis acompañantes trataban a aquella especie de anomalía de la naturaleza con indudable confianza.
Desde dentro, Rima se giró mirándonos con muestras de impaciencia.
-    ¿Está la jefa, Sergei? –preguntó la rumana.
-    Sí. Está arriba.
-    Gracias. ¿Y vosotros a qué esperáis? –nos espetó.
Sergei mantuvo abierta la pesada puerta y penetramos en el mágico territorio del Dukh.

El lugar albergaba un espacio muy alejado de todo lo común. De las paredes crecían tallos de plantas umbrías, como venas retorcidas, enmarcando murales que reproducían sensuales siluetas humanas al estilo de los mosaicos de Klimt. La semioscuridad desaparecía alrededor de numerosas vidrieras elípticas desde donde emanaba una claridad húmeda y, bajo la vacua luminosidad, me inundó la asfixiante aprehensión de que nuestros espíritus estaban siendo reconocidos y pesados. Las mesas de madera con tonos cereza y las lámparas tiffany  desprendían un vago ambiente Art Déco.
 La mezcla en su conjunto no resultaba disonante pero, de algún modo que no aceraba a definir, me provocaba la sensación de deambular por las entrañas de un monstruoso animal que yacía en un inalterable letargo.
Antes de alcanzar el centro de la sala, se encumbraba una escalera helicoidal que conducía en su cénit a una cabina de música instalada en una suerte de púlpito barroco. Desde allí, un oculto DJ alumbró el paraíso de una voz. La voz sin confines de Tarja Turunen en una balada gótica, ascendiendo con el empuje de un millón de gargantas y hundiéndose hasta horizontes abisales:
“en sueños llegó…
esa voz que me llama
y dice mi nombre”
 El público era diverso, extranjeros y del país, ostentosos o reservados, extravagantes o sobrios, todos con pinta de no carecer de medios para pagarse un capricho y con algo en común en la mirada: la avidez de contemplar un espectáculo que prometía ser excepcional, muy distinto del que podrían haber sido testigos en las rutas turísticas comunes de cualquier lugar del mundo.
A esas horas de la noche, era probable que ya se hubiera desplegado alguna actuación previa en la arena del escenario circular, pero saltaba a la vista que el interés del público no había disminuido.
Esperaba tener la oportunidad de presenciar uno de esos shows y, entre tanto, Mónica y yo nos acoplamos junto a la barra, de lujosa encimera negro carbón. Había perdido el rastro de Rima y no acertaba a localizarla por más que escudriñaba todos los ángulos.
-    ¿Dónde se habrá metido Rima? –murmuré–. Iba delante de nosotros y ha seguido recta hasta el fondo.
-    Qué más te da –respondió Mónica–. Estará haciendo pis o merodeando como una loba en cualquier rincón.
-    Pero mira qué eres perversa –dije cariñosamente–. Oye, ¿no la habías visto antes por aquí? El gigantón de la puerta la ha saludado como si fuera de la casa.
-    Pues no la he visto nunca y creo que conozco a casi todos los que trabajan en el Dukh. Tampoco Sight me ha comentado nunca nada acerca de la rumana.
-    ¿Sueles charlar con ella?
-    ¿Con quién? ¿Con Sight? No mucho, pero a veces nos hemos reunido en su despacho. Es una mujer fantástica y muy abierta y cordial, al menos conmigo. No sabes lo increíble que son sus andanzas y la de sus colaboradores  Yo también me explayo a gusto, ya me conoces.
-    Sí, no hay que darte mucha cuerda, pero no me habías contado nada, ¿de qué hablas con ella? –pregunté sin excesiva curiosidad.
-    De nada en particular. Ella me cuenta anécdotas de su negocio, de su país…
-    ¿No es española?
-    No, es rusa. Bueno, rusa no, de un sitio de esos que pertenecían a Rusia y que tiene un nombre muy raro. Uno de esos que terminan en tán. Como Afganistán, pero no es Afganistán, claro. Huy, perdona.
-    ¿Por qué?
-    Por recordarte a Afganistán.
-    No pasa nada, Mónica –dije, tranquilizándola–. Pensé que esa mujer sería inglesa o americana, por su nombre, Sight, aunque el nombre del local creo que es ruso.
-    Lo de Sight es un apodo, aunque no me ha explicado de dónde viene. Ahora que lo pienso, en detalles personales no se ha extendido y eso que yo sí he hablado de mis cosas.
-    ¿De tus cosas? –musité con una sonrisa.
-    Ya sabes, sobre los líos de mi matrimonio, sobre ti, sobre mi trabajo como…
-    Espera, espera –corté–.  ¿Qué le has dicho de mí?
-    Ay, nada importante. No sé…, cómo nos conocimos, tu trabajo, tu blog en internet, ella es muy aficionada a la poesía y…
-    O sea, toda mi vida.
-    Que no, que no he mencionado en absoluto tus otras ocupaciones raras.
-    ¿Raras? Para mí que te estaba sonsacando.
-    ¿Cómo dices? –preguntó sorprendida.
-    Que te estaba tirando de la lengua.
-    ¿Pero te crees que soy tonta? Aunque, ya que insistes, admito que se interesó por ti. Insinuó que le gustaría conocerte… No, no te hinches como un pavo, si dijo eso es porque yo siempre te pongo por las nubes. Si surge la oportunidad de presentártela, ya verás qué chasco se llevaba.